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Sociedad

De paseo por Chepe

Actualizado el 15 de junio de 2008 a las 12:00 am

 El recién inaugurado bulevar de la avenida 4 es una oportunidad para que los ticos se apropien de San José . Una crónica de color sobre lo que puede observarse a lo largo de esas remozadas 16 cuadras durante una mañana cualquiera.

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De paseo por Chepe

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Como le sucede a muchos ticos que le huyen a los conglomerados y temen ser víctimas de los ágiles carteristas, hace bastante tiempo no nos dábamos una vuelta por el centro de San José. Sin embargo, para preparar este reportaje sobre el recién inaugurado bulevar de la avenida 4 –que va del costado sur de la iglesia La Merced a la Plazoleta de la Soledad–, terminamos venciendo las aprensiones y nos dimos el gusto de disfrutar, nuevamente, de un “avenidazo”.

Sin aretes de oro, cadenas, carteras ni celulares que pudieran tentar a los amigos de lo ajeno, la fotógrafa Priscilla Mora y quien escribe comenzamos el recorrido frente al hospital San Juan de Dios, donde, hasta hace algunos meses, confluían varias paradas de autobuses. Ahí, un grupo de policías municipales y oficiales de tránsito –quienes se quejaban porque no tenían dónde hacer sus necesidades fisiológicas–, estaban muy atentos para levantar multas y evitar que algunos conductores despistados, comodidosos o “más vivillos de la cuenta”, acortaran camino por el bulevar.

“Yo no sé por qué a la gente le cuesta tanto entender que por aquí no pueden pasar en carro. Esto es ahora para nosotros los peatones”, exclamó doña Mercedes María Zúñiga Eddie, de 76 años, quien venía saliendo de una cita médica y se dirigía a Cartago a visitar a un hijo.

Recuperándose de una fractura de costilla y de varios golpes en piernas y hombros –porque últimamente anda “muy mal del equilibrio”–, la amistosa señora aseguró que este paso peatonal le ha caído como anillo al dedo. “Por aquí me voy recto, recto, sin miedo a que un carro me machuque”, manifestó, mientras posaba para la cámara y nos deletreaba su segundo apellido.

Su impresión fue compartida por María Delia Chávez, una robusta y trigueña mujer quien, además de llevar consigo un bolso enorme, cargaba con orgullo a su pequeña nieta Kiara Valezca Berrocal, de 2 meses de edad. “Nosotras venimos desde muy arriba y esto ha sido como un paseo. Es más fácil venirse por aquí, que atravesar la Avenida Segunda con tanta gente y carros. Es menos cansado”, aseguró esta vecina de San Pablo de Turrubares.

En realidad, ese siempre fue uno de los objetivos de los arquitectos del Instituto de Arquitectura Tropical, quienes, junto con las autoridades de la Municipalidad de San José, decidieron, hace tres años, darle vida al proyecto San José Posible, un plan que busca rescatar los espacios públicos para convertir la capital en una ciudad más transitable, habitable, limpia y segura.

La primera etapa ya está concluida y precisamente se trata de este bulevar. Nos referimos a 16 cuadras (incluyendo cuatro calles que van en sentido perpendicular a la avenida 4), cuya remodelación ascendió a $2 millones y contó con el financiamiento, en partes iguales, del ayuntamiento josefino y de La Unión Europea (por eso se bautizó con el nombre “Paseo Unión Europea”).

Auge comercial

Pero no todos parecen estar satisfechos con el trapito de dominguear de la antigua Villa de San José de la Boca del Monte o Chepe , como se le dice en pachuco a la capital. A un costado de La Merced, un extranjero se rehusó a hablarnos sobre el famoso bulevar y, con cara de pocos amigos, solo espetó: “Qué va, en este país todo está mal, nada sirve. Y no me tomen fotos, porque no quiero salir en nada”.

Respetuosas, continuamos el trayecto y nos topamos con negocios que han estado allí desde hace muchos años, pero que habían sido invisibilizados por la prisa cotidiana, el tránsito pesado, la telaraña de cables eléctricos y el humo de los miles de vehículos que a diario entraban y salían por esa arteria vial.

