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Historia

Los mil rostros de La Sabana

Actualizado el 27 de marzo de 2011 a las 12:00 am

Vida y peligros El parque donde habita el Estadio Nacional vivió muchos cambios y sufre gran descuido

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Los mil rostros de La Sabana

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“¡Vamos a La Sabana!” es la frase que ha salido de miles de entusiastas que la visitan para hacer ejercicios o a fin de pasar un día de recreo con sus familias. Incontables personas y muchos años han tejido la vida de uno de los sectores de la capital costarricense que más historias tiene.

Allí residieron el antiguo Estadio Nacional y el aeropuerto internacional. La Sabana también acogió acontecimientos, como la visita del piloto estadounidense Charles Lindbergh en 1928, la misa del papa Juan Pablo II en 1983 y la toma de posesión, en el 2010, de Laura Chinchilla, la primera mujer que accede a la Presidencia de Costa Rica.

La Sabana ha sido “el pulmón” de San José y el parque para todos los deportes; no obstante, hoy está sumamente descuidado.

“La Sabana requiere un proceso de reingeniería para atender una visitación mensual de casi 100.000 personas. Se debe remodelar. Faltan sitios para que la gente pueda comer. Las calles para bicicletas y la carretera interna están dañadas”, denuncia Carlos Manuel Zamora, autor del libro La Sabana, un parque con historia (2009) y funcionario del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, ente que pertenece al Ministerio de Cultura y Juventud.

La historia de La Sabana comenzó en 1783, cuando el terreno que hoy ocupa el nuevo Estadio Nacional fue donado a los vecinos del Llano de Mata Redonda por un benefactor del naciente pueblo de San José de la Boca del Monte –hoy, la ciudad capital de Costa Rica–.

Nos referimos a Manuel Antonio Chapuí de Torres, el único hijo del matrimonio del genovés Antonio de Chapuí Cosido y Josefa de los Santos Torres y Meléndez. Manuel Antonio nació el 4 de setiembre de 1712 en la villa de Curridabat.

Cuando Manuel era muy niño, murió su padre. Su madre se casó más tarde con el capitán Francisco de Bonilla, a quien el niño vio como progenitor. Su infancia y su juventud transcurrieron tranquilas dentro de una familia acomodada.

Poseedor de inquietudes intelectuales, el joven eligió la carrera sacerdotal; por tanto, debió trasladarse al Seminario Conciliar, en León, Nicaragua. A su regreso se dedicó más a la administración de sus tierras que al sacerdocio porque no había plazas parroquiales disponibles.

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El 9 de agosto de 1783, el sacerdote Manuel Antonio Chapuí de torres dictó su testamento; en él pidió distribuir muchos de sus bienes entre personas desposeídas.

“Declaro que las tierras en que está poblada esta villa [de San José] son mías; es público y notorio cuáles son sus linderos; y es mi voluntad que queden a beneficio de los hijos de ella, con el bien entendido de que todos los que quisieran un sitio para vivir, sean [protegidos] bajo la campana [de la Iglesia]”.

Falleció en agosto de 1783, y sus restos yacen al lado de los del obispo Bernardo Augusto Thiel, en la Catedral de San José. Chapuí dejó su legado a los pobres para que echaran a sus animales a pastar en las tierras del oeste de la ciudad.

Una calle de San José alguna vez llevó su nombre. Se lo recordó después cuando se bautizó el ya desaparecido Asilo Chapuí, del paseo Colón. Los josefinos conocen poco de su historia y no han sido justos en honrar la memoria de este benefactor de la ciudad.

Primeros deportes. El entorno de La Sabana quedó distribuido en 1830 por medio de la apropiación de las tierras baldías del sacerdote, que los pobres convirtieron en parcelas y fincas. El ayuntamiento capitalino (hoy Municipalidad de San José) y el gobierno central emitieron leyes para impedir la ocupación masiva del llano, que debía ser un espacio de disfrute público.

