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La profecía escrita con fuego

Actualizado el 18 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

Comunicarnuestras ideas con sentido de bellezay rigor intelectual

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La profecía escrita con fuego

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Fue en su primer misión a Europa, en Francia, cúspide cultural de la época y en un ambiente cultural frívolo y lejos de su hogar, cuando John Adams, uno de los padres fundadores y el segundo presidente de los EE. UU. meditaba el futuro para con la frágil nación que acababa de declararse independiente sin recursos, sin aliados y frente a una potencia militar europea, cual era Inglaterra, escribió palabras proféticas: “Debo estudiar política y guerra para que mis hijos tengan la libertad de estudiar matemáticas y filosofía. Mi hijos deberán estudiar matemáticas y filosofía, geografía, historia natural, arquitectura naval, navegación, comercio y agricultura en orden para dar a sus hijos el derecho para estudiar pintura, poesía, música, arquitectura, escultura, tapicería, y porcelana”.

Dos siglos y medio antes, en el reino de Moctezuma, hoy México, en pleno apogeo y poderío, pasó un prodigio, cuando se traslada desde el sitio de la cantera la gran piedra del sacrificio de los desollados, de la misma salió una voz: “Pobres desgraciados ¿Por qué trabajáis en vano? ¿No os he dicho ya que no llegaré a México?' Advertidle de que su poder y su reino se acaban, pronto verá y sentirá por sí mismo el fin que le está reservado por haber querido ser más grande que el mismo dios que determina las cosas”.

Ambas profecías se cumplieron. Entender el arte de la profecía y sus modos de escritura es clave para saber por qué.

Dominar el arte de la profecía no es materia de hechiceros, adivinos o astrólogos. Es algo que le pertenece a todos los hombres y mujeres que pueblan la tierra. Así es, usted y yo tenemos el don de la profecía. Cosa distinta es decir si lo tenemos desarrollado o no, o si lo usamos bien o no. Le corresponde en nuestro tiempo al pensamiento práctico de los hombres y mujeres con el apoyo de la ciencia, el arte, la ética, la técnica y tecnología indicarnos el camino del futuro. La clave es muy simple, todo tiene una causa o causas. O dicho de otra forma todo tiene padres y madres. A nivel social, los científicos lo llaman “memes” con total semejanza a sus hermanos evolutivos los genes. La memética es al espíritu de una nación, lo que la genética es a nuestra herencia de rasgos biológicos. Entender la causalidad de las cosas es la clave.

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Moctezuma escucha la profecía de la piedra, por supuesto que no le da crédito, llama a consulta a los hombres sabios de su reino, ellos le responden: “Señor, ¿quién osaría mentir en tu presencia? No hemos visto, ni oído, ni soñado nada concerniente a lo que nos preguntas”. Moctezuma se encoleriza y les dice: “Vuestro oficio es pues el de bribones y mentirosos, de aparentar ser hombres de ciencia y aparentar conocer el futuro”; los mete en jaulas y, como ellos muestran alegría y se reían, a los días, los llama, y el más viejo le dice: “Sepa, Motecuhzoma, que con una sola frase le diré lo que será de él. Ya están en camino los que nos vengarán de las afrentas y sufrimientos que nos has infligido y nos inflige. Yo no quiero decir más; me contento con esperar a lo que ocurrirá pronto”. Los sabios se referían a la llegada de Hernán Cortes y sus hombres a tierra mexicana. Una profecía: si no actuamos en el desarrollo de nuevas formas de alimentos, medicinas e industria marina que estudie, utilice, proteja y conserve los más de 150.000 km² de mar costarricense, nunca se realizará ese futuro.

