Un lobo con buena estrella

Uno de nuestros máximos referentes del deporte, lejos de las pistas del motocross , ajeno al trepidar de motores que vomitan fuego, teje sus ilusiones en su ardua rehabilitación. Es un hombre agradecido y feliz.

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Son las tres de la tarde. Espero en la sala de su casa en San Pablo de Heredia. Afuera hay un sol con matices. De pronto, lo veo venir en su silla de ruedas.

Se acerca y saluda. Es gentil, educado, bien parecido. Dice que es feliz. Y uno le cree. Por su mirada, por su actitud. Por ese rostro perfilado. El sobrenombre se origina en el apellido de su padrastro, mas él también parece un lobo cazador de la montaña. Alerta, observador. En el transcurso de esta entrevista, Ernesto se toma su tiempo. Habla y calla. Conversa y reflexiona. Se dice feliz. Y uno le cree. Lo afirma con sinceridad, sin poses.

El 7 de marzo del 2006, cuando el destino lo expulsó de su motocicleta en Anaheim, California, la vida de Ernesto Fonseca dio un viraje brutal. Su cuerpo pasó por encima de la moto y el golpe contra el suelo afectó, dramáticamente, su médula espinal.

Desde entonces, hace casi siete años, su pelea es distinta de la que libraba a bordo de la motocicleta, pero tan emocionante e intensa como las brillantes jornadas que, desde la niñez, lo convirtieron en un ícono del deporte.

El espíritu de lucha, el afán competitivo es consustancial a su personalidad, lo trae en su ADN. “Siempre, desde niño, he querido ser el mejor en todo lo que hago. Y sigo pensando así”.

Todos los días conduce su automóvil desde San Pablo hasta Escazú, donde practica la natación. “Hago 25 metros de piscina, casi solo. Tengo unos seis meses de estar practicando y progreso cada vez más. Espero llegar a nadar 200 metros, sin ayuda de nadie”.

Desde el primer diagnóstico se supo que se trataba de una lesión sumamente grave. Estuvo internado en el Hospital General de Riverside y de ahí pasó al Hospital de Craig, en Colorado, uno de los mejores centros de salud del mundo en el tratamiento de espina dorsal. Desde entonces, han sido innumerables los tratamientos, las terapias y las cirugías.

“Fue un corte radical en mi vida, porque estaba enfrascado en mi papel de deportista. El motocross era mi razón de ser. Entonces, a partir del accidente, aquello fue como iniciar de cero, como nacer otra vez. Tuve que empezar a acostumbrarme a la nueva vida de una persona con discapacidad.

Como los demás.

“Perdí independencia, pero gané libertad. Antes todo giraba en torno al motocross, con el estrés que eso implica. Ahora vivo menos presionado. Soy una persona común que hace las cosas como cualquier otro ser humano. Cuando competía profesionalmente, si no obtenía lo que deseaba, vivía mortificado. Hoy disfruto con mis pequeños avances y me siento agradecido con la vida. No me puedo quejar.

Le pido que amplíe eso de que vivía “mortificado”. “Es que el deporte competitivo es una droga. Si uno no consigue las metas que se ha propuesto, no está contento, y cuando las consigue, siempre quiere más logros. No sé, es difícil explicarlo. Solo el que se inyecta en el alma esa adrenalina puede entender qué es realmente el deseo de competir y ganar.

“Las cosas pasan por algo. Cuesta saber cuál ha sido la razón. Mas, repito, no me quejo, porque siempre hay alguien que la tiene más complicada que uno. Y yo he tenido mucha suerte en la vida. Por eso estoy agradecido.

”Me siento además reconfortado con mis afectos, con el respaldo incondicional de mi madre (Catalina Rodríguez). Ella siempre ha estado ahí. También mis abuelos y mis hermanos”.

Conversa y reflexiona. Se dice feliz. Y uno le cree. “Usted me pregunta sobre la implicación de ser una figura pública. Le digo que no reparo en eso. No me ocupo de saber qué piensa la gente de mí. Vivo mi vida. Casi nunca tengo días malos. Busco mi equilibrio. Con eso es suficiente”.

Le pregunto por el futuro y me habla de sus ilusiones, de la idea de tener hijos, que sigue latente. “Me encantan los niños. Si llego a tener un hijo, haré todo lo que esté a mi alcance para que él sea mejor que yo”.

Retomo el tema del deporte. ¿Si volviera a nacer, se dedicaría de nuevo al motocross? Un silencio se instala en el ambiente donde nos encontramos. Toma su tiempo. Reflexiona y me mira otra vez.

“No sé, es tanto lo que he vivido en estos años que... no sé. Quizás lo pensaría dos veces”.

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