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A mi país, con cariño

Actualizado el 09 de junio de 2012 a las 12:00 am

Hemos involucionado de democracia a “espantocracia”...

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Es hora de que nos metamos en la cabeza que nuestro sistema político colapsó, que no funciona, que no existe, y que todo lo que de sus ruinas se derive estará condenado a ser un engendro para nuestros anhelos de bienestar.

Lo que como país nos está ocurriendo, con los supremos poderes e instituciones como principales culpables, no es otra cosa que ese río revuelto de intereses mezquinos e incompetencia que lo arrastran al despeñadero sin nadie ni nada, hasta ahora, capaz de evitarlo.

De democracia, si acaso, nos queda el remedo. La pirámide que la sustentaba cojea con partidos políticos reducidos a chinchorros de aventureros y oportunistas que, yéndoles muy mal, se las ingenian para ordeñar al país a través de la deuda política, y, yéndoles muy bien, logran la teta completa con cargos públicos desde los cuales engordan su mediocridad.

Focos de corrupción. Lejos de ser el deseable santuario para la autocrítica, el análisis, la gestación de ideales, propuestas y modelos de desarrollo nacionales, los clubes políticos tienden a convertirse en lacras o focos de corrupción de todo sabor y color, ya para ostentar el poder por el poder, es decir, como un trofeo político y no como un compromiso nacional, ya para utilizarlo deportivamente como trampolín con fines espurios.

Y todo en medio de un casino electoral plagado cada vez más de imposturas donde se luce desde el candidato rico y cuestionado que se abre el pecho para exhibir sin rubor dizque su lealtad a la patria, hasta el reincidente que, sin ningún escrúpulo, sigue medrando del realityshow de la política valido de la ingenuidad de la gente. Sin dejar de lado, desde luego, la gavilla de “peseteros” que pelean también su tajada del pastel como “chupamedias”, pegabanderas o tontos útiles.

Todos ellos son parte de ese “paquete” que llega cada cuatro años a los estrados del poder a velar por nuestros destinos. Desde gobernantes “buena-gente” pero incapaces, hasta los de tamaño rabo que les majen. De igual manera, diputados de dudosa ralea al servicio exclusivo de sus amos políticos o intereses particulares, ministros que deberían ir a la cárcel por comprometer la seguridad, las finanzas, el medio ambiente y la soberanía del país, y jerarcas cretinos designados por alguna mano negra para socavar nuestras instituciones más emblemáticas, entre otras traiciones a la patria.

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¿Qué país, pueblo o sociedad pueden funcionar bien así? Hemos involucionado de democracia a “espantocracia”, con todos nosotros viviendo a salto de mata sin más futuro que cruzar los dedos para que el siguiente capítulo de esta tragedia nacional no sea la perpetuación, a través de la política misma, del narcotráfico y su recua de sicarios, pandillas de asalto e infinita estela de corrupciónn y muerte.

La fractura del sistema democrático nos ha dejado huérfanos de ética, valores y justicia y, encima, con los encargados de impartirlas y dar el ejemplo, en plena piñata de privilegios, desprestigiados y ya sin el menor pudor para continuar la bacanal. El bipartidismo era nefasto porque ambos grupos políticos se alternaban el botín nacional un día sí y el otro también a cambio de que el país medio caminara, pero ahora a los zorros les han dejado abierta la puerta del gallinero, y cada quien se reparte lo suyo sin que la hoja de un árbol se mueva.

Sin ignorar el carácter maquiavélico de quienes ostentan o pretenden el poder, entiendo por sistema democrático el marco doctrinal dentro del cual, mediante reglas del juego más o menos claras, el pluralismo ideológico, el debate abierto e incluso la componenda son sus grandes protagonistas teniendo siempre como telón de fondo alguna sana aspiración nacional.

Pero en nuestro caso ya no hay nada de nada salvo un canibalismo a ultranza cuyo menú diario son los amores y desamores de la clase política toda, pero jamás las urgencias del país, ni siquiera la defensa de una libertad que cada vez se nos escurre.

Líderes ausentes. Uno se pregunta entonces dónde están los buenos líderes. Los de verdad. Los que, guiados por un instinto natural, saben abrirse paso, como encantadores de serpientes, con luz propia, visión y hormonas hacia la conquista de un ideal nacional, y no como ahora, de un interés tan particular como miserable que pone en mayor evidencia la precariedad de un sistema político que nos hace presa fácil del caos en absolutamente todo.

¿De qué nos sirve, como democracia, tener los tres poderes de la república si están castrados, si no cumplen a cabalidad con su obligación de servir al ciudadano y, peor aún, si lo que más les desvela son su pensión o salario de $10.000 al mes, su viaje a China a nada y sus insultantes privilegios? ¿De qué nos sirve ir a votar cada cuatro años si las opciones electorales se nos han ido reduciendo en muchos casos a aspirantes carroñeros que llegan a especular, a jugar de vivos y a exprimir más la vaca madre nacional?

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Por eso, teniendo como gran premisa constitucional el derecho que como ciudadanos nos asiste a vivir con dignidad, y consciente de que, lejos de ello, los diferentes inquilinos del poder nos han llevado a situaciones de extrema gravedad, propongo instalar una Junta de Gobierno con gente intachable y sin ninguna militancia política para que, vía decreto, haga lo que tenga que hacer y detenga ya ese río revuelto que nos está matando.

Sin duda, la situación actual amerita con urgencia una acción de esa naturaleza, y me parece que la mejor demostración de sensatez, nobleza, humildad y amor por la patria de parte de doña Laura es que ella, sin necesidad de que se lo pidan o insinúen, dé un paso al costado y deje los comandos del poder en manos del mejor equipo humano posible por un tiempo con plazo, fecha y hora definidos. No se trata esto de un golpe de Estado, pues ninguno puede ser peor que el que ya le están infligiendo a este sus propios jerarcas, sino, más bien, de una caricia, un estímulo, a ver si resucita.

Doña Laura, pase a la historia haciendo historia.

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