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Del papel al ‘byte’: ¿qué se salvará?

Actualizado el 22 de abril de 2012 a las 12:00 am

Transformaciones Los nuevos formatos de lectura OBLIGAN A innovar en EL DISEÑO DE LAs BIBLIOTECAs MODERNAs

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Del papel al ‘byte’: ¿qué se salvará?

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Probablemente, cuando el inventor alemán Johannes Gutenberg debió decidir cuál iba a ser el primer libro que iba a salir de su reciente imprenta, aquel lejano día, hace más de 564 años, no le fue difícil pensar que tendría que ser la Biblia . Lo mismo seguramente sucedió para los siguientes libros impresos, que también fueron religiosos (la S umma Grammaticalis , conocida como Catholicon , y unos devocionarios). Asimismo, muy pocos años hubo que esperar para que Lutero ampliara la dimensión de la “democratización del libro”, cuando en 1522 imprimió su traducción del Nuevo Testamento.

En estas décadas cuando las bibliotecas de todo el mundo corren a convertir lo impreso en papel en libros electrónicos, y las editoriales, los periódicos y las revistas empiezan la conversión a las ediciones digitales, la situación ha cambiado un poco: seguramente el dilema se invirtió y ahora se trata de decidir qué no se va a digitalizar.

¿Se olvidarán acaso viejos libros y folletos, cubiertos de polvo en las estanterías de las bibliotecas que nadie o muy pocos seguirán consultando?

Si actualmente el criterio en muchas bibliotecas del país es que “documento que no se consulta en cinco años se descarta”, no quisiéramos ni imaginar qué sucederá en la nueva época digital a la que recién estamos entrando.

Primeras imprentas. En Costa Rica, uno de los últimos países latinoamericanos en contar con una imprenta, el criterio para la impresión de los primeros libros fue educativo –un manual de aritmética, una geografía y otro manual de educación–. Después de la instalación de la primera imprenta, hubo que esperar casi tres años para ver el primer periódico, que en realidad fue una hoja impresa.

Poco después, en 1834, llama la atención que otro de los primeros libros impresos fue en realidad una reimpresión de un libro ya editado en otro país y reimpreso aquí por la cuarta imprenta instalada en el país, La Concordia. Se trata de un curioso ejemplar titulado, en español, Economía de la vida humana , traducción al castellano hecha en Barcelona de una traducción previa del inglés al francés, de un original chino. Probablemente era de alguien que lo había importado, así como el resto de las publicaciones que existían antes de las primeras imprentas.

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Las primeras cuatro imprentas aparecieron –y desaparecieron– en el transcurso de tres años; la primera, la Imprenta de la Paz (1830), sirvió al joven Estado para difundir decretos, acuerdos y otras disposiciones. El gobierno finalmente adquirió una, que fue la tercera, la Imprenta de la Merced (1832), propiedad de Joaquín Bernardo Calvo Rosales, y que fue considerada “un medio para sostener las libertades públicas y el progreso de las luces”. Esta es la que tres años después pasa a manos del Estado con el nombre Imprenta del Estado; luego Imprenta de la República y posteriormente Imprenta Nacional.

Después de imprimir los primeros libros, folletos, revistas y periódicos, los costarricenses empezaron a constituir bibliotecas; la primera fue la de la Universidad de Santo Tomás, que aspiraba servir a todo público lector y no solo a los universitarios.

En los Estatutos de la Universidad de Santo Tomás (1858), se puede leer lo siguiente: “La biblioteca debe estar abierta al público diariamente, por lo menos dos horas en la mañana y dos por la tarde; pero a nadie le será lícito llevar libros fuera del edificio”.

La preocupación por ampliar la lectura a una mayor cantidad de habitantes llevó a iniciativas privadas; por ejemplo, gracias a una idea de Julián Volio, en 1879 se creó en San Ramón la Sociedad Bibliotecaria. Esta, que funcionó primero en una casa privada, en un año contaba con alrededor de 1.300 libros, cuarenta socios aportaban libros o una cuota mensual, organizaba “veladas literarias” y fue dueña de una imprenta en la que publicaba un periódico propio.

Otra iniciativa fue el servicio de la “biblioteca circulante”, que, según el Decreto 12 de 1924, ofrecía la Biblioteca Nacional con sus libros duplicados a los profesores, maestros y a los que donaban dinero o libros a la institución.

Panorama actual. Aún no se puede escribir la historia de las primeras bibliotecas electrónicas del país pues todavía estamos ante el reto de definir cómo se van a constituir, qué se va a digitalizar y qué no interesa preservar en el formato electrónico.

Por ejemplo, en abril del 2009 se abrió el portal del Sistema Nacional de Bibliotecas, que contiene los “incunables” de Costa Rica: los periódicos del siglos XIX, colecciones de fotografías de varios autores, los primeros libros impresos en el país, y las bellas revistas literarias para niños de inicios del siglo XX.

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‘Scriptorium’. En las universidades estatales, desde hace varios años las bibliotecas pagan altas cuotas anuales para ofrecer a sus lectores bases de datos extranjeras. Sin embargo, ya se está empezando a constituir los primeros repositorios propios (o bibliotecas electrónicas con documentos generados en las mismas instituciones).

En las biblioteca medievales se reservaba una sala aparte para los copistas, que se conocía como el scriptorium (‘escritorio’, en español). En la Universidad Nacional, (UNA) ese es el nombre de un proyecto y una biblioteca electrónica que reabrió la Facultad de Filosofía y Letras, a cargo de un equipo interdisciplinario, con el fin de recopilar, digitalizar y ofrecer los productos del trabajo académico en filosofía, teología, lenguas y literaturas, estudios culturales, investigaciones sobre la sexualidad y la mujer.

Se trata de un sitio abierto a la consulta gratuita y que ya cuenta con más de 575 documentos. Con esto se ha apostado a la conservación íntegra del patrimonio académico institucional y su preservación para las generaciones venideras.

La autora es investigadora de la Universidad Nacional.

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