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Actualizado el 16 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Se calcula que para el 2021, en el planeta habitarán 680 millones de personas más. Especialmente en África e India. Eso significa un aumento en la demanda de comida. Si además le sumamos que se espera que aumenten los ingresos de los países, sobretodo de los más pobres, y que haya una mayor urbanización, la composición de las dietas cambiará. Habrá un aumento en el consumo de alimentos procesados, grasas y proteínas animales (carnes y lácteos). Eso se traduce en una mayor demanda por cereales (maíz, trigo) y oleaginosas (soya), para la alimentación de animales.

El gran reto que tiene el mundo es lograr satisfacer ese aumento de demanda de comida, con recursos limitados. El Reporte de Perspectivas para la Agricultura de OECD y FAO para 2012-2021 estima que la producción agrícola deberá crecer 60% en los próximos 40 años. Se requieren unos 1.000 millones de toneladas de cereales y 500 millones de toneladas de carne adicionales por año. Y para eso se cuenta con una cantidad de tierra cultivable que, a lo sumo, será un 5% (69 millones de hectáreas) mayor que hoy.

Algo se debe hacer para reducir el desperdicio de alimentos, especialmente en los países más ricos. En los más pobres se deben mejorar las redes de distribución para disminuir las pérdidas de cosechas. Pero eso no es suficiente. Si se quiere evitar una escalada de precios de la comida y reducir la inseguridad alimentaria global, debe haber un aumento significativo de productividad en la agricultura.

El reporte de OECD y FAO apunta a que ese aumento en productividad se puede lograr, en parte, mediante la mejora en el uso sostenible de la tierra disponible –25% de la tierra agrícola está altamente degradada–, el agua, los ecosistemas marinos, la reservas pesqueras, los bosques y la biodiversidad. Pero el mayor aporte debe venir por el lado de una reducción en la brecha de productividad de los países en desarrollo, con respecto a los más desarrollados. Es decir, los países menos desarrollados deben mejorar significativamente sus prácticas agrícolas. Deben mejorar la infraestructura disponible para la agricultura. Los canales de riego, por ejemplo, son básicos para disminuir la vulnerabilidad de los agricultores a la creciente volatilidad climatológica y escasez de agua.

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Es imperativo, además, fortalecer la investigación, educación y extensión relacionadas con la agricultura. Esto incluye la investigación de nuevas tecnologías biogenéticas agrícolas. No se puede descartar el uso de semillas modificadas genéticamente Este es un factor que ha contribuido, y debe seguir haciéndolo, a generar el aumento de productividad agrícola que se requiere para resolver el problema de cómo alimentar cada vez a más gente, con una tierra cultivable que no crece.

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Luis Mesalles

Obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio-consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada.

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