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Arte

Del movimiento a la quietud

Actualizado el 11 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

Exhibición La UCR rinde homenaje a mujeres y hombres que fueron modelos de Artes Plásticas

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En las cintas mexicanas de aquella época dorada en blanco y negro, ¿cómo se habría visto el rojo cabello de Sandra: incendio bailable que giraba echando fuego al son de un mambo y sobre la tarima peligrosamente de madera del night club Maracas? Habría seguido siendo rojo cual un adelanto en Technicolor y como un fósforo encendido que habría quemado el mambo, el cabaret y la película.

“También me presentaba en el night club La Orquídea”, recuerda María Isabel Barquero (“Sandra”) junto a uno de los muchos retratos que inspiró durante 36 años en su labor de modelo en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica.

Hoy, mediante una exposición, la Escuela rinde homenaje a doña María Isabel y a otros modelos –mujeres y hombres– que acompañaron a generaciones de estudiantes de arte en el empeño arduo y esquivo de retratar la figura humana. Se los recuerda por sus nombres de cariño: Sandra, Maricel, Naín, Marisol, Patricia, Marielos, Pedro...

“Esta es la primera exhibición de su tipo que se realiza en el país”, dice el artista Luis Paulino Delgado, exdirector de la Escuela y curador de la muestra, integrada por 65 obras, entre óleos, acuarelas, dibujos, tintas, xilografías y esculturas.

Quietud. La Sección de Extensión Cultural de la Vicerrectoría de Acción Social y la Escuela de Artes Plásticas organizaron la exposición, mensaje de gratitud a quienes ofrecieron años de trabajo y horas en posiciones acechadas por el cansancio. “Viera que sí cansa. Una modelo estadounidense se desmayó en una clase porque no resistió estar inmóvil durante una sesión”, confirma Sandra.

No era fácil, pero María Isabel ya había aprendido flexibilidad y resistencia en el Maracas, del centro de San José, adonde fue a buscarla, un día de 1959, un profesor de la entonces Academia de Bellas Artes de la UCR: John Portugués, para proponerle ser modelo de los estudiantes.

“Fui, conversamos y yo acepté. Entonces me tomaron las medidas para comprobar si yo servía como modelo”, relata Sandra, hoy ya octogenaria, pero siempre luciente de una cabellera iluminada por el rojo. Vivaz, locuaz, doña María Isabel se mueve con la agilidad del viento que ella irradiaba con los ritmos cubanos; pero los dejó pronto ya que se integró al ambiente universitario. Así fue como pasó del baile a la inmovilidad.

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“La práctica del baile le proporcionaba flexibilidad, que otros modelos no tienen”, explica Delgado. “Cuando ya era modelo aquí, estudié ballet con Olga Franco y Teresita Orozco y Flora Mantalbán”, detalla Sandra. Tras 36 años, se pensionó como empleada de la UCR –empleada modelo–, donde fue también maestra de jóvenes aspirantes al mismo trabajo.

Luis Paulino Delgado considera que Sandra es “la modelo más emblemática porque trabajó con nosotros durante muchos años”. En su persona se recuerda a los demás, algunos ya fallecidos.

Toda figura. “Yo entraba las 8 y salía a las 5. Venía todos los días. Posaba para dibujo, pintura y escultura”, explica María Isabel mientras, por entre las pinturas, lleva el estandarte de fuego del peinado. “A veces, yo escogía las posiciones; otras veces, me las pedían los profesores o los estudiantes. Conocí a todos los profesores: Carlos Salazar Herrera, Néstor Zeledón, Paco Amighetti, Sonia Romero, Margarita Bertheau, Lolita Fernández, Juan Luis Rodríguez, Dinorah Bolandi... Luis Paulino Delgado era entonces alumno”, precisa Sandra.

Con los años hubo dos o tres modelos estables, hombres y mujeres. A los eventuales se los contrataba en gimnasios o entre deportistas. Sin embargo, en las obras expuestas se ve personas de diversos aspectos y edades: ¿por qué?

“En el arte, la figura humana siempre resulta bella e interesante, independientemente del sexo, la contextura y la edad. Cada cuerpo tiene su belleza y enseña al estudiante una infinidad de detalles”, asegura el artista Eugenio Murillo Fuentes, profesor de la Escuela de Artes Plásticas.

El catálogo de la exhibición lo escribió Eugenio Murillo, quien también fue modelo en la Universidad Nacional. Delgado recuerda que conoció a Murillo cuando este tenía seis años de edad y era un “niño prodigio del dibujo”.

De cuerpo presente. En la Escuela, algunos alumnos ejercieron también el modelaje, como aficionados: entre ellos, Héctor Burke y Pedro Arrieta, ya fallecido. “Pedro era muy penoso; se avergonzaba porque a la vez era compañero de estudios”, expresa doña María Isabel. En la exposición hay dibujos (desnudos) hechos por Rita Cascante en los que aparece Arrieta.

Los modelos (hombres y mujeres) no ofrecían siempre desnudos completos. Luis Paulino Delgado precisa que, en los años 60, se posaba con ropa ligera, pero, a inicios de los años 70, a pedido de la profesora Margarita Bertheau, los modelos podían posar desnudos, y hombres y mujeres a la vez.

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“Existía el mayor respeto entre alumnos y modelos. En realidad, surgían amistades naturales pues todos se consideraban parte de un solo equipo”, sostiene Luis Paulino Delgado.

Añade que, con el tiempo, ciertos modelos se interesaban en conocer los temas de los que oían hablar mientras modelaban. “Pedían libros que se mencionaban, y algunos modelos, hombres y mujeres, adquirieron un buen nivel cultural”, expresa Delgado.

Agrega que la presencia de un modelo es esencial para percibir el volumen, las formas, los músculos, las proporciones, las posiciones del cuerpo. Nada puede reemplazar el trabajo hecho sobre el natural. El cuerpo puede ser paisaje.

Sandra de frente, de pie, echada; Sandra en colores, en las sombras que el lápiz le dibuja al Sol; Sandra en los primeros trazos de quienes luego fueron maestros... Haciéndolos, pero a su modo –con su presencia generosa–, Sandra también firmó los cuadros.

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