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Sobre posesiones... hablando con propiedad

Actualizado el 29 de junio de 2012 a las 12:00 am

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Sobre posesiones... hablando con propiedad

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Armaré un trípode, como se debe, con sus tres patitas. Parto de una excelente novela reciente, “Las posesiones”, la cual en su núcleo central refiere a apropiaciones y, en el anverso de la medalla: a desposeídos. Hábil, ese trabajo artístico, al entrelazar aquí en Costa Rica, por un lado un caso clarísimo de despojo durante la Segunda Guerra Mundial y, por otro lado, lo contemporáneo de una joven pareja, felizmente favorecida a raíz de un juicio posesorio' Carlos Alvarado Quesada es dueño de un envidiable estilo.

Paso a la segunda patita. Astuto, el autor no se mete en triquiñuelas políticas de esa época: habría topado con la figura de Yvonne Clays Spoelders, quien en 1928 y en Amberes, Bélgica, se casó con el recién graduado Dr. Calderón Guardia. Horror le dio a ella cuando al mismo tiempo que los esposos tomaban posesión de su cargo, supo que los alemanes estaban apropiándose del citado puerto. En esa ocasión, bajo el quiosco del Morazán, como Primera Dama 1940-44, por su función se vio obligada a poner buena cara, al aceptar un ramo de flores de alemanes residentes aquí; pero según contó, tenía el corazón mortificado por los cañonazos sobre su ciudad natal: una de tantas paradojas en su vida.

Por avatares de la contienda civil después, también ella se vio despojada y en carne propia, como dicen. Ante el funesto Tribunal de Probidad de entonces (pese a ingentes esfuerzos entre otros de la destacada figura política belga de Paul van Zeeland, quien estuvo aquí en el 43 y tiene que ver con los inicios de la “Caja”) ella no pudo recuperar dos casas de su propiedad; tampoco recuperó la gran biblioteca que le regaló su suegro: el Dr. Calderón Muñoz. En el contexto machista de entonces, al casarse no solo perdió su nacionalidad, sino su nombre: aun divorciada siguió estigmatizada como “Señora de Calderón”.

Muchos ignoran que las dieciocho propiedades que heredó de su padre a fin de cuentas entre otros sirvieron a financiar la campaña para el Seguro Social; ahora, a su vez, este anda como huerfanito despojado.

Somos pocos los que la acompañamos en sus últimos años, dejando ella cada vez más cosas en prenda, hasta morir en una sala común en el hospital de nombre del que fue su marido.

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Paso a la tercera patita, aprovechando la oportunidad que me brinda don Yehudi Monestel Arce, quien en libro muy reciente rescata la imagen de otro despojado, esta vez en el sentido de infravalorado en términos artísticos: Alcides Prado. ¿Qué curioso! Este trabajo acucioso, aparte de obligarnos a volver a posesionarnos de este grande de la música en Costa Rica, en sus páginas 92, 98 y 99 refiere precisamente a' doña Yvonne. Allí constan sus ingentes esfuerzos, concretados entre otros por don Alcides, hacia la segunda orquesta nacional de esos años, patrimonio que ahora forma parte de la imagen noble y profunda de este país.

Gracias don Yehudi por su evocación de un artista, persona no sé si de bienes, pero, por la publicación, ahora consta que de bien; gracias Carlos Alvarado por su denuncia, aunque velada y quizá demasiadas veces en tono light. Mucha gente, con mentalidad de avestruz, ignora que en San José funcionó, pues sí: vale la pena hablar con propiedad, un campo de concentración.

Por desgracia, mediante la complicidad de bribones, con o sin cuello blanco, el problema del robo de terrenos y casas está en vigencia.

Bueno, muy sólido, ese banquillo' de acusados. Pero no nos quedemos sentados sobre él. Que alguien retome el caso de doña Yvonne, víctima de varios victimarios. Con base entre otros en las investigaciones de Miguel Acuña y José Francisco Sáenz Carbonell, ojalá varios se animen a escribir sobre esta figura histórica, en forma malévola totalmente invisibilizada por rapaces políticos.

Puede ser que el rescate se haga, por ejemplo, mediante una novela histórica; o también, se me ocurre, por un documental fílmico.

Mercedes Ramírez, autora de un excelente artículo revelador en el último Contrapunto, ¿se anima?

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