Archivo

Al maestro, con cariño

Actualizado el 12 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

Uninsky tocó esa noche “con las alas abiertas para el vuelo”

Archivo

Al maestro, con cariño

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Una reminiscencia infantil, con ocasión del 115 aniversario del Teatro Nacional. Centenario y, al mismo tiempo, quinceañero, nuestro teatro, el más bello edificio de Costa Rica, ese del que Jacinto Benavente dijera: “San José es una aldea... alrededor de un teatro espléndido”.

¡Ah, la vida tiene cosas lindas: más aún, bellísimas! Estuve presente en la celebración del 75 aniversario del Teatro Nacional: 19 de octubre de 1972. Noche de gala de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Gerald Brown. Vino el inmenso pianista ruso Alexander Uninsky, a tocar el Primer Concierto de Tchaikovsky.

Ya había yo comenzado a estudiar piano. ¡Ah, amigos, si pudiera darles una idea de la ilusión que en mí generó el evento! Conté los días que faltaban para el concierto, esa tarde en la escuela –lo estoy viviendo– no puse atención, me importó un bledo todo cuanto los profesores dijeron: yo solo quería oír a Uninsky, con el concierto que, en aquel momento, era mi favorito. Me compraron mi primer traje entero, y ahí fui, con mi papá, a palco de galería, lado izquierdo. Estoy viendo los gestos, la expresión, el perfil, la frente, el porte de Uninsky frente al piano. Su sonido atronador, su lirismo infinito... pero también su angustia. Era un hombre en el ocaso de su carrera, que sufría de graves problemas de artritis. Yo adoré la ejecución... la crítica fue dura. Y a mí me dolió, me dolió, sí, que maltrataran a mi héroe. Fui a visitarlo al camerino. Me dio su autógrafo, y, cuando le dije que yo era también pianista (¡qué enormidad: en ese entonces si acaso sería capaz de tocar “Los Pollitos”!), me escribió: “Para mi pequeño colega, con la certeza de que algún día va a tocar el concierto de Tchaikovsky mejor que yo”. Es un documento que atesoro.

Pero lo que nadie podía sospechar era que, esa noche, el mundo oyó la que sería la última presentación del pianista. Para estupor general, el 19 de diciembre –justo dos meses después–, moría Uninsky, en Dallas, donde fungía como profesor de la Southern Methodist University. Muchos años después conocí a sus alumnos, y me enteré de un hecho estremecedor: Uninsky se había suicidado. Y no pude menos que preguntarme: ¿Qué íntimos demonios, que sordos tormentos arrastraba aquel hombre?  ¿Bajo qué asfixiante coyuntura psicológica habría tocado su concierto en Costa Rica? Y me quedé para siempre con esta espina en el corazón: si aquel músico declinante –pero aún grande, porque la luz no puede evitar brillar, así no se trate más que de un cirio a punto de apagarse– hubiese sabido que esa noche de 1972, en un pequeño país del Tercer Mundo, estaba marcando para siempre la vida y determinando la vocación musical de un chiquillo perdido entre su audiencia, si hubiese sabido el poder que aún detentaba para conferirle sentido a la existencia de un ser humano, para llenar las almas de belleza y entusiasmo, ¿se habría quitado la vida?

PUBLICIDAD

Lo que voy a decir no tiene, por supuesto lógica, pero es que el corazón no sabe resolver ecuaciones de segundo grado. Sentí que yo hubiera debido auxiliarlo, darle el testimonio de lo que para mí había representado, de la huella, honda como un surco labrantío, que había dejado en mi vida, y que de haberlo hecho quizás no hubiese tomado la decisión de acabar con su vida. Tonterías de uno, sentimentalismos, si así quieren llamarlos. Fuere como fuere, el hecho es que nunca tuve la ocasión de decirle lo que en mi vida había significado.

