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El país de las vallas publicitarias y el perifoneo

Actualizado el 04 de junio de 2013 a las 12:00 am

Hacemos pomposas inauguraciones y después dejamos tiradas las cosas

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El país de las vallas publicitarias y el perifoneo

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Dos cosas pasan cuando se abre una carretera: se inaugura con accidentes y con vallas publicitarias; y si se trata de un pueblo, surge el perifoneo, esos automóviles con parlantes en el techo que todo lo anuncian en altavoz. La otra vez, en el centro de la ciudad de Alajuela, anunciaban un salón de belleza. En otra ocasión, un baile con tal orquesta y en tal lugar, a las siete de la noche; y un día de estos invitaban a los agricultores a una asamblea anual. Asimismo, en otro perifoneo, solicitaban refrigeradoras, televisores, microondas, varillas, latas... Tal vez esto sea bueno –dirán algunos–. Y, últimamente, micrófono en mano, ofrecían pejibayes calientes para el cafecito.

Así como llaman por teléfono para ofrecer viajes y cambio de tarjetas de crédito, tocarán la puerta para ofrecer tortillas calientes, pan casero... Nunca ofrecerán libros, quizá revistas pornográficas y utensilios de cocina robados. Bien decía Enrique Benavides que San José, la capital, es un pueblón. Mejor callemos.

Y de las vallas publicitarias mejor ni hablemos. Hace unos pocos años un reportaje televisivo daba cuenta de un “chorizo” afincado en un ministerio. Ahora, en esa misma institución, se ha descubierto el “negocio” de las licencias o permisos para el transporte de estudiantes. Dos secretarias lo administraban. A las dos se las llevó la policía. Iban por ¢80 millones. Los otros autobuses ¿por dónde irán? Vete a saber.

A todo esto debemos añadir la evasión del pago de impuestos y otros pagos, y tendremos una radiografía del incumplimiento de obligaciones legales y cívicas comunes. Pero en Costa Rica es un deporte burlar al Estado. Afortunadamente, el país funciona porque una mayoría sí cumple.

En la nueva carretera, la número 27, la que se une a Orotina, en unos 5 ó 10 kilómetros antes de llegar al primer cruce de Santa Ana, conté alrededor de 50 vallas publicitarias, algunas instaladas con envidiable base. Si el celular, usado cuando se maneja, se multa con ¢94.000, estas vallas, otro distractor peligroso, también deberían prohibirse. Pero seguiremos con accidentes, ruidos, humo y riesgos. Hacemos pomposas inauguraciones y después dejamos tiradas las cosas. ¿Cuándo dejaremos de ser un pueblón?

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