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El partido y la falla del Mundial

Actualizado el 28 de junio de 2010 a las 12:00 am

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El partido y la falla del Mundial

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Johannesburgo.  Vencía Alemania 2-1, Frank Lampard remató desde fuera del área con precisión y potencia. La pelota sacudió el travesaño y picó 50 centímetros (¡Cincuenta!) dentro del arco alemán. Era el empate a dos. El excelente árbitro uruguayo Jorge Larrionda, a unos 25 metros, de frente a la meta, no podía discernir; miró a su juez de línea Mauricio Espinosa, este no hizo señal alguna y el juego continuó. Lampard e Inglaterra toda se tomaban la cabeza. El Centro de Prensa de Johannesburgo, donde mil periodistas veían el juego, estalló de asombro. Fue gol, no lo dieron. Pase lo que pase, ya es el error del Mundial. Gravísimo.

¿Hace falta la tecnología para validar un gol como ése? ¿Es necesario el ojo de águila para poder verlo? No. Como diría Chilavert, “hasta un ciego puede verlo”. Pero es cuanto menos inaudito que en la era tecnológica un gol así no se convalide por un error humano.

Los miembros del International Board, británicos ellos, estarán felices: esta noche se llenarán los pubs , se discutirá como nunca y correrán mares de cerveza. Según ellos, eso es lo bueno del futbol, el folclore, la polémica.

Nosotros, humildemente, seguimos prefiriendo la justicia. Nos hubiese agradado que ese gol de Lampard fuera concedido, como era debido. Luego de ese “empate virtual”, Alemania aprovechó el desorden inglés, su nerviosismo, su carencia de jugadores importantes, para demoler a un rival siempre odiado. Pero ya el espíritu del juego estaba herido de consideración.

“Es la venganza del 66”, fue el primer comentario, luego extendido. Remitía a la final del Mundial inglés, cuando Geoffrey Hurst remató, la bola describió la misma trayectoria que la de Lampard pero no traspuso la raya, y el juez suizo Gottfried Dienst, a instancias del línea soviético Bakhramov, dijo: “Gol inglés”. Un tanto clave en la conquista del torneo. Llevaban 44 años los alemanes con la espina atragantada. Ayer se la quitaron.

Mauricio Espinoza no va a dormir por algunos días. Estará maldiciendo que no hubiera un chip para ayudarlo.

Alemania 4 - Inglaterra 1. El mejor partido del Mundial hasta hoy, el que lo encendió, ojalá definitivamente. Dos potencias tradicionales con una rivalidad encarnizada que excede los rectángulos. ¡Qué bonito es el futbol cuando al menos se juega hacia adelante! ¡Qué espectáculo inigualable de emoción! El Centro de Prensa era una babel humana de idiomas y colores, pero todos los ojos estaban puestos en las pantallas y las exclamaciones brotaban una tras otra.

Más pensante Alemania a favor del cerebro iluminado de Müller, de la zurda prolija y creativa de Mesut Oezil. Inglaterra dispone del fantástico Wayne Rooney, de ese buen jugador que es Lampard, del firmísimo Ashley Cole por la banda izquierda y de la lucha inclaudicable de Steven Gerrard. Pero sus individualidades no pueden con su desorganización táctica. Y pierden. Esto no es la Premier League , donde todos corren frontalmente y juegan a lo mismo. Acá los rivales piensan, paran la bola, se cierran atrás, salen de contra. Plantean un ajedrez inextricable para la sencillez inglesa. No sabe reaccionar cuando le juegan distinto a lo que ellos saben. “Viendo a Inglaterra pareciera que hasta Francia juega bien”, ironizó un periodista de France Football .

De un tiro libre a su favor provino el tercer gol germano. Y de otro avance en profundidad llegó el cuarto. Ambos con contraataques mortales. No se puede jugar tan mal tácticamente, no hay derecho.

Mención de honor para Miroslav Klos: juega para 5 puntos en la liga alemana, para 7 con la camiseta nacional y sube a 8 en un Mundial. Crece junto con la exigencia. Eso tiene una definición: clase internacional.

Ha nacido una estrella del futbol: es Thomas Müller. Técnicamente, buen jugador; mentalmente, súperdotado. Todo el panorama de la cancha está en su cabeza, el plan para destruir al enemigo, para devastarlo donde más le duele. El cerebro para orquestar los contraataques, para urdir la ofensiva, el titiritero que maneja los hilos, los ritmos del partido. Si perteneciera a una banda de asaltantes, sería quien trama el robo al banco. Sus secuaces solo deberían seguir sus instrucciones para llegar con éxito hasta la bóveda del tesoro. Todo se ejecutaría con precisión y huirían discretamente sin que nadie se percatara.

Thomas anotó dos goles, fabricó los otros dos, pergeñó otras dos situaciones clarísimas. Hizo todo bien, todo maravillosamente simple. En un Mundial, frente a Inglaterra y en su quinto partido en la Selección. Si no se hubiese lesionado Ballack, tal vez taponaba la aparición de Müller.

Nadie busque en él espectacularidad ni malabares con la pelota, ni arrebatos demagógicos. Lo suyo es poco individual y todo colectivo. Hace 20 años, justo los que él tiene, que Alemania busca un jugador así. Bienvenido, crack .

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