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De novela

Actualizado el 14 de abril de 2013 a las 12:00 am

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El escritor José Ricardo Chaves demostró recientemente, en este periódico, que la poeta costarricense Eunice Odio jamás fue colaboradora de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), rumor del que yo nunca antes había sabido y de ninguna forma habría creído. El señor Chaves hizo muy bien su tarea y solo se me quedaron detrás de la oreja dos datos secundarios: la idea, vagamente familiar, de que la ilustre poeta estuvo por algún tiempo vinculada al Partido Comunista y el hecho de que Eunice habría coincidido en México, en una fiesta, con Lee H. Oswald, el futuro supuesto asesino del presidente Kennedy. De haber sido cierto esto último no pasaría de ser una anécdota trivial, que podría haber revestido alguna importancia si -y solo si- Eunice hubiera estado en verdad ligada a la CIA: tantas veces ha sido acusada esa agencia de espionaje de estar involucrada en la eliminación física de estorbosos jefes de estado extranjeros, que ¿por qué tendría ser diferente tratándose de un estorboso gobernante estadounidense?

Por esa razón se presentarían aquí los elementos esenciales para armar la trama de una interesante novela sobre el magnicidio de John F. Kennedy precisamente pocos meses después de su visita a Costa Rica, ocurrida en marzo de1963. Más por cuanto al cuadro anterior pudo haberse agregado un hecho cierto -también irrelevante tras la excelente demostración de don José Ricardo-, poco conocido y del que fui involuntario protagonista. Cuando el Presidente Kennedy vino a nuestro país, visitó la Universidad de Costa Rica y por razones que tomaría mucho tiempo explicar me correspondió, como representante estudiantil ante el Consejo Universitario de la UCR, colaborar estrechamente con el rector Carlos Monge Alfaro en la organización de aquel acontecimiento, lo cual resultó complicado y daría para un largo pero aburrido relato.

Lo curioso es que Eunice Odio, quien radicaba entonces en México, estuvo en aquella oportunidad en Costa Rica acreditada como reportera por una revista azteca. Tras la partida del presidente Kennedy, la distinguida poeta y periodista se apersonó en las oficinas de la Federación de Estudiantes para quejarse -amistosamente, me parece- de que mientras estuvo en el recinto de la UCR en Montes de Oca siempre hubo a su lado una “sombra”, es decir, alguien encargado de vigilarla porque, afirmaba, era considerada comunista. Le dijimos que lo lamentábamos, que seguramente estaba confundida porque aquello era improbable, pero Eunice insistió en que, si le había molestado, era porque para entonces ella ya estaba distanciada de los grupos de izquierda.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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