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Las mil vueltas de Johnny Araya

Actualizado el 03 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Un seguimiento de 12 horas al alcalde y candidato en vísperas de sus Juegos Centroamericanos. Arranca trotando en su jardín y acaba después de la medianoche

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Las mil vueltas de Johnny Araya

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Johnny Araya resopla con las manos en la cintura, envuelto en ropa deportiva de marca, dando vuelticas en su jardín de 40 metros cuadrados; trotando alrededor de Álex, su entrenador personal.

Su corazón late 122 veces por minuto y le piden trotar más para subir a 150, sin pasarse. Como si se tratara de un ejercicio de estrategia política, la orden es mantener su corazón de 55 años de edad en “zona segura”, sin excesos.

Hoy es jueves, son las 7:32 a. m. y el alcalde-candidato se agita, estira, descansa y respira.

Sobre todo, respira. Además de la lógica buena forma que pretende tener para la campaña política, con los ejercicios se procura reducirle el estrés propio de alguien que dice tener tres trabajos: alcalde de la capital en retirada, candidato presidencial anticipado y potentado de los Juegos Centroamericanos que se inauguran este domingo.

De este lado del muro, asegurado con cerca eléctrica, está Araya con su terapia aeróbica y una casa grande y limpia, con espacios pensados para recibir gente.

Del otro lado, la quietud colma el parque de enfrente, de una manzana de extensión. Ese es el vecino que cada día ve Araya al salir de su casa en Rohrmoser, casi a las 9 de la mañana rumbo a la Municipalidad que ha dirigido por más de 20 años.

Su ruta usual hacia la oficina pasa por la esquina de la casa de Óscar Arias y por el Estadio Nacional, sede principal de los Juegos Centroamericanos, a los que Araya entrega todo. Será su última gran tarima antes de junio, cuando renunciará a la Alcaldía antes entrar de lleno en la carrera por la presidencia.

Energías extras. Pero hoy jueves tiene los tres trabajos y necesita respirar hondo. Acaba sus ejercicios, desayuna tostadas y café, con un vaso de linaza y fibra natural. Intenta no pasar de 88 kilos, aunque los 176 centímetros de estatura le disimulan cierto sobrepeso. Hoy no se toma su dosis de Potenciator, un complemento energizante.

Pide a sus empleadas uniformadas atender al periodista y al fotógrafo, pero se levanta rápido para alistarse. Afuera espera el chofer que lo lleva y lo trae en sus tareas de alcalde y que le cobra extras cuando el pasajero va con el sombrero de candidato presidencial.

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Araya dice que toda actividad política la ejecuta fuera del horario de oficina, pero admite de una vez que carece de un horario fijo.

Procura llegar a las 9 a. m., como hoy. Entra saludando a empleados municipales y señala el tono amarillo de la blusa de su secretaria de hace 18 años, Yanoy Quesada. No es usual que salude así, dijo una muchacha de una oficina cercana.

En su despacho, su computadora lo espera encendida. Sobre el escritorio, aguarda firma una pila de documentos que pueden ser órdenes de compra, oficios internos o acciones de personal.

Llega un asistente con el primer café negro acompañado de una guayaba con sal. Una guayaba china, de las de supermercado.

China también está en su despacho. Hay una puerta oriental a escala junto a otros adornos: un cinturón de boxeo que le regaló Don King y varias imágenes de Daniel Oduber y de Don Pepe, pero no de su tío Luis Alberto Monge.

Mastica guayaba mientras firma y firma sin detenerse demasiado en cada documento. No lee aquí los periódicos porque ya leyó dos de ellos, apenas se levantó, poco después de las 6 a. m.

Ya está enterado de la caída de Costa Rica como sede del mundial de futbol infantil femenino. Cree que la responsabilidad se reparte igual entre Gobierno y Fedefutbol. No esconde el orgullo de que todo va bien con los Juegos Centroamericanos; sus juegos.

Hoy, jueves, es la última sesión de la comisión organizadora antes de la inauguración. Hablan a puerta cerrada, pero se escucha cuando Araya pregunta: “¿Ya llegaron los chinos?”. Les contestan que sí, que son cinco, para atender cualquier desperfecto en el estadio.

La sesión acaba. Araya avisa a sus hijas que se atrasará para el almuerzo. Sacará media hora antes para ir a un programa radiofónico deportivo, al mediodía, en el bar Tunas. Bebe una soda, escucha loas del periodista sobre los Juegos y luego él aprovecha para redondear.

Dice todo de memoria y sale a almorzar con sus hijas, que lo visitan. No come demasiado. Dice tratar de no arruinar los ejercicios de la mañana, porque sabe que los procesos electorales son altos en calorías.

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A las 3 p. m. vuelve a la Municipalidad para atender una reunión del programa de repoblamiento josefino, otra de sus banderas como alcalde. Para empezar, da la bienvenida a su primo, Guido Alberto Monge, ministro de Vivienda.

A la cancha. Una hora de reunión y se encierra 20 minutos en su despacho. Se le oye hablar por teléfono antes de salir rápido a cortar la cinta inaugural de un estadio en Pavas, el distrito del país con más población (y electores). Maneja bien la tijera y la escena: complace a dos regidores de distinto partido y suelta su discurso de memoria.

Mientras recorre la cancha sintética, se toma 16 fotografías con gente que parece admirarlo. La cara ya parece cansada, pero su cabello corto y entintado está intacto.

Es casi de noche y todavía le falta jornada. Más vale que hoy no tuvo clases de inglés ni reunión con su hermano Rolando, como el martes pasado, o con Ottón Solís, como la semana pasada.

Llega a su casa y encuentra sentados a cuatro abogados que le ayudarían a plantear una posible reforma constitucional, cambios al reglamentos legislativo y otras ideas para un programa de gobierno.

En otra sala, sus dos manos derechas de campaña, Antonio Álvarez y Rolando González, lo esperan para otra reunión política. Se incorpora también Orlando Guerrero, de finanzas. Las empleadas con uniforme sirven refrescos en la sala junto al jardín, donde 12 horas antes Johnny Araya daba vueltas y agarraba aire para su trajín.

Araya despacha a los abogados y acude a la reunión nocturna. Conversa 10 minutos y después se dirige a la puerta de salida. Lleva 12 horas en compañía de periodista y fotógrafo; la señal parece clara.

Se despide a las 8 p. m. Un policía municipal sale de la caseta ubicada enfrente y saluda. Dentro, se quedarán hablando de estrategia y finanzas. Cosas privadas.

A Araya todavía le faltan cuatro horas despierto. Correos electrónicos y cosas de esas. Lo bueno es que mañana viernes no viene Álex. Una tarea menos para un alcalde-candidato cuyo próximo día de descanso será en Semana Santa.

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