En 1873 se fundó el Jockey Club de Costa Rica, la primera asociación deportiva nacional, integrada por jóvenes de la burguesía cafetalera. Dos años después, en 1875, se realizaron las primeras carreras de caballos en La Sabana, mientras que de 1892 a 1906 existió para tal fin un hipódromo construido de madera, con una larga gradería techada, que se usó también para los juegos de peleas de gallos.

En 1876 se introdujo el futbol en nuestro país. La Sabana, en el Llano de Mata Redonda, fue el punto de partida, y pronto comenzó a practicarse el futbol por grupos aislados de jóvenes en muchos lotes baldíos en la misma San José, Cartago, Heredia y Alajuela.

El “contagio” empezó en el siglo XIX en la cuna del futbol, Inglaterra, y se extendió como un reguero de pólvora entre los hijos de los aristócratas, alumnos de colegios y universidades públicas, como las de Cambridge y Oxford.

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La casualidad quiso que luego interviniese el capitán y navegante británico William Le Lacheur. Al mando del buque Monarch, él condujo la primera exportación del café costarricense al mercado de Londres. Al llevar también a jóvenes ticos a la Gran Bretaña, el capitán propició, sin pensarlo, la introducción en Costa Rica del football.

A fines de 1875 regresó uno de los últimos grupos de jóvenes de Costa Rica que Le Lacheur había llevado a Inglaterra. Eran hijos de las familias más pudientes, integradas por hombres de negocios dedicados al cultivo y a la exportación de nuestro “grano de oro”: el café.

Los jóvenes que volvieron fueron Jenaro Morales, Ricardo Salazar, Benito Alvarado, Roberto Montealegre, Luis María Quirós y Juan Bautista Quirós (presidente de Costa Rica por 13 días en 1919).

Ellos trajeron consigo un “arsenal” de objetos deportivos: seis reglamentos, seis bolas, 12 pares de zapatos, tres infladores, 50 cordones, seis cajas de 50 tacos, 12 camisetas, dos sudaderas de portero, 12 espinilleras, 24 rodilleras, dos gorras, cuatro guantes, dos silbatos de sonido estridente y 12 pantalonetas.

Todo estaba listo para introducir el futbol aquí; solo faltaba fijar la fecha. Esta sería el 8 de diciembre de 1876, cuando los seis jóvenes se reunieron para jugar la primera mejenga en el nordeste de La Sabana y 100 metros al sur, donde estuvo la Defensoría de los Habitantes.

A ellos se les unió, en el siguiente verano, otro grupo de atletas: George Clark, Federico Cox, Herbert Binham, Carlos F. Willis, Enrique Rawson y Ricardo Braley.

Cox había traído también los primeros balones y actuó de árbitro en algunos de los primeros partidos, junto con Clark y doña Ada Le Cappellain de Fernández.

Un recreo. De esa forma, Costa Rica fue uno de los primeros países latinoamericanos en acoger el futbol como un quehacer habitual, simultáneamente con algunos países de Europa y después de que surgiesen equipos organizados en la Argentina, Chile y el Uruguay.

Años después, en 1883, los josefinos Pedro Márquez y Santiago Guell presentaron la primera propuesta destinada a transformar el Llano de Mata Redonda en un parque de recreo. El plan se cristalizó con la llegada del siglo XX.

A su vez, el beisbol nacional celebró una fecha muy especial el 8 de marzo de 1896. Se presentó entonces el primer partido oficial en La Sabana, entre los clubes de San José y Puerto Limón (este último, conformado por jugadores estadounidenses).

A principios de 1897, nuevos grupos de estudiantes ticos regresaron de Inglaterra, pero con más deseos de organización en el futbol. Llegaron Óscar Pinto Fernández, Gonzalo Quirós Fonseca, Bernardo Jiménez, Roberto Pinto, Alberto Brenes Mora y otros más; todos se unieron al grupo original de 1875.

