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El odio embrutece

Actualizado el 24 de junio de 2012 a las 12:00 am

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Ramón Gómez de la Serna decía que quien se conoce demasiado a sí mismo corre el riesgo de retirarse el saludo. Don Ramón era muy ocurrente, y lo que más le ocurría eran frases curiosas que él llamó ‘greguerías’. Otra de sus humoradas fue expresar que la pulga convierte al perro en guitarrista. Esta sentencia data de mucho antes del ‘perreo’, lo que confirma la imaginación de Gómez de la Serna pues quien presagia el reggaeton puede imaginar cualquier infierno.

Don Ramón solo amplió la sentencia délfica de “Conócete a ti mismo”, mas este consejo no siempre es recomendable pues, antes de conocerse uno a sí mismo, conviene preguntar de quién se trata. La máxima de Delfos se orientaba a evitarnos el vicio de la soberbia, que tan mal queda en los otros y que podría hacer que un político titulase Yo en mi vida su autobiografía.

Entre los griegos, la soberbia más censurable era la ‘hibris’ (o ‘hybris’), que equivalía a la soberbia ante los dioses. La hibris se personificó después en un dios que fue padre de Pan, según se cree (la mitología griega es más complicada que las chicas de 1968). Hoy debe revalorarse a Hibris pues, a estas alturas de la economía, solamente un dios puede dar Pan a los griegos.

La hibris aparece en las tragedias griegas. Pese a lo que se cree, son mágicas contra la depresión pues, si uno se compara con Edipo, de inmediato se siente mejor.

Otro personaje de hibris (no ‘híbrido’) es el vanidoso Satán; id est , el ‘opositor’, de modo que, cuando un gobierno sataniza a la oposición, solamente la pone en su sitio.

Satán-serpiente también es un precursor lingüístico pues, cuando engañó a Adán y a Eva, fue el primero de los “falsos amigos”.

La soberbia ha sido objeto de un estudio de la Universidad de la Columbia Británica publicado en abril en el Boletín de Personalidad y Psicología Social . El estudio halló que el orgullo merecido y el inmerecido tienen orígenes distintos.

El orgullo merecido surge del trabajo bien realizado y con esfuerzo, y lleva a la empatía; en cambio, el orgullo inmerecido nace de los privilegios indebidos, crea la ilusión de haber logrado méritos, e induce al racismo y a la homofobia.

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Así, es fácil saber cuáles fueron los “méritos” que se atribuían los soberbios que empujaron al suicidio al genial matemático británico Alan Turing en 1954 pues era homosexual: al gran Turing, héroe de guerra, precursor de la informática y de la morfogénesis (Brian Goodwin: Las manchas del leopardo , cap. IV). El centenario de Alan Turing se cumplió ayer, sábado 23.

Los soberbios querían “curar” a Turing de la homosexualidad: los brutos asesinaron al genio. El odio embrutece; en cambio, el amor al prójimo aligera el pensamiento.

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