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La mano que toca a cualquier puerta

Actualizado el 24 de junio de 2012 a las 12:00 am

La violencia,una olaque nose detendrá

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Como en todas las ciudades del mundo, dos jóvenes estudiantes han salido a divertirse un sábado por la noche. Vienen de una alegre velada en casa de una amiga, y aún no quieren irse a dormir. Han pasado comprando cervezas en la tienda de una gasolinera, y todavía intentan entrar a un karaoke donde ya el bullicio languidece. Están por cerrar, y no los dejan entrar. Discuten con los vigilantes que llaman a una patrulla policial, ellos vuelven entonces a su automóvil Yara color champaña, por fin de vuelta a sus casas, pero los policías les dan persecución. Para los muchachos parece un juego como los de las películas, escapándose por calles que conocen bien, hasta que suenan las ráfagas que no son de alerta, sino dirigidas contra la carrocería del Yara. Uno de esos disparos de alto calibre impacta en la columna vertebral al muchacho que conduce. Ya no se trata de una película, sino del horror verdadero.

Estamos en Tegucigalpa, en octubre de 2011. Los policías son cuatro, asignados a la Quinta Estación de La Granja. El Yara se detiene frente a la iglesia Santa Teresa de Jesús, y entre insultos exigen a los muchachos que bajen. El conductor no puede, tiene partida la columna, pero lo esposan, lo cargan, y lo lanzan a la tina de la camioneta pickup que les sirve de patrulla. Es la patrulla M1-92. Uno de los policías conduce ahora el Yara y el otro muchacho no para de decirles, llorando, que lleven al herido al hospital, que el herido es hijo de la rectora de la Universidad Nacional. “¿Cuál rectora, hijo de puta?”, le responden. Los cuatro policías se aconsejan y deciden que es necesario liquidar a los muchachos. Los llevan a la carretera que da entrada a la aldea Villa Real, en el sur de la ciudad, rematan al herido, al otro le disparan a quemarropa en la cara, y luego lanzas sus cadáveres a un barranco.

Carlos David Pineda Rodríguez, de 24 años, al que mataron de un disparo en la cara, iba a graduarse pronto como sociólogo, y Rafael Alejandro Vargas Castellanos, el hijo de la rectora de la Universidad Nacional, Julieta Castellanos, tenía 22 años de edad y estudiaba la carrera de Derecho. Meses después, cuando nos encontramos en la rectoría, ella intenta relatarme esta historia pero las lágrimas no la dejan continuar. Luego se repone, y hablamos de otros temas, entre ellos el de gobernar una universidad que por tradición ha sido centro de conflictos en la vida del país y que ella pretende reformar contra viento y marea, librarla de la corrupción, modernizarla y abrirla a las necesidades de la sociedad.

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El crimen de su hijo no la amilana, ni la aparta tampoco de los compromisos con la paz y la institucionalidad que ya tenía desde antes, porque fue miembro de la Comisión de la Verdad y Reconciliación Nacional, que entregó un informe sobre los hechos relacionados con el golpe de estado contra el presidente Manuel Zelaya ocurrido en junio de 2009, y fue también fundadora del Observatorio de la Violencia que conduce la propia universidad. Que esa mano brutal que toca a tantas puertas fuera a tocar a la suya, es algo que nunca imaginó.

El asesinato de los jóvenes alertó al país, estremecido ya desde hace años por una violencia ciega alentada por las pandillas de las Maras, los carteles de la droga, y la corrupción oficial, que da a Honduras el primer lugar en crímenes en el mundo, una tasa de 88 homicidios por cada 100.000 habitantes, sobre todo porque se vino a demostrar que las fuerzas de seguridad pública necesitan ser depuradas a fondo, desde luego que hay asesinos y delincuentes dentro de sus propias filas, un reto para el presidente Joaquín Lobo y para cualquier que gane las elecciones el año que entra: una vez que la propia policía había identificado a los responsables de este doble crimen, los cuatro fueron apermisados por los mandos superiores para que pudieran huir.

Más de treinta periodistas han sido asesinados a balazos desde que se produjo el golpe de estado de 2009, y solo en lo que va de este año la cifra es de diez, el último de ellos el corresponsal de la radio HRN Henry Suazo. Todos ellos trabajaban en la radio y la televisión en diversas ciudades y poblados del país, muchos ligados al movimiento de resistencia que se generó después del golpe de Estado, pero el corresponsal Suazo se hallaba en el bando contrario. Quiénes están verdaderamente detrás de esta cacería contra los periodistas, es algo que no ha podido ser aún dilucidado, y aunque el gobierno tiende a atribuir las muertes a la delincuencia común, la versión no resulta creíble, sobre todo porque solamente unos pocos casos han sido dilucidados.

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Las fuerzas políticas que respaldaron a Zelaya al ser depuesto, irán ahora a las elecciones nacionales, aglutinados en el Movimiento de Resistencia Progresista, rompiendo así el monopolio bipartidista que han mantenido dese siempre liberales y nacionalistas, los conservadores, algo que no pocos ven como saludable para la vida política del país.

Hablando con amigos de tendencias opuestas, uno puede sentir el peso de la polarización que ganó su clímax con el golpe de estado de 2009. Como la Constitución Política prohíbe la reelección, lo que inhibe al expresidente Zelaya, el Movimiento de Resistencia Progresista, dividido en cuatro corrientes, se ha puesto de acuerdo en llevar como candidata a su esposa, Xiomara Castro de Zelaya. Más polarización. «No les quepa duda a los enemigos del pueblo que vamos por la refundación de Honduras», ha declarado, lo que significa, entre otras cosas, llamar a una Asamblea Constituyente.

La violencia afecta a todos. Pero más allá de las disensiones y los diferendos políticos, el país está consciente de que la violencia generalizada e indiscriminada afecta a todos, y la inseguridad ciudadana se ha vuelto un factor aglutinante porque altera la vida social. Muchas vidas, como en el caso de la rectora Castellanos, han quedado marcadas para siempre por el dolor que la tragedia ha traído a sus hogares, pero no por eso la gente se resigna a que todo debe seguir igual. Este fin de semana, miles salieron a las calles de Tegucigalpa, y a las de otras ciudades de Honduras, a reclamar el fin de la violencia. Y ésta es una ola que ya no se detendrá.

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