Ropa interior con llamativos descuentos, coloridas blusas de tirantes, artículos chinos ideales para los obsequios del “amigo invisible”, aguacates abiertos y amarilllos como mantequilla, galletas y melcochas en paquetes, una tienda especializada en semillas de todo tipo, varios locales para tomarse fotos pasaporte por ¢850, verdulerías que funcionan en edificios antiquísimos y reconocidas ventas de electrodomésticos, parecían posar para el lente de Priscilla.

Desde un segundo piso, en lo que funciona como un bar, un joven nos saludaba jovialmente con su mano. “Hey, hey... aquí arriba, foto, foto”, gritaba el muchacho, quien, en plena mañana de lunes, con tres botellas de cerveza sobre la mesa, parecía esforzarse por olvidar una largísima noche de copas.

“Las ventas han subido y mucha gente está arreglando sus negocios, los pintan, los ponen más bonitos porque la idea es atraer a los clientes. Nosotros abrimos hace cuatro meses. Bueno, antes teníamos una pañalera y un chinamillo navideño, pero como estaban remodelando todo esto, mi esposa quiso poner un restaurante. Hasta el momento nos está yendo muy bien. Aquí vienen muchos trabajadores de bancos y de instituciones públicas a almorzar”, comentó Gerardo Oviedo Fernández, propietario de la soda Rincón del bulevar.

Y aunque los policías municipales buscan desde hace rato cómo desaparecer del nuevo mapa urbano a los vendedores ambulantes, estos también hacen lo propio por sacarle partido a la rejuvenecida avenida 4. Entonces, ante el menor descuido de los uniformados, se apresuran a colocar en el piso unas bolsas plásticas negras y muestran a los peatones el amplio menú de películas pirateadas que se venden como pan caliente a ¢1.000 cada una. Baterías, rasuradoras y monederos de ¿cuero?, son, de igual manera, parte de la oferta improvisada.

Perros, vacas y flores

Con el olor a pollo frito en las narices –porque en ese sector hay varios locales que ofrecen tan popular alimento–, continuamos hasta el costado del Parque Central donde la moda de las vacas pintadas del Cow Parade aún se resiste a morir.

Si estuvieran vivos, aquellos coloridos bovinos ya habrían interpuesto una demanda por acoso sexual, pues han sido manoseadas por cientos de miles niños y adultos, que hacen caso omiso a los rótulos de “no tocar”.

Un perro –cuyos padres pudieron haber sido pastores alemanes, dóbermans, salchichas o quizá hasta pequineses– también aprovechaba el espacio adoquinado para descansar a “pata tendida”, muy cerca de sus amigas con cuernos. Ni el bullicio de los oficinistas encorbatados que buscaban cómo alargar su hora de almuerzo, ni las carcajadas de un grupo de estudiantes del Colegio Superior de Señoritas –que prácticamente le pasaron por encima al perro–, lo hicieron abandonar tan profundo sueño.

Otro personaje que también llamaba la atención de los ajetreados transeúntes era Cubita . Con una gabardina beige que le cubría desde el cuello hasta casi los zapatos, y un paraguas rojo chillón que se hacía notar a cien metros de distancia, este caballero de metro cuarenta y algo de estatura, agradecía cualquier “ayudita” para tomarse un café. Nos contó que era un coronel cubano retirado y, para que le creyéramos, mostró el uniforme verde oliva que lucía debajo de su gigantesco abrigo.

Un poco más arriba (pasada la Casa Arzobispal, ahora pintada de un celeste cielo) tuvimos la oportunidad de conversar con otro curioso hombre. Se trataba de un señor con aire campesino y andar pausado, cuya felicidad por recorrer el nuevo San José era evidente. “Tengo 90 años, vengo desde Salitrillos a hacer unas diligencias y me llamo José Antonio Rosas, aunque ya ni pétalos tengo”, bromeó con picardía, como para que le lleváramos la contraria.

En las bancas ubicadas por la otrora escuela Vitalia Madrigal, –hoy parte del Colegio Superior de Señoritas–, decidimos descansar unos minutos, como lo hacían en ese momento varios ciudadanos. Dicen los arquitectos que al principio, esos asientos se iban a construir en metal pero, como temieron que el hampa hiciera su agosto, simplemente los chorrearon con cemento y les dieron formas ergonómicas.

