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¡Yo soy un pueblo, carajo!

Actualizado el 10 de marzo de 2013 a las 12:00 am

La polarizacióngenerada porel chavismo es insostenible

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Muere un hombre y nace un mito. La historia latinoamericana está plagada de personajes que aspiran a encarnar el gran “designio providencial” bolivariano, que tanto alabó Choquehuanca en un rapto de misticismo profético. El cesarismo visionario forma parte de nuestra cultura política y Hugo Chávez, cuando aprendió a dominar esta ley básica del poder latino triunfó como revolucionario y mantuvo el liderazgo, sometiendo a una oposición anárquica y manteniendo el favor de las masas merced al populismo.

Hace décadas, el gran intelectual y fundador de la izquierda latina José Carlos Mariátegui sostuvo que, para capturar el Estado, era imprescindible forjar un mito. Esta vocación mesiánica Chávez la ha sabido explotar hasta el final. Buscó de manera consciente la unión con Bolívar, el padre espiritual de todos los venezolanos. De allí la consigna tantas veces lanzada a la tribuna: “¡Yo soy un pueblo, carajo!”.

Hasta la extinción.. El Estado bolivariano que nos deja en herencia sabe actuar, indistintamente, como un ogro filantrópico o un Leviatán confiscador. Todo depende del sujeto al que dirija su atención. Con todo, la polarización generada por el chavismo es insostenible. Solo Chávez era capaz de mantener semejante política maniquea. Ninguno de los barones chavistas tiene el capital social del caudillo y, aunque su memoria basta y sobra para fundar un peronismo tropical, la coalición chavista no es invencible. Puede degenerar hasta la extinción.

Yerran los que sostienen, enceguecidos por la ideología, que la Venezuela revolucionaria es el Dorado de la igualdad. Falso. El chavismo ha dilapidado la riqueza del pueblo venezolano. Bajo la férula bolivariana, Venezuela ha perdido una oportunidad de oro. A lo largo de la última década Chávez empleó 400.000 millones de dólares en asistencialismo. Pero la productividad no ha dejado de caer y el país depende de los ingresos del petróleo. El déficit fiscal venezolano es el más alto de Latinoamérica. El país tiene que luchar con una inflación del 40% y la escasez de productos es moneda corriente.

La herencia del chavismo. Mientras la boliburguesía se enriquece, la revolución ha destrozado a la economía venezolana. Y el ogro filantrópico ocupa el puesto 143 (de 144 países) en el Índice Global de Competitividad en la categoría de “desperdicio de gasto público”. Más de veinte mil venezolanos han perdido la vida por la inseguridad ciudadana y la corrupción alcanza niveles sistémicos. Amnistía Internacional y Human Rights Watch han denunciado continuas violaciones a los derechos humanos. Esta es la herencia real del chavismo: la destrucción institucional, la consolidación de un modelo asistencialista insostenible en el tiempo y la polarización cainita que amenaza la gobernabilidad.

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El mito chavista puede lograr la coalición de una izquierda que aspira a sobrevivir pero es incapaz de refundar un Estado según el auténtico espíritu bolivariano. Bolívar era el símbolo de la unión sobre las facciones (“la unidad es nuestra divisa”), el guerrero de toda la nación. El comandante Chávez no solo ha dividido a su país. También ha separado a ese pueblo-continente que es Latinoamérica.

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