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Actualizado el 13 de abril de 2013 a las 12:00 am

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“Responsables de la gobernabilidad” se titula un artículo escrito por Ottón Solís, publicado el sábado pasado en este mismo periódico. Aunque a muchos le sorprenda, he de decir que concuerdo con buena parte de lo que apunta Solís en su artículo.

Para resolver los problemas de bajo crecimiento económico, deterioro de la distribución del ingreso y funcionamiento de la administración pública, Solís apunta que el próximo Gobierno deberá tomar decisiones difíciles. Pero que también se requiere que muchos otros sectores se hagan responsables de sus acciones.

A los grandes empresarios, Solís les dice que no deben caer en el juego político del clientelismo, ni aceptar ser parte de la corrupción. A los empleados públicos los reta a que hagan su trabajo con excelencia, eficiencia y honestidad. Es decir, que deben trabajar con vocación de servicio, en lugar de buscar ser servidos. A los beneficiarios del clientelismo les dice que deben ser honestos, y que rechacen una ayuda cuando no la merecen, sobre todo cuando esa ayuda se recibe a cambio de un voto. A la clase política le advierte que debe dejar de pretender llegar a la función pública con el único fin de hacerse ricos, tanto ellos como sus amigos. Finalmente, Solís reta a los precandidatos a que centren su discurso, de manera transparente y sin demagogia, alrededor de la eficiencia, la eficacia, la austeridad, la tecnocracia, la gerencialidad y la ética.

Totalmente de acuerdo con los puntos citados. Los problemas económicos y sociales del país se derivan, en buena parte, del problema de gobernabilidad. Para resolverlo se requiere el concurso de todos: empresarios, empleados públicos, políticos –tanto los que gobiernan ahora, como los que pretenden gobernar en el futuro–, y población en general.

La gran pregunta que queda es como logar que se dé el cambio de actitud en todos esos sectores. ¿Cómo hacer para que tanta gente que ha vivido a costas de las acciones del Estado deje de hacerlo? Una parte del problema es ético. Muchísima gente no siente que haya nada malo en robarle al Estado –que es lo mismo que robarle a todos los demás costarricenses–. Eso no está bien, y hay que cambiarlo.

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Pero qué difícil lograrlo cuando el sistema parece estar hecho para perpetuarse a sí mismo. Los pretendientes a gobernantes prometen el cielo y la tierra a cambio de votos. La gente le da dinero y vota a favor de un candidato esperando que, cuando llegue gobernar les resuelva todos los problemas, y un poco más. Los gobernantes agrandan el aparato estatal, según ellos para cumplir sus promesas, pero al mismo tiempo esperando tener más oportunidades para beneficiarse ellos mismos. Y ahí es donde creo que me separo del pensamiento de Solís. Para mí, la solución a ese círculo vicioso es hacer el Estado más pequeño.

Solo así se puede evitar tanta tentación.

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Luis Mesalles

Obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio-consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada.

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