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Fiesta de 30 años

Los mitos verdaderos de Jacob

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Fiesta de 30 años El hombre que puso a Costa Rica en las grandes ligas del galerismo mundial del arte

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Los mitos verdaderos de Jacob

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Los sospechosos de siempre rondaron por la Galería Jacob Karpio en los últimos días pues les dijeron que Jacob tiraría la casa por la ventana: ¿esperaban que él cumpliese su promesa para llevarse un cuadro? Hay gente que no entiende de metáforas.

Sin embargo, Jacob Karpio hizo casi lo mismo: no tiró la casa, sino iluminó su historia con dos exposiciones simultáneas, más performances y fiestas aquí y allá, y la presencia de cientos de amigos, y la visita de creadores llegados de varios países hispanoamericanos.

En la galería, del centro de San José, se exponen trabajos de ocho artistas de vanguardia, y otros más se ofrecen en la Galería Klaus Steinmetz Arte Contemporáneo, de Escazú, que se suma a la fiesta.

Jacob celebró así su vida de galerista del arte, aventura iniciada en Quito en 1982 y que lo ha llevado sobre lienzos de pintura –cual alfombras mágicas– de país en país, fundando galerías y promoviendo creadores que han pasado a ser –de anónimos desconocidos– nombradías de conocedores.

Hombre-mito. ¿Quién es Jacob Karpio, caminante de los mapas? “Para algunos soy solo un ‘marchant’ del arte, pero soy también un hombre espiritual, interesado en filosofías orientales. No vivo en un solo mundo. El haber creado aquí una galería de arte en los años 80 requirió mucha fe, mucho espíritu”, responde Karpio, quien lanza ideas en las alas de un sombrero.

“En los años 80, las pinturas de artistas foráneos venían casi siempre de los Estados Unidos; de Suramérica no, y me interesé en ayudar a cambiar esa tendencia”, asegura.

A Karpio, de 53 años lo acechan mitos: que su nombre verdadero es hindi, que nació en Marruecos, que no envejece... (la tarjeta de presentación de los personajes míticos se imprime en blanco para que todos escriban en ella). Jacob Karpio nació en Costa Rica; su madre, en Curazao, y su padre, en España. Cursó filosofía en el Brasil, donde se inició en estudios orientales que lo llevaron a la meditación y al yoga.

Más tarde, Karpio residió en la Argentina, donde se vinculó con el mundo del arte, en especial con el pintor Guillermo Kuitca. En el Ecuador lo atrajo la renombrada pintura colonial andina.

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Más tarde, vivió en el Perú, donde se casó con Maia Checa, de una notable familia de coleccionistas. Jacob y Maia son padres de Ilan y Tulsi, quien colabora con Jacob.

Con los años, decidió quedarse en Costa Rica y fundó aquí una galería. La empresa de Karpio tiene sedes en San José, Bogotá, Buenos Aires y Lima. El libro Galerías del mundo (Editorial Dumont), de Uta Grosenick, coloca la galería de Karpio entre las mejores del planeta.

Nombres clave. En la mañana, la galería, se pinta de visitas: gente que repara objetos, pintores-habladores, músicos que tocan con la vista... Jacob luego va y viene demostrando el movimiento perpetuo.

La Galería Jacob Karpio es una casa que fueron dos: paredes blancas como nieves perpetuas bajo el sol de la mañana. Karpio se define: “Galerista debe poseer un ojo afilado y verse a sí mismo, en cierta manera, como continuación del trabajo de los artistas. El galerista debe ser el primer crítico del artista: su amigo crítico, y saber decirle ‘no’. El galerista procura ayudar al creador que da vueltas en las dudas. Uno y otro hablan, y, a veces, el artista termina diciendo: ‘Bueno, dejame pensar en eso...’”.

En otra vida, esta galería tal vez haya sido un laberinto pues aún le quedan las costumbres de patios-hipogeos, escaleras sorpresivas y paredes engañosas. El galerista dirige a la galería, pero el fotógrafo dirige ahora al galerista. Las luces del flash relumbran como supernovas de entrecasa.

Jacob recuerda que, en los azarosos 80, su galería también fue un centro de debates sobre el arte, y acudían creadores como Joaquín Rodríguez del Paso, Otto Apuy, Miguel Hernández, Armando Morales, poetas y otros artistas.

¿Cuáles obras le gustarían tanto que nunca las vendería? “Las de Vermeer. Piero della Francesca y Caravaggio me matan. Ya casi no se habla de esos maestros y de sus épocas. Me han dicho: ‘Pensás en el pasado’, pero respondo: ‘No es así; todo arte es también presente si no limitamos nuestras ideas’. Igual me encantan las performances”.

“El arte no es solo una técnica: es la emoción más exquisita que podemos expresar como un vehículo hacia lo trascendente. Es una forma de hacer yoga, de unirnos a Dios”, añade el galerista.

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Pasado presente. ¿Qué importa en una obra de arte?: “Van Gogh decía que él podía hacer reír o llorar con un cuadro, pero lo que le interesaba en realidad era poner el alma. Esto es difícil de explicar, pero se siente. Yo siento cuando un artista se ha entregado a una obra. No interesa la técnica: el alma puede aparecer en la escultura, en la música, en la danza...”.

¿Se puede diferenciar el arte verdadero del falso? “Sí. Por ejemplo, si cierto arte desaparece, no era real: era como un juguete de consumo y desecho. El aburrimiento es una mala señal. En cambio, la obra de arte verdadera siempre tiene algo nuevo que decirnos: es magia”.

En el arte actual, Karpio confiesa inclinaciones por el neoconcreto brasileño, el constructivismo argentino y el arte generativo. “Me gustan muchos, como Hélio Oiticica, Armando Morales, Carlos Cruz Díez y Jesús Soto; Guillermo Kuitca, con sus intereses en el teatro y la danza; y Fernando de Szyszlo, cuya primera exposición presenté en Costa Rica, en 1987”, agrega.

¿Qué le aconsejaría a un joven galerista? “Educarse: entender el pasado antes que estar al día. No es serio acercarse al presente sin conocer el prerrenacimiento, el renacimiento, el modernismo, el arte oriental... Todo esto le servirá para dialogar con el artista, para que piense en sus raíces y en sus influencias. El arte no es un accidente: es una asociación en el tiempo y en el espacio”.

Karpio lamenta la ausencia de políticas estatales que ayuden a las galerías privadas orientadas a difundir el arte en el exterior. Recuerda que le costó presentar decentemente stands en ferias como ARCO, de Madrid, donde todas las galerías iban subvencionadas por sus gobiernos.

Nada formal, nada soberbio, Jacob Karpio se ríe bajo el Diktat del fotógrafo. Ignoramos cuál sea su mejor ángulo ante la cámara, pero sabemos que, cuando habla, su mejor ángulo es el agudo.

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