En La Sabana se fundaron los dos primeros equipos de futbol: en 1897, el Costarricense, integrado por jugadores extranjeros; y, en 1908, el Josefino, formado por nacionales. Casi todos los futbolistas del Costarricense provenían de la planta de empleados de las compañías constructoras del ferrocarril al Atlántico y del tranvía de San José. La fuerte pero noble rivalidad de ambos equipos duró diez años.

Los partidos de futbol se jugaban normalmente en las canchas abiertas de La Sabana, con alta cantidad de público reunido alrededor del terreno. A partir de 1921, con la fundación de la Liga Nacional de Futbol (hoy Federación Costarricense), empezaron los campeonatos federados de la Primera y de la Segunda División.

Otros deportes que se instituyeron en el país comenzaron a practicarse en La Sabana, como el cricket en 1899, el polo en 1902, el atletismo en 1905 y el golf en 1908.

No obstante, el gran impulso para los deportes se dio en 1924 con la construcción y la inauguración del Estadio Nacional, inmueble de dos graderías de madera concebido “para todos los deportes”, aunque al final lo acaparó el futbol.

En La Sabana se establecieron innumerables actividades familiares, deportivas, sociales y recreativas: en el Parque Costa Rica, en una plaza de toros y en el Bosque de los Niños –y su lago artificial desde de 1915–. Hubo allí fiestas cívicas y también se practicó la aviación.

El aeropuerto. En las primeras década del siglo XX, el legado del presbítero Chapuí se destinó a la expansión y al descanso de sus usuarios, según un decreto ejecutivo del 16 de agosto de 1923.

“El Llano de Mata Redonda, de la provincia de San José, no podrá arrendarse ni destinarse a usos distintos que los de la expansión y solaz esparcimiento de sus visitantes, sin permiso del Poder Legislativo. No obstante, la Municipalidad podrá dictar disposiciones que tiendan a embellecer dicho campo y efectuar en él mejoras, tales como jardines, arboledas, kioskos y pistas sin fines lucrativos”, según la orden del Estado.

Eso último se desvirtuó desde el momento en el que se introdujo la aviación en el país, específicamente en La Sabana, con los vuelos recreativos. El primero fue la exhibición aérea que organizó el empresario salvadoreño José Fuentes con motivo de los festejos de fin de año. Tras dos días de intentos, el 1° y el 2 de enero de 1912, el piloto estadounidense Jesse Seligman logró despegar en su monoplano Bleriot y recorrió cinco kilómetros ante la mirada atónita de 4.000 personas.

El crecimiento de la aviación comercial en La Sabana incidiría en el uso progresivo de aeroplanos y en la construcción de hangares y de los talleres respectivos.

Esa situación se tornaría conflictiva porque remató en la eliminación del Bosque de los Niños.

El 28 de noviembre de 1936, el Congreso aprobó la creación del Aeropuerto Internacional de La Sabana. Toda el área del Llano de Mata Redonda albergaría un campo de aterrizaje; por esto, se taló el bosque y se secó el lago artificial.

La terminal aérea se inauguró el 7 de abril de 1940 bajo el Gobierno del presidente León Cortés Castro (1936-1940).

Costa Rica tenía entonces una población de 656.000 habitantes, y un tercio de ella se concentraba en la provincia de San José. También aumentaba el número de vehículos automotores y surgían los servicios de transporte público.

La necesidad de mejorar la comunicación con el resto del mundo dio como resultado la aparición del aeropuerto; empero, pronto fue in-adecuado para el tráfico internacional y se empleó solo para los vuelos internos; mientras, en 1958, se edificaba otra terminal para los vuelos internacionales en El Coco (hoy, el Aeropuerto Internacional Juan Santamaría), en Alajuela.

En los años 50, era peligroso que existiese un aeropuerto al lado de un sitio de gran concentración de público deportista. El entonces director general de Deportes, Antonio Escarré, lanzó una vehemente exigencia al Gobierno mediante el libro Historia del deporte de Costa Rica, de Agustín Tin Salas (1951).

