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Lo miró con misericordia y lo eligió

Actualizado el 07 de abril de 2013 a las 12:00 am

Dios tiene un maravilloso proyecto de vida –único y personal– para cada ser humano

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El papa Francisco ha conservado su lema episcopal al momento de elegir el pontificio: "Miserando atque eligendo", que puede traducirse como "Lo miró con misericordia y lo eligió". Este es el lema del nuevo sucesor de San Pedro, estampado en su escudo papal. ¡Y lo ha hecho porque, tal parece, reconoce que este es el lema de su vida! ¡Cuán grato resulta profundizar en este reconocimiento en el marco de la celebración del Domingo de la Divina Misericordia!

El lema está tomado de la Homilía 21 del monje benedictino san Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia, nacido en Inglaterra en el año 672. En ella, san Beda reflexiona en el pasaje evangélico en el que Jesús llama a san Mateo para hacer de él su apóstol. El propio evangelista (Cf Mt 9,9) relata lo acontecido: “'Jesús vio a un hombre sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma, llamado Mateo, y le dijo: “Sígueme; y él, levantándose, le siguió”. Mateo el publicano, el cobrador de impuestos para el Imperio romano, un hombre despreciado entre los suyos.

Un destino superior. ¡No tenía mérito propio alguno para ser elegido! Pero Jesús lo mira con misericordia y lo elige para un destino inconcebiblemente superior; le llama, le propone el proyecto de vida que le tiene reservado, y le transforma su existencia por completo. Y esta es la reflexión que desarrolla san Beda: “Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. Sígueme, que quiere decir: «Imítame». Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él”.

Resulta elocuente que el padre Jorge Mario Bergoglio, en 1992, al saberse nuevamente elegido por Dios a través del llamado a la vida episcopal, hubiera querido poner de manifiesto su sentimiento de humildad e indignidad; su reconocimiento de haber sido elegido “por pura misericordia de Dios”, escudándose tras la frase de san Beda. El propio monseñor Bergoglio confesaría años después que, durante la fiesta de san Mateo del año 1953, para entonces siendo un jovencito de 17 años, experimentó en un modo del todo particular la presencia amorosa de Dios en su vida. Después de confesarse, se sintió tocado en el corazón y advirtió que sobre sí mismo descendía la misericordia de Dios, quien con mirada de tierno amor, lo llamaba a la vida religiosa. Una vez obispo, en recuerdo de este momento, eligió como lema la frase de san Beda, la cual incorporó en su escudo.

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Su programa de vida. Así, desde los 17 años, el papa Francisco fue consciente de haber sido elegido y de haber escuchado el “sígueme” de Jesús. El Señor tenía otros planes para aquel jovencito laboratorista químico. Claro está, difícilmente podía sospechar que el Señor continuaría llamándole con su “sígueme”, ¡esta vez para llevarlo a la silla de San Pedro! Y, desde ahí, tan pronto ha llegado, nos ha señalado vehementemente el misterio de la misericordia de Dios, invitándonos a dejarnos renovar por ella y a practicarla entre nosotros.

Esta homilía de san Beda, que es considerada un homenaje a la Divina Misericordia, y que es reproducida en la Liturgia de las Horas el día de la fiesta de san Mateo, ha dado su lema a nuestro pontífice, tomándolo como su programa de vida. De laboratorista químico a Papa; he aquí la historia de un jovencito que escuchó el “sígueme” de Jesús, y él, al igual que Mateo, decidió levantarse y seguirle.

Por designios de misericordia, Dios tiene un maravilloso proyecto de vida –único y personal– para cada ser humano. Todos somos elegidos para el nuestro, y a todos nos llama el Señor con su “sígueme”. Algunos proyectos serán notorios y vistosos, otros silenciosos y escondidos, mas, no por ello, menos importantes y meritorios. Diversos y distintos proyectos; diversos y distintos caminos, tantos como tienen cabida en la sociedad; todos ellos pueden ser recorridos al modo como los recorrería Jesús: con la mirada y la confianza puesta en Dios Padre, dejándonos impregnar por su misericordia, y permitiendo que esta fluya a través de nosotros hacia nuestro prójimo.

Lo mejor está por venir. Este Domingo de la Divina Misericordia Jesús volverá a vernos “más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales”, y nos invitará una vez más con su “sígueme”. ¿Seremos capaces de escucharle y seguirle? San Beda nos señala la clave para ello: “Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible”.

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¡Vale la pena dejarse iluminar y acoger el misericordioso “sígueme” que Jesús tiene para cada uno; vidas como la del papa Francisco así lo demuestran, y lo mejor está aún por venir: el seguimiento en la eternidad!

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