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El mundo en un ascensor

Actualizado el 18 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Abordamos el ascensor. Veníamos de la calle. El frío seco, incisivo, del invierno. Bella, delgada' la noche había prendido de sus mejillas dos tenues rosas. Adusta, inescrutable, casi hostil la sentí yo. A la altura del quinto piso ni siquiera me había dicho “buenas noches”. “Típica parisina” –pensé. Consciente de su belleza, altiva y defendiéndose de las miradas, sobre todo en un espacio tan reducido como el que ofrece un elevador. En el octavo piso sacó del bolso su celular. Perturbada. Al borde de las lágrimas. Le temblaban las manos. Comenzó a hablar. Intentaba ser discreta, pero el dolor le cortaba la voz una y otra vez. ¿En qué consistiría aquella impostergable aflicción que le había impedido aun estar a solas para aliviarla en privado? ¿Cosas del corazón? ¿Alguna funesta noticia de su casa? ¿Acaso la muerte de uno de sus seres queridos? En el decimosegundo piso –mi apartamento– salí con un “buenas noches” que no encontró respuesta. Entré a mi cuarto y no encendí las luces. Me quedé sentado en la penumbra durante algunos minutos. ¡Yo que la había juzgado huraña y defensiva! No sospeché el mundo de dolor que llevaba por dentro. ¡Cuán fácil, ver a los demás, “leerlos” incorrectamente y saltar a conclusiones precipitadas e injustas!

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