Archivo

La novedad de Jesús

Actualizado el 30 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Archivo

La novedad de Jesús

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Pasado ya el umbral del Tercer Milenio es importante que ahora nos planteemos cómo ayudar a superar las crisis que nos han acompañado en el pasado y que ahora tienen tanta actualidad. Entre ellas se encuentra una crisis del sentido de la vida. Las muchas voces del placer, del hedonismo, del consumismo, las propuestas que nos han hecho los medios de comunicación, como la TV, el cine, el teatro moderno, la misma música actual, los modelos humanos, estereotipos y paradigmas no dieron respuesta al vacío espiritual.

Es necesario plantearnos el significado que tiene en la creación del universo el misterio del Nacimiento del Hijo de Dios, en Belén, hace ya más de dos milenios, y que le demos la actualidad que merece , como quiso Juan Pablo II y , ahora, Benedicto XVI con el “Año de la Fe”, tan seguros de que es el único camino –solo Él– para recuperar el sentido de la vida de los hombres en esta tierra.

Nos dijo Juan Pablo II con la Bula de Convocación del Gran Jubileo del Año 2000, que el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal en la que estamos inmersos y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre, cada vez más humana, es la novedad de Jesús, el Salvador de los hombres, que supera las expectativas de toda la humanidad a lo largo del tiempo.

Fuerza imponente. En aquella tierra santa de Palestina, donde Dios se reveló a los hombres, se esconde una fuerza imponente que vino a remover el universo entero. La precedieron largos siglos de promesas y esperanzas y, después, se han dado muchos hechos heroicos, de algunos de los cuales somos testigos. La Iglesia, con el Concilio Vaticano II, ha tomado una conciencia muy viva de su propio misterio sobrenatural y de la especial misión que le corresponde realizar en este mundo nuestro, que cuando está alejado de Dios se vuelve moribundo de valores y sin perspectivas para el espíritu. La ruta señalada por el papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica “Novo Milenio Inneunte”, del 6 de enero del 2001, y ahora por Benedicto XVI con “El Año de la Fe”, conduce a conocer más profundamente el auténtico rostro del Padre de toda la creación en la que vivimos y que tiene impresa en si misma el sello de su mano.

PUBLICIDAD

Los antiguos profetas anunciaron, como promesa de Dios, el hecho que consideramos el más importante para la humanidad, la venida del Mesías, con el tesoro de la Revelación. La Encarnación de Dios entre los hombres, ahora hace ya más de dos milenios, no nos puede dejar indiferentes a nadie pues es el acontecimiento central de la creación.

Es una verdad histórica y teológica para bien del mundo entero, que descubre en todo su realismo el verdadero sentido de la vida presente y futura. Dios, al hacerse hombre, viene a impregnar todas las tareas nobles de los hombres, y, de modo muy especial, el trabajo, de un nuevo sentido y valor que trasciende las limitaciones del materialismo.

El “Año de la Fe” instaurado por Benedicto XVI nos lleva a penetrar en esta realidad histórica y misteriosa de la Encarnación del Hijo de Dios y nos abre la ruta del hombre hacia la eternidad, más allá de la muerte, dando sentido trascendente a todo quehacer humano. Pero es imperioso llevar a todos los estratos de la humanidad este sentido sobrenatural y trascendente de la vida.

  • Comparta este artículo
Archivo

La novedad de Jesús

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota