¿Qué podemos hacer?

La democraciafunciona bien si se respetan sus fundamentos morales

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“¿Qué podemos hacer?”, me pregunta un amigo en mi página de Facebook cuando he hablado de la decadencia de las democracias y del ataque de exterminio que sufren lejos de sus fronteras. Es difícil contestar esta pregunta, y más si estamos hablando de un país acostumbrado a la elección de los gobernantes por sufragio popular y a la posibilidad de encontrar soluciones a las necesidades sociales a través de la vía democrática.

De pronto – treinta años a lo sumo– nos cambiaron el panorama. Se nos introdujo a la fuerza en la globalización del capitalismo financiero mundial (con su explotación y su avaricia incontrolada), con la presencia simultánea del narcotráfico, que es el que más ha sabido aprovechar esa globalización jugando sus propias normas para legalizar capitales producto del oscuro mercado de las drogas. Entramos así a la corrupción globalizada. No hay un solo país en el mundo en donde el tráfico de narcóticos no deje huella de crimen y corrupción.

El narcotráfico nos rodea, nos asfixia y destruye el fundamento moral de las democracias. Campesinos, obreros, profesionales y funcionarios públicos se encuentran diariamente frente a la oportunidad de delinquir porque son tentadoras las ofertas. No es que todos estén cometiendo delitos, pero sí que se abrieron las arcas y hasta los justos pueden pecar.

Fe en la democracia. La democracia funciona bien si se respetan sus fundamentos morales. Al suceder lo contrario, se resquebrajan esas bases y se tambalea el sistema porque la democracia solo necesita una razón para existir y es la fe que los ciudadanos tenemos en ella, esa necesaria confianza en la posibilidad de ascender permanentemente a etapas superiores en los campos de las libertades y de la justicia.

Cuando una democracia funciona relativamente bien –todo en la democracia siempre es relativo– la cultura ejerce una influencia positiva en la vida política. Es la cultura, el hombre culto que se expresa, lo que garantiza el mantenimiento de los valores propios de la democracia. Por eso, cultura y política han de mantener una constante interrelación, fortaleciéndose entre sí. Esto se da en el desarrollo normal de la democracia.

Lo que sucede ahora es lo imprevisto, el sunami de la especulación financiera mundial, del crimen organizado y de la legalización de los capitales producto del narcotráfico. Contra esa invasión, ni la democracia ni los demócratas estábamos preparados. Apenas es ahora, treinta años después, que comprendemos lo que ha sucedido gracias a unos cuantos escritores, así como a una cantidad considerable de periodistas que ha conservado su independencia y su entereza moral, dedicándose a investigar, a publicar, a denunciar.

¿Qué hacer?, pregunta mi amigo. Pienso que, mientras la clase culta de este país se mantenga al margen de la política, poco, muy poco se puede hacer. En la mayoría de países democráticos, esa necesaria relación de cultura y política está desapareciendo, al automarginarse de la acción pública los intelectuales. Cada vez con mayor frecuencia escuchamos decir a profesores, científicos, profesionales y escritores que son apolíticos porque “la política ha llegado a ser oficio de mercaderes”, como me manifestó un amigo muy apreciado que goza de merecido prestigio intelectual.

¿Cuál es el resultado? Simplemente que el campo ha quedado libre para los no intelectuales, comenzando así la tragedia de la decadencia política. Lo que apreciamos ahora en la Asamblea Legislativa y en algunas instituciones fundamentales, y que estamos conociendo gracias a nuestra prensa que nos informa diariamente del trasfondo de una corrupción que viene de lejos –de treinta años atrás–, es consecuencia de lo que dije anteriormente: se perdió la influencia positiva de la cultura en la vida política nacional.

A mi amigo le respondí: pero ¿es que has olvidado que precisamente el apoliticismo es lo que han impuesto siempre los dictadores a los intelectuales en todas partes del mundo? Lo impusieron los militares durante mas de cien años en América; y en Europa, como los casos de Salazar, en Portugal; Franco, en España; Mussolini, en Italia; Hitler, en Alemania; o Stalin, en la Unión Soviética; o Mao Tse-tung, en China. Apoliticismo es silencio y silencio es lo que necesitan los dictadores, los mediocres y los corruptos para ejercer un poder sin control.

Romper con la pasividad. ¿Qué hacer? Primero, romper el silencio y unirse con los que denuncian y claman en el aparente desierto. Luego, leer, informarse de todo lo que está sucediendo para saber las causas de la crisis. Ciertamente, de manera individual, cada gobierno ha tenido responsabilidades propias cuyo incumplimiento puede haber ayudado en la magnitud de la decadencia. Pero, en su parte mayor, la crisis no la ha provocado ningún Gobierno en particular.

Además, saber que la vía democrática es lenta. “¿Tengo que esperar dos años más, cuando se acabe este Gobierno, para encontrar soluciones?”, me pregunta con impaciencia una amiga. Posiblemente –le he contestado– habrá que esperar más de veinte años. Y tampoco habrá soluciones totales. El lento camino hacia la libertad está marcado con pasitos pequeños. Tampoco es asunto de cambiar de sistema, el presidencial por el parlamentario. Quienes esto proponen no conocen lo que está sucediendo en Europa. La democracia parlamentaria no ha podido evitar que la desmantelen, recibiendo órdenes de los organismos poderosos, tanto públicos como privados.

En España, Italia, Grecia y Portugal, el 50% de los trabajadores menores de treinta años está desocupado. Los Gobiernos locales casi no tienen culpa de esta tragedia.

En toda sociedad abierta hay muchas cosas criticables, demasiados errores y delincuencia desde el poder.

“El sistema democrático –dice Vargas Llosa– no garantiza que la deshonestidad y la picardía se evaporen en las relaciones humanas; pero establece mecanismos para minimizar sus estropicios, detectar, denunciar y sancionar a quienes se valen de ellas para escalar posiciones y enriquecerse”.

Apoyemos la institucionalidad democrática porque será, al final, la única que puede señalar el recto sendero del gobierno que proviene de la voluntad popular. Solo el método democrático conduce a la democracia; y sólo la democracia conduce a la libertad y la paz.

¿Qué hacer? No solamente escribir, analizar, criticar; también hay que involucrarse en la política, buscar campo en la función pública y en los partidos políticos, arriesgarse a ser corrompidos, probar hasta dónde hay firmeza en los valores morales que se sustentan.

En fin, dejar la platea y los palcos y saltar al escenario como actores.

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Noticia La Nación: ¿Qué podemos hacer?