Desde entonces me propuse aprenderme el Concierto de Tchaikovsky. Y sucedió que, durante la celebración del centenario del Teatro Nacional, en 1997, toqué la pieza, la noche de clausura de la temporada sinfónica. Y pensé en él, y le dediqué la obra íntimamente, un secreto à deux que ahora comparto con el público. Acaso sea una infidencia de mi parte, pero dicho está, y no lo corrijo. Recuerdo que imité algunos de sus gestos, que había incorporado a mi propia interpretación de la pieza. ¡Ah, el Teatro Nacional, nuestra cajita de música, palacio grávido de pasado, de recuerdos, de divinos fantasmas!

Así pues, el Concierto de Tchaikovsky ha estado asociado a la celebración del 75 aniversario y del centenario del Teatro, Uninsky de solista en la primera efeméride, yo en la segunda. Para la celebración del 115 aniversario, este pasado 19 de octubre, el maestro Hoffman –sin saber que el concierto coincidiría con el festejo– programó la Obertura Romeo y Julieta, también de Tchaikovsky. A pesar de haber nacido en un pueblo de los Urales, a once mil millas de San José, y haber muerto cuatro años antes de la inauguración del Teatro Nacional, resulta claro que el corazón de Tchaikovsky ha decidido anidar en Costa Rica, donde siempre encontró auditorios receptivos y agradecidos. Decididamente, se ha propuesto estar presente en todos los aniversarios del Teatro Nacional. ¿Once mil millas y más de cien años desde su muerte? ¡No hay distancia espacial ni temporal para las almas que se buscan en el gozo común de la música, y que se reconocen desde el fondo de los siglos! La distancia es, en estos casos, una mera ilusión. La belleza atraviesa océanos y siglos con certitud de saeta inexorable: una centella filosa que surca el espacio-tiempo.

PUBLICIDAD

Para Uninsky, mi cariño, mi hondísima gratitud. Dolorosa gratitud –puesto que nunca pude expresársela como debía–. La que –persisto en creer– tal vez lo hubiese disuadido del gesto fatídico. Recuerdo el momento en que estreché su mano en el camerino: las falanges de los dedos estaban tortuosamente deformadas: era una atroz, intolerable visión. Pero así salió al escenario, así tocó el concierto, y así cambió mi vida. He interpretado el concierto de Tchaikovsky muchas veces desde entonces, y siempre lo evoco. Y justo antes de salir a escena me digo: “ahora debo convertirme en él, recoger su antorcha, tomar el relevo, ser digno de mi maestro”. He programado tocar el concierto en Chile, el año entrante. Ahí tendré ocasión de decirle, una vez más, en el cifrado y misterioso lenguaje de la música: “¡Gracias, maestro!”. Quisiera pensar que desde alguna arcana dimensión del ser me escucha, que ahora comprende el impacto que tuvo sobre la personita que yo era cuando lo fui a oír, transido, deslumbrado.

Lo que escribió en mi programa no se hizo realidad: jamás llegaré a tocar el concierto mejor que él, pero lo he honrado con el trabajo honesto de mis manos y mi corazón. El “pequeño colega” seguirá la traza de su maestro, y quizás algún día aprenda a tocar el concierto como lo hizo él esa noche: herido de muerte, luchando contra fuerzas oscuras e inconfesables, una ruina que canta a los rayos del sol poniente, fallando notas, sí, ¡pero con tanta belleza, con tal madurez y hondura! Uninsky tocó esa noche “con las alas abiertas para el vuelo” –como hubiera dicho Julián Marchena–. Listo para el “Vuelo supremo”. Fue un concierto testamentario. El país no lo supo en su momento: ahora lo sabe.

Sí, tal vez me escucha, tal vez me escucha, el viejo, y acaso sonría al verme ahora tocar su pieza, nuestra pieza. ¡Ah, la música es un lenguaje tan poderoso, que ante ella aun la muerte depone sus armas! Como dice Machado, “¡Vive, esperanza: quién sabe lo que se traga la tierra!”.

  • Comparta este artículo
Archivo

Al maestro, con cariño

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota