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Las mayas, la sequía y nosotros

Actualizado el 24 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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Las mayas, la sequía y nosotros

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Esos mayas que predijeron el fin del mundo, quizá no estaban tan equivocados. Constituyeron un mundo coherente desde su observación, su astronomía, su convivencia. Ojalá un día, pronto, a como se organizan vuelos chárter a admirar las bellezas alrededor del Nilo, se logre en Centroamérica también suficiente seguridad y organización como para un turismo responsable, hacia estas latitudes.

Por casualidad, en un recreo de esos, en mi colegio de esa lejana Europa, leí un librito llamado Maya y el Dios blanco . De seguro ahora lo encontraría ingenuo y eurocéntrico. Como sea, quedé con el anhelo de conocer este lado del Atlántico y por circunstancias orteguianas, aquí estoy, en esta Costa Rica, extremo sur de la cultura mesoamericana.

Conozco hasta el lago de Atitlán, pero ya me va faltando tiempo para visitar más arriba: Copán, Cozumel, Roatán etc., tantas bellezas naturales y construcciones culturales.

De repente nos está pasando lo mismo que a los mayas: un agotamiento existencial, solo que la sequía que nos tiene al borde, como civilización, no es física sino espiritual. No me interesa ser apocalíptico, pero sí veo indicios coincidente.

En Hombres de maíz, la gran novela de Miguel Ángel Asturias, aquel final con “hormigas, hormigas, hormigas” pronostica gente sin brújula, supervivientes; es decir, medio muertos, de otra época con coherencia interna y sentido de trascendencia. En eso estamos.

Ahora nos da por inaugurar un supermercado, qué digo, un super-mall en cada esquina. Padecemos una supertrofia por el consumo, conseguido con superendeudamiento: en enero no volverán las golondrinas, sino la sequía en nuestras cuentas. Baja a morir conmigo, hermano: nadie se opone a promociones... otra cosa es la actitud alienada y hasta salvaje que, cada vez más, observamos en tanto comprador, cabeza tan plana como su televisor. Supercosificación, esa es la primera “sequía”.

Asistimos, en segundo lugar, a un estiaje, llamémoslo bucal. Cómo no, a más de un indígena aquel Cortés le cayó gordo, pero no conozco a ninguno de esa raza de bronce rechoncho como ahora abundan entre nuestra especie de “desarrollados”.

Hizo bien, este periódico en desnudar recientemente la in-cultura de la obesidad. Gran parte de la población ojalá fuera superalimentada, pero no: está malnutrida. Cada vez más mujeres nuestras esconden sus “llantas” bajo ropa tipo saco; otras pasan al extremo opuesto: la anorexia, no solo corporal. Eres lo que comes... pero ignaros ignorantes, confundimos estómago y cerebro.

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En tercer lugar, de tan superinformados (pensamos), nos volvimos supersuperficiales. Respecto de la política nacional, somos marineros en tierra: no nos mojamos. En cuanto a lo internacional, de seguir aquí también la adquisición casi indiscriminada de armas, tendremos una repetición de otra masacre como la que acaba de pasar en Estados Unidos: salvo pocas excepciones, la televisión nacional es una máquina de embrutecimiento y de violencia. Las emisoras, unidireccionales por definición, confunden rating con verdad; pronto, en Zapote y en Palmares se confirmará la identificación entre vulgo y vulgaridad.

Corre cada programita vacío, árido de saber, reseco en ingenuo o estética. Y de la publicidad ni se diga: invasiva, con valores de apariencia, esencias que no son esenciales...

¿Exagero? Ni tanto. La televisión francesa acaba de ofrecer un programa navideño sobre la cantidad industrial de comida que botan... en los hogares. En la India, niños fabrican nuestras decoraciones navideñas; en China, esclavos posmodernos elaboran nuestros celulares. De Alemania, un alma caritativa me escribe que eso de amor al prójimo se ha vuelto palabra extraña ( Fremdwort , me puso). Del superhombre nietzscheano no queda la voluntad de un ser humano más entero e íntegro, sino la fachada fachendosa.

Que pare... en seco esa letanía, me dicen. Y vuelvo a los mayas. Cuando llegó Hernán Cortés, ya la civilización maya estaba agotada: se hundió por persistentes sequedades ambientales, un factor externo.

Nosotros, a fuerza de esa esterilidad espiritual que nos meten y que cada vez más aceptamos como “normal”, quién sabe hasta qué punto no nos estamos liquidando como civilización, por dentro. Es como un suicidio asistido...

Ateos o creyentes, creyentes y ateos: ya que en buena hora se universalizó esa fiesta de Navidad, celebremos el advenimiento de un nuevo hombre (con mayúscula si quiere).

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