“No se justifica mantener un aeropuerto en La Sabana por el alto costo administrativo y el mantenimiento de la pista (190.000 colones anuales), por el peligro de los pasajeros, por el martirio que estoicamente soportan los vecinos con el ruido infernal de los motores, por el respeto que merece la última voluntad del Padre Chapuí y por la necesidad imperiosa que reclaman nuestras juventudes de exigir la devolución total y a la mayor brevedad posible, del único pulmón que le queda a nuestra capital, en donde conseguir salud sin recurrir a medicinas importadas”, argumentó Escarré en la publicación.

Su reclamo tuvo eco mucho tiempo después. Ante el crecimiento de la población urbana en la capital (el cantón de San José acogía unos 200.000 habitantes), la terminal aérea se desechó totalmente a comienzos de 1974.

Se construyó entonces el Aeropuerto Tobías Bolaños, en Pavas ( San José), y los hangares se sustituyeron por canchas de futbol.

La Sabana volvió a ser un lugar dedicado a la práctica del deporte.

“Para todos”. En 1976, tras la salida de Carmen Naranjo del Ministerio de Cultura y ante el peligro de que se repartieran los terrenos del llano en forma indiscriminada a las asociaciones deportivas, se presentó el ambicioso proyecto del Parque Metropolitano de La Sabana, promovido por el ministro de Cultura, Guido Sáenz, y diseñado por el arquitecto José Antonio Quesada.

Las instalaciones del parque para el servicio público se inauguraron el 8 de diciembre de 1977 bajo el lema de “La Sabana para todos”.

Pronto, el 3 de mayo de 1978, el Museo de Arte Costarricense abrió sus puertas en el edificio, remodelado, del antiguo Aeropuerto de La Sabana. Antes, desde 1967, había sido la sede de la Dirección General de Educación Física y Deportes.

“El espacio que dio el padre Chapuí fue para un fin noble ante el poblamiento de la ciudad. El rescate de La Sabana se debe al empeño de don Guido para obtener el apoyo político a fin de que el parque fuera lo que siempre debió haber sido: lugar de la práctica del deporte, con un lago y espacios para las disciplinas”, resalta el investigador Carlos Manuel Zamora.

Años después surgió el proyecto de construir un nuevo Estadio Nacional en La Sabana, donado por el Gobierno de China con una inversión de $100 millones y con los últimos adelantos en tecnología y una elegante estructura.

Sin embargo, en octubre del 2008, el exministro Guido Sáenz interpuso un recurso de amparo para que no se construyese el estadio en La Sabana, donde estuvo la anterior sede por 84 años, sino en Santa Ana. La Sala Constitucional rechazó la iniciativa de Sáenz y de otros ocho ciudadanos.

El plan de la anterior administración, de Óscar Arias, siguió su curso. Después de 22 meses de trabajo, la obra se entregó ayer, de gobierno a gobierno, en una vistosa ceremonia que incluyó cantos y danzas de China.

“El parque me preocupa mucho: colapsará, y estéticamente no funciona. Este espacio de respiración para disfrutar de la naturaleza no lo recuperaremos jamás. Me moriré con la amargura de ver el destrozo que causarán los carros debido al nuevo Estadio Nacional. Conozco bien a mi pueblo, y él lo convertirá en un parqueo que despedazará La Sabana”, lamentó Guido Sáenz.

Mientras, La Sabana está hoy abandonada por el Estado, y un sector de la población le causa daños cuando introduce sus vehículos como si fuera un parqueo, cuando llega a hacer deporte o a pasear, o cuando asiste a conciertos o a los festivales de las Artes y de la Luz.

Las mesas de picnic se ven dañadas; los grifos, en mal estado. Las pistas presentan baches; hay abundante basura y asaltos en las noches, propiciados por la falta de un sistema de iluminación eléctrica.

La Sabana nunca ha tenido paz; por consiguiente, su ruta hasta hoy ha sido tortuosa. Esperemos que haya un fuerte impulso por recuperarlo precisamente “para todos”.

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