Primero la luz y luego el fuego. De la misma manera que una especie que no se reproduce, se extingue, igual, si los memes positivos o negativos de una sociedad no existen o no se conocen, menos podremos conocer o garantizarnos sus beneficios o eliminación en el futuro. Los hombres del Congreso Continental que representaban a las 13 colonias, no hubieran tomado las decisiones de declararse independientes y fundar una nación como los EE. UU., sobre bases democráticas, si no hubiera sido por la ideas, reputación y fuerza moral de tres congresistas, Benjamín Franklin, famoso por demostrar que la electricidad es un fluido y que los rayos son fenómenos eléctricos, el “nuevo Prometeo” por robarle el fuego al cielo, Thomas Jefferson, quien redactó el primer borrador de la Declaración de la Independencia, y John Adams, que al decir de Jefferson, “hablaba con el poder del pensamiento y expresión que nos movía de nuestros asientos”. Será la batalla de Adams dentro de Congreso por dos horas en intervenciones y discurso lo que inclinará la voluntad de los congresistas hacia la forja de un futuro distinto para una nueva nación.

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Cortés, sin un plan muy definido, comienza a tener contacto con los caciques en su ruta a la capital del imperio; será lo que le dice uno de ellos la clave para entender el futuro de la conquista; este le dice casi llorando: “Los recaudadores del tirano Moctezuma se llevan el oro, el cacao y el maíz, violan a las mujeres ante su vista y están obligados a contribuir con un número grande de esclavos, de vírgenes y de muchachos, para que sean sacrificados en los templos de México”. De aquí, la idea fundamental de su plan, librar a las fuerzas del odio de sus amarras, tiene a su favor su genio político en forjar alianzas, también la mejor maquinaria militar de la época, producto de la innovación en la lucha contra los musulmanes, las supersticiones de Moctezuma que veía a los españoles como dioses y su reino de terror basado en el sacrificio ritual de seres humanos, donde él mismo participaba en prácticas rituales de antropofagia. Cuando los españoles llegaron a la capital, Tenochtitlán, se maravillaron por la belleza y majestuosidad de esa metrópoli, algo que contrastó con los escalones ensangrentados del edificio más alto, el Templo Mayor y, según las crónicas, “les asaltó un olor terrible: del centro ceremonial emanaba un horrible hedor de osario”. Un lugar donde solo para su inauguración se sacrificó a 80.400 personas.

Asegurando el futuro. Cuando John Adams escribió sobre el futuro, lo acompañaba su hijo “Quincy”, de apenas 10 años, habían pasado juntos por un viaje en barco desde Boston, por varias violentas tormentas que inundan y casi hunden su barco. Su hijo llegará a ser el sexto presidente de los EE. UU., y, en su primer cargo público, le comparte a su papá su frustración por la mezquindad e hipocresía que encuentra en el ambiente político; su padre le aconseja: “... La virtud y estudio desde tu juventud sobrepasa cualquier otra cosa que por ejemplo yo sepa. Tengo gran confianza en tu éxito en el servicio de tu país, cualquiera que sea de oscura tu situación en el presente. Con el talento y aprendizaje que tú posees, con el carácter perfectamente justo y buen humor tan universalmente reconocido, es imposible para ti fallar”. Las naciones que construyen su futuro son las que lo saben alcanzar, lo hacen con ideas llenas de bondad, verdad y belleza bien planteadas, y prácticas que motivan a la acción y que, por el fuego que las impulsa, las vemos conquistar ese futuro con seguridad, alegría y paz. Eso es lo que nuestro sistema político debe hacer, permitir la construcción de una mejor sociedad, no obstaculizarla; dependerá de nosotros los costarricenses permitir la diversidad de ideas, elegir las que mejor nos presentan nuestro futuro y seleccionar a los hombres y las mujeres que mejor las entienden y ejecutarán para así realizar nuestras profecías de un mejor futuro.

Para ello debemos comenzar a comunicarnos y comunicar nuestras ideas con sentido de belleza y rigor intelectual y compartirlas socialmente para que algunas de ellas sean los ladrillos de una visión común que nos mueva. Serán los hechos que salen de nuestras vidas y aquel conocimiento y experiencia que compartimos, sea por educación o comunicación social con otros, los que determinarán los rasgos de las próximas generaciones de costarricenses y el futuro de Costa Rica; en eso consiste el poder de la profecía escrita con fuego.

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