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El reloj

Actualizado el 05 de mayo de 2012 a las 12:00 am

Los relojesmarcan el tiempoque ya no pueden marcar

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Hace pocos días, muy temprano, me ha sorprendido mi nieto dándole cuerda al reloj. Un viejo reloj de escaparate, de estuche en forma de pórtico romano, que da las horas con campanadas sonoras y marca estaciones, el sol y la luna. Una maravillosa máquina que, en pequeño, señala la inmensidad y que acostumbra a su propietario, no tanto a vivir el tiempo como a verlo pasar.

Siempre me gustaron los relojes. En una época tuve varios, de pulsera, de bolsillo, de mesa. Mi hermano Rafael compró, a los veinticinco años, un lindo reloj de bolsillo marca Omega, delgado como una pastilla. Era mi curiosidad. No creí nunca que, en cuestión de tres años, lo heredaría y, entonces, la alegría de portarlo se convirtió en tristeza. Era el reloj de una esperanza truncada. También los relojes marcan el tiempo que ya no pueden marcar.

En una época, los relojes eran símbolo familiar; un valor de estabilidad y poder. Después de varios años de casado, el padre de familia compraba un reloj de bolsillo, con leontina para lucir. El momento espectacular se presentaba cuando, determinado y solemne, el padre sacaba su reloj de la pequeña bolsa del chaleco y decía, mirando fijamente su carátula: “Me voy, que se me hace tarde para llegar al trabajo”. Los demás miembros de la familia lo miraban marchar con firme y seguro paso de propietario.

Reloj y tradiciones. Ese reloj familiar se conservaba, como las tradiciones, como las buenas costumbres, y como ellas, se heredaba. El hijo mayor era el destinatario. ¡Con qué orgullo, en su momento, portaba el reloj de su padre que, quizá, también había sido de su abuelo! Símbolo de tradición y época de honradez y seguridad social.

En Moscú, a un vendedor callejero le compré un reloj de doble cristal, uno cubriendo la esfera, otro la máquina que no se cansaba de ir y volver. Con más de cien años, no se había rendido jamás. Tenía impresa, además, razón de fabricante: “T. Moser & Co”, relojeros alemanes del siglo XIX.

En los pueblos, desde siempre, el reloj de la iglesia ha marcado el tiempo y, a la vez, el orgullo de sus habitantes. El relojero eclesiástico ha sido tan importante como el alcalde, el cartero, el sacerdote y el maestro de escuela. Y en los ayuntamientos, de mayor espectacularidad, el reloj luce majestuoso pero, para marchar al ritmo burocrático, siempre está detenido, descompuesto. Reloj que nació envejecido, empeñado en paralizar lo que por destino debe promover. Los relojes oficiales y el tiempo se declararon la guerra desde hace varios siglos. Son relojes sin conciencia de su propia razón de ser.

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Reloj simbólico. Pero hay un reloj simbólico de dimensión universal. Más importante que el Big Ben de la torre en el Parlamento inglés y que es el del antiguo edificio de Correos, luego Ministerio del Interior en la Puerta del Sol, y hoy sede de la Comunidad de Madrid. Es un reloj que tiene que ver con las uvas, con el tiempo desde luego, también con las esperanzas y, finalmente, con el amor. Un reloj único, superior, reloj de totalidad. Y como para demostrar su grandeza, en el mes de diciembre, convoca a los madrileños a una solemne reunión, con cantos y bailes, con gritos y chirimías, para despedir el año viejo y recibir el año nuevo. Reloj de los tiempos marcados en el entretiempo, que es el espacio comprendido entre doce cantarinas campanadas que se escuchan en la céntrica plaza de Madrid y que repercuten, por arte de nuevas tecnologías, en el resto del universo, y no solo de la tierra sino de todas las galaxias y más allá, porque es un reloj que logró acercarse silenciosamente sonoro, a la infinitud.

Y allí, al son de las campanas, a las doce horas exactas de la noche, los madrileños, y los millones que los siguen por televisión, devoran apresurados doce uvas de esperanza, deseos y promesas repetidas. Y es que en ese pequeño espacio, en esos pocos segundos, se produce un milagro: la primera campanada retumba en el muerto corazón del año que se fuga hacia el pasado, y con la última, se escucha el clamor del año que nace sonriente y esperanzador hacia el futuro. Es el paso acampanado de un mes a otro, de un año a otro, de una congoja incierta a una sonrisa maravillosa de horizontes resplandecientes.

Y abajo, entre la multitud, todos los años ese viejo reloj contempla a unos jóvenes besándose y prometiendo amarse para siempre. Quien no ha besado a una muchacha el 31 de diciembre a las doce de la noche en la Puerta del Sol, no sabe lo que es un beso de amor. Un beso que se da en el tiempo, por el tiempo y para el tiempo. Beso de eternidad.

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Y esto lo recuerdo ahora, no como experiencia personal, sino porque hace muchos años, en una larga y lluviosa noche otoñal, este viejo reloj me lo contó. Y como los relojes no mienten, debemos creerlo sin duda como sagrada expresión.

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