En ese sector también sembraron flores rojas y amarillas, así como unos árboles puntiagudos que se secaron en un abrir y cerrar de ojos, pero que, según el alcalde Johnny Araya, pronto serán sustituidos por ejemplares más fuertes, que den buena sombra a los peatones.

“Ahora es muy lindo venir a pasear a San José y quedarse hablando un rato en estos poyos. Vea qué lindas esas matas, y la gente que pasa no es tan despelucada, no da miedo”, comentó María Umaña Mora, vecina de Linda Vista de Desamparados.

Sin embargo, en honor a la verdad, por ahí puede verse de todo un poco: funcionarios con zapatos bien lustrados, muchachas con pronunciados escotes, rubias “oxigenadas” a quienes no les preocupa mostrar sus rollitos por encima de los pantalones descaderados, jóvenes con trencitas y aretes incrustados en la sien o la barbilla, el típico individuo que lo haría a uno cambiarse de acera, señoras con sus cabellos recién enlacados, y hombres y mujeres “comunes y corrientes”...

Una pasarela realmente heterogénea.

Las conversaciones que el oído puede captar de soslayo ( vinear en el léxico tico), también sirven para distraerse, o bien, para hacerse una rápida idea de los asuntos que más le preocupan al costarricense de hoy.

“Si logro bajar peso para mi cumpleaños, me compro un vestido strapless ”, le prometía una joven a su amiga; mientras que un señor de cabellera grisácea le contaba a otro hombre lo mal que le estaba yendo con los intereses de la tarjeta de crédito. “Eso sí es una garrotera”, se quejaba.

Pero, aparte de lo que se puede ver y escuchar en ese y otros sitios de la avenida 4, nadie se imagina lo que hay debajo de los adoquines que cubren esas 16 cuadras: cables de alumbrado y electricidad, tuberías de agua potable, cloacas y desvíos pluviales... “El 80 por ciento de la verdadera obra está enterrada”, nos confirmó después el arquitecto Bruno Stagno Lévy, uno de los encargados del proyecto San José Posible.

Tras recargar baterías, proseguimos la marcha. Los frondosos árboles que se encuentran en el Parque de las Garantías Sociales nos dieron la bienvenida.

Cuenta la gente que el fin de semana anterior, un grupo de personas de la tercera edad se había apostado por ahí a hacer ejercicios, aprovechando unas máquinas de metal que hace algún tiempo donó el Gobierno de China con la finalidad de que los capitalinos pudieran canalizar su estrés.

No es difícil imaginar la fiesta que podrían armar estos ciudadanos de oro y otros josefinos “bien apuntados” el día en que se haga realidad uno de los planes que acompañó al proyecto original del bulevar: traer cimarronas y bandas a algunos sitios estratégicos de la avenida 4 para que los sábados o domingos todos puedan bailar hasta el cansancio.

Por ahora, en ese sector, ubicado detrás del edificio anexo de la Caja Costarricense del Seguro Social, la tranquilidad parece ser la principal inquilina.

El fluido de peatones es mucho menor y la blanca e imponente imagen de la iglesia de Nuestra Señora de La Soledad –con su nueva y hospitalaria plazoleta o Plaza de las Artes–, despierta en la gente el deseo de tener una buena tertulia o, simplemente, de tomarse un café caliente en alguno de los negocios cercanos. “Lástima que aún no hay cafeterías o soditas con toldos, tipo terraza”, me comenta Priscilla.

“Yo estoy feliz con todo lo que han hecho. Hay más vigilancia, más clientes y menos humo. Respire y vea que no le miento”, expresó por su parte don Eduardo Echeverría, encargado de un taller de sastrería que tiene “toda la vida de existir”, exactamente donde muere la avenida 4, por el sector de La Soledad.

De vuelta, satisfechas con lo que habíamos visto para elaborar una crónica de un día cualquiera en el nuevo bulevar y, ¡con todas nuestras pertenencias intactas! (según el OIJ, los delitos han disminuido en un 16 por ciento en las últimas semanas), regresamos al periódico.

Sin embargo, no podíamos dejar de comentar las palabras de don Mario Ríos Chaves, un caballero de Aserrí con chonete y botas de hule, que nos advirtió: “Claro, todo está muy bonito, pero ojalá siga así. Vean que al tico le cuesta cuidar lo que tiene”.

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