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Entre el mito y la realidad

Actualizado el 24 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Sobre Venezuela, es bueno saber qué es mito y qué es realidad

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“La izquierda ha dominado el debate de ideas en las últimas décadas. Sobre todo, porque ha ganado la batalla de la imagen, y eso ha sido en la mayor parte de los países occidentales. Las ideas de la izquierda han tenido mejor imagen que las ideas de la derecha. La siguen teniendo'”.

Me habría encantado que este párrafo fuese mío. Pero no es así. Pertenece a mi amiga y gran analista española Edurne Uriarte. Con él abre un contundente libro que subtitula La izquierda en sus cavernas . Se refiere a la vieja izquierda que sigue vigente en buena parte de América Latina ( y desde luego entre nosotros, en Colombia) y en Europa. Si uno, leyendo a Edurne, examina las razones que embellecen la imagen de esta corriente ideológica, descubre el engañoso poder que tiene el mito sobre la realidad.

Mito es el viejo dogma marxista de la sociedad sin clases. Nunca la hemos visto, pues en un régimen comunista la nomenclatura tiene todos los privilegios. Mito y engaño es presentar como responsable de nuestra pobreza a la economía de mercado, al imperialismo, a los ricos, a la inversión extranjera o a la banca internacional. Mito es la revolución cubana y mito su seguidor, el socialismo del siglo XXI.

Mito es ver con bellos colores el mundo precolombino. Mito es presentar con piadosos calificativos (nacionalismo, insurgencia, liberación, etcétera) a ETA, Hamás, Farc o ELN, ocultando sus acciones terroristas y presentándolos como actores de un conflicto interno que exige la mano tendida de una negociación.

A propósito de Chávez, es bueno ver dónde está el mito y dónde la realidad. El dolorido fervor que advertimos en millones de venezolanos pertenecientes a las clases sociales más bajas obedece, sin duda, no solo a las prebendas y subsidios que regalaba el Gobierno en cerros y barrios periféricos donde viven, sino también al carisma del caudillo, a su forma de vestir, de hablarles en su mismo lenguaje de barriada llamando a sus opositores majunches, sifrinos o pitiyanquis.

La realidad, por supuesto, es otra. Si bien Chávez logró reducir niveles de pobreza, no lo hizo de una manera sostenible pues su política asistencial no puede quedar para siempre a cargo del Estado. Y si a ello se suma la ruina del sector privado, el ocaso de la clase media y el éxodo de los empresarios, no hay porvenir confiable para los sectores marginales.

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Tanto más que la situación económica venezolana es definitivamente catastrófica: ruina en la industria petrolera, descomunal deuda externa, una altísima inflación, una moneda por los suelos, desabastecimiento total de productos básicos, descuido de la infraestructura, alarmante inseguridad y, por si fuera poco, una escandalosa corrupción y una autocrática concentración de los poderes públicos, siguiendo el modelo castrista.

Afortunadamente, al lado de esta vieja izquierda hay otra que acepta la economía de mercado como condición necesaria para alcanzar un desarrollo sostenible, como ocurre en Brasil, Uruguay, Chile y Perú. Es una izquierda que al fin se aparta del mito para entrar en la realidad.

La chilena Michelle Bachelet, por ejemplo, siguiendo la pista de países exitosos como Singapur, India, Finlandia y otros trazó en un libro promovido por ella el real camino hacia el desarrollo. ¿Qué supone este objetivo? Ante todo una educación calificada para lograr el desarrollo de la clase media y el fomento de la pequeña y mediana empresas, además de la seguridad jurídica, el apoyo de la inversión extranjera y la conquista de mercados internacionales. Es decir, el modelo que defendemos y que le permite a la vieja izquierda llamarnos reaccionarios y neoliberales. Pero qué le vamos a hacer, la realidad debe sobreponerse al mito. Si no, apague y vámonos.

*Periodista y escritor colombiano. Colaborador habitual del diario EL TIEMPO de Bogotá.

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