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El prodigio de David

Actualizado el 03 de junio de 2012 a las 12:00 am

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El prodigio de David

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El escocés David Hume (1711-1776) usaba peluca, un apellido difícil y el complejo de Edipo antes de que lo inventase el doctor Freud. En realidad, el apellido de David era ‘Home’, pero sus vecinos ingleses no sabían pronunciarlo a lo escocés, como tampoco lo sabemos nosotros –pues nunca hemos sido escoceses–, y David lo trocó por ‘Hume’, de modo que, sin moverse de Edimburgo, Home cambió de hogar y de apellido.

David comenzó siendo niño prodigio, lo cual es como ser poeta joven, aunque no solo para la furia lírica, sino para todo lo demás también.

Los niños-prodigio son reconocibles porque uno solo basta para tocar un violín a cuatro manos mientras declama los 118 versos de Los caballos de los conquistadores , de José Santos Chocano, y nos explica por qué está vivo y muerto el gato cuántico de Erwin Schrödinger, un vecino alemán y amigo de los animales.

Ya no se usa mucho tener niños-prodigio en casa, pero antes se los sacaba de súbito para espantar a las visitas pues entonces no había tocadiscos y no podía ponerse una “canción” de Julio Iglesias a todo volumen –el volumen que le falta–.

Además de ser niño-prodigio, David Hume fue un buen hijo pues siempre agradeció a su madre, viuda, el haberlo protegido. Cuando ella murió, en 1745, el hermano del conde de Glasgow halló a Hume “anegado en lágrimas”, según escribió David Hume, un sobrino de David Hume. En ello se pareció David Hume (o sea, David Hume) a su gran amigo Adam Smith, quien también veneró a su madre; y en que nunca se casó, y en que fue uno de los grandes filósofos morales del Iluminismo escocés.

David fue hombre afable y de carácter sonrosado, y de prosa y pensamiento agradecibles. In illo tempore , mediados del siglo XVIII, la filosofía se había enfermado de racionalismo; es decir, del supuesto de que los seres humanos actuamos según el dictado frío y geométrico de la razón.

Hume no pensó así y abrió las ventanas de la filosofía para que entrase el viento cálido de las emociones ( Tratado de la naturaleza humana , III). Según David, tenemos principios morales, pero no porque los hayamos razonado ex nilho (desde la nada), sino porque sentimos que un acto es bueno o malo, y solo después pensamos que es bueno o malo.

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Nacemos con sentimientos o instintos morales; por esto, todas las naciones comparten los principios éticos básicos (ayudar, no mentir, no robar, etc.). Tales ideas fueron intuiciones geniales de David Hume, confirmadas hoy por las ciencias del cerebro humano y por los estudios hechos en las especies gregarias. Estas saben –sabemos– de la lucha y de la ira, pero saben antes, y mejor, de la ayuda mutua y de la compasión. El hombre no es lobo del hombre; ni siquiera el lobo es lobo del lobo.

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