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Actualizado el 28 de octubre de 2012 a las 12:00 am

José M. Penabad

Simular, oficio cubano Pedidos: 2522-4848

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El conocido periodista y diplomático José María Penabad acaba de poner en circulación una interesante novela que recoge gran parte de sus experiencias durante ocho años en Cuba. Allí se desempeñó como cónsul y más tarde como embajador de Costa Rica en La Habana.

Hace unos meses, Penabad terminó su gestión diplomática ante el gobierno comunista de los hermanos Castro y ya nos da –como anticipo de lo mucho que debe conocer de aquel régimen– el primer fruto: una novela titulada Simular, oficio cubano.

Después de su lectura, no queda duda de la enorme impresión que le produjo la vida tortuosa y desquiciada de una sociedad sometida a las necesidades de supervivencia bajo un régimen totalitario, fracasado en los aspectos sociales, políticos y económicos.

A un hombre como Penabad, dedicado por muchos años al periodismo libre, lo ha conmovido el diario acontecer de la vida de seres humanos sometidos a los rigores de una “nomenclatura” cuyo único afán es mantenerse en el poder; de una población arrinconada y sin esperanza, y de una juventud cuya inmensa mayoría tiene como meta huir hacia cualquier lugar desde donde enrumbar, en la mayoría de las veces, hacia los Estados Unidos.

El más contundente descubrimiento de Penabad, sagaz observador de su entorno, es la continua simulación en la que viven los cubanos en su afán de sobrevivir, lo-grando al menos un pequeño margen de satisfacciones.

Otro escritor, José Ingenieros, también retrató el afán de supervivencia de manera brillante en su libro La simulación en la lucha por la vida ; pero, además, la historia está llena de ejemplos de cómo sociedades enteras se adaptan, camaleónicamente a los avatares de una vida determinada por el uso de la fuerza por parte de quienes ejercen el poder político, hasta lograr, en ocasiones, romper las cadenas opresoras.

Recordemos las manifestaciones de millones de españoles, agitando pañuelos blancos frente al dictador Francisco Franco poco antes de la liquidación de su régimen: hoy se persigue sistemáticamente, para borrarlo, cualquier vestigio de la era del “Caudillo del Ferrol”.

Miles de cubanos acudieron en caravana a congratular al general Batista porque había salido ileso de un ataque armado al Palacio Presidencial. Unos meses después –tal vez los mismos– aclamaban a Fidel Castro, quien bajaba victorioso de la Sierra Maestra, en tanto Batista huía al extranjero.

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Penabad lo constata: “resolver” es la palabra de orden, “y el fin justifica los medios”. No hay barreras legales ni orales que no se quiebren para “resolver”. Por ejemplo, el robo en los centros de trabajo ha perdido su connotación de ilegalidad e inmoralidad pues se ha convertido en arma de subsistencia, aumentando actividades que van de la solución del diario yantar a las más amplias modalidades del trueque en el mercado negro, o los mercados paralelos, modo de vida conocido y aceptado.

En esa escala bochornosa desde un punto de vista convencional, entra el comercio sexual, que tiene su máxima expresión en las llamadas “jineteras”, juventud que se prostituye, sobre todo al turismo opulento, para tener acceso al dinero que necesita desesperadamente.

La novela de José María Penabad transita por el escabroso mundo del desbordado erotismo de quienes llegan a La Habana en busca de placeres. Obligadamente, encuentra el autor la amargura, la desesperanza de una juventud sin horizontes ni futuro. El vendaval erótico que llena las páginas del libro, como un sunami trágico, está bien documentado en la descripción de los personajes: los que llegan y los que los reciben.

Sin embargo, asoma una paradoja: también está documentada la constancia de la rebeldía de miles de cubanos que, pese a las palizas, la cárcel, los vejámenes sin cuento, los actos de repudio de factura oficial –donde incluso llenan de excrementos humanos las paredes de humildes hogares de disidentes–, la arbitrariedad “legal” y hasta la muerte, protestan día a día a lo largo de la isla ante el silencio cómplice de los llamados “gobiernos democráticos del mundo”, Costa Rica incluida, aunque a veces ganen titulares noticiosos los atropellos sufridos por las Damas de Blanco, o la muerte de algún disidente, asesinado “legalmente” o por una prolongada huelga de hambre.

Mucho más podría decirse de esta obra del brillante periodista; pero debe ser el lector quien busque, en las páginas escritas por Penabad, tanta verdad, a ratos encubierta por el disfraz de la simulación.

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