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Una puesta en valor

Actualizado el 11 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

Valoarte Un gran encuentro de artista, obra y público en beneficio de mujeres en situaciones de riesgo

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E n Costa Rica –como en tantos otros países y economías locales–, los espacios para el arte y la crítica cultural se encuentran hoy en proceso de depreciación. A las constantes objeciones ante el menoscabo de los ejercicios de la curaduría y la crítica, se suman la falta de políticas institucionales de las instancias rectoras y el desinterés de la empresa privada, que no ve, en el territorio del arte, un aliciente desde el punto de vista impositivo.

Plantearse la ubicación de un cierto lugar reflexivo –escenario o escenografía– situado en un entramado –estético, social, político, ético y epistemológico– obliga a un doble análisis: por un lado, teórico, en cuanto posibilidad de desarrollo de un “concepto de arte”, pero también pragmático, en cuanto a legitimar ciertas “experiencias de arte” ubicadas concretamente en el tiempo y el espacio.

Uno de los casos más visionarios y visibles ha sido el de la Fundación Ars TEOR/éTica, cuya estrategia se ha dirigido a la puesta en valor de las prácticas artísticas regionales en relación con los itinerarios internacionales.

Lejos de las innecesarias comparaciones, Valoarte es el otro modelo de gestión que ha desarrollado una plataforma cultural y comercial significativa. Se impone ahora una reflexión sobre Valoarte pues su reciente edición celebra una década de existencia.

Calidad y número. Quienes conocen la tenacidad de la artista y gestora cultural Karen Clachar no se extrañan del hecho de que hace diez años iniciara un “atrevimiento” artístico y comercial. Lo llamó “Valoarte” por la obvia conjunción de “valor” y “arte”, y tuvo sus primeras puestas en escena como subasta de carácter benéfico, modelo que ya contaba con antecedentes en Costa Rica y que estaba bastante extendido en Latinoamérica.

Esta iniciativa no surge del arte hacia el bien social, sino al contrario. El proyecto de Hogar Siembra –soporte de niñas y adolescentes mujeres en riesgo social– pedía recursos que una artista no podría encontrar lejos de su práctica. Desde entonces, arte, mercado y obra social han sido sus derroteros.

Tras un preliminar formato de subasta, poco exitoso en el contexto nacional, Valoarte constató que las respuestas estaban en el mercado, y evolucionó al modelo que sigue hoy. Esta vuelta de tuerca fue definitiva: Valoarte se definió a sí mismo como “expo-venta” y plan de gestión de fondos, únicos en su tipo en el país.

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La capacidad que Valoarte ha desarrollado para involucrar el aporte de la empresa privada (banca, constructoras, publicitarias, hotelería, entre otras) le ha permitido establecer reglas y navegar con autonomía, incluso en los embates de las peores crisis económicas.

Con su “experimento” instalado, se imponía crecer: en calidad y en número porque los ceros a la derecha son los que cuentan. El proyecto complementó su formato de “artista invitado” –valiosas figuras nacionales y extranjeras– con la inclusión del “artista por concurso” o formato “cazatalentos”.

Valoarte consolidó así su gran plataforma cultural y no exclusivamente local. Resultó foco de interés de artistas de todas las latitudes en busca de un nicho de exportación y representación de su trabajo.

Proyectos. Cada año, a la convocatoria de Valoarte han acudido cientos de artistas ante la posibilidad de dialogar con curadores o agentes del circuito artístico internacional que han colaborado con el encuentro. Entre las figuras de renombre internacional que han prestado su inteligencia y su servicio a Valoarte están el publisher Hernán Carrara, la crítica Janet Batet y los curadores Rebeca Noriega, Emiliano Valdés, Elvis Fuentes, Rosina Cazali y Octavio Zaya. Desde el patio lo han respaldado Joaquín R. del Paso, José Pablo Solís, Esteban Calvo, Ileana Alvarado y Gabriela Sáenz Shelby.

El concurso generó beneficios inmediatos para el medio artístico, y el roce con expertos internacionales permitió a Valoarte profesionalizarse y exportarse como una de las mayores vitrinas culturales de su tipo en el continente. Su formato está invicto hoy en el panorama cultural latinoamericano.

Sin embargo, este efecto de democratización que generó la mezcla intergeneracional y curricular de artistas, devino uno de sus talones de Aquiles. Una de las críticas más insistentes que ha recibido el proyecto a lo largo de estos años ha sido su museografía, ya sea por la premura en los tiempos de montaje o por las características de los espacios expositivos. La puesta en escena, si bien grandilocuente o variopinta, no ha sabido sostener nichos de lectura, síntomas culturales o características iconográficas.

Ante esa preocupación, que también sienten sus organizadores, Valoarte ha desarrollado –desde hace cuatro ediciones y colateralmente a su gran evento– projects o espacios curados que le permiten concretar exhibiciones más sofisticadas desde la perspectiva de la construcción expositiva.

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El prestigio de su gestión le ha valido para sumar museos, galerías, curadores y artistas. Actualmente, el Museo de Arte Costarricense exhibe la muestra 10 Artistas costarricenses , curada por José Pablo Solís y Esteban Calvo, que potencia el diálogo de artistas mujeres disímiles pero revolucionarias en su época y práctica artística, como Margarita Bertheau y Priscilla Monge, Emilia Prieto y Sila Chanto, Lola Fernández y Karla Solano, etcétera.

Ha lugar. El “lugar” del arte se puede entender en una doble acepción: lo físico y/o temporal que implica la localización, y “el ha tenido lugar”, de la presencia. Los lugares de arte “alternativos” (a la escena oficial estatal) son lugares y no-lugares. Valoarte se ha presentado en la Galería Nacional y en la Aduana, y se ofrece hoy en un espacio en construcción en Avenida Escazú.

En ese último espacio, Valoarte exhibe su habitual cartera de artistas, renovada con prestigiosos nombres de la escena internacional: Tania Bruguera, Kcho, Milagros de la Torre, Tomás Sánchez, Abdul Vas, Carolina Caycedo, Raquel Paiewonsky y otros más.

A pesar de las objeciones que pertinentemente ha recibido, a Valoarte también se le reconocen los aportes generados en el tejido cultural. Alejado de las estructuras culturales segregadoras, que incluyen/excluyen a grupos y personas, devino la figura de “salón de arte” instaurada por la modernidad y expulsada (sin paliativo ni sustituciones) del territorio estatal del arte local.

Valoarte ha propiciado la crítica cultural e incentivado todo tipo de práctica artística contemporánea. Los artistas que convoca no necesariamente se encuentran insertos en los circuitos del arte nacional o regional, así que ha sido un foco crítico en la re-composición de la escena artística del área; además, ha sido un referente-guía útil para crear otras formas de producción de arte o estrategias plásticas.

Valoarte se tomará un descanso que lo devolverá hecho encuentro bienal en el 2014. Puede hacerlo y lo merece. Es importante repensarse como proyecto ante los designios de una nueva década. Ya su nombre es elemento “aglutinador” de los emplazamientos, personas y estrategias generadoras de arte. Valoarte es un “no-lugar” familiar, imprescindible en la construcción de nuestro imaginario visual.

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