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El legado de Buchen Wald: Nunca más

Actualizado el 29 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Hoy hizo 68 años, el 11 de abril de 1945, los tanques del general George S. Patton deshicieron los portones de Buchenwald a punta de cañonazos. En ese campo de concentración estuvieron presos cientos de miles de personas que eran fusiladas o ahorcadas por los sádicos carceleros nazis o muertas por enfermedades y trabajos forzados. Los judíos se escogían para morir, además, en las llamadas “caminatas de la muerte”.

Horas después de la caída de Buchenwald, “con los ojos ardorosos por el humo, el olor a carne humana quemada y cientos de cuerpos inmóviles tirados por todo lado”, entró en un jeep a este infierno el rabino Herschel Schacter, capellán judío del Tercer Ejército. Vio a un joven teniente norteamericano y le preguntó a gritos: “¿Ha visto usted algún judío que todavía esté vivo?”.

El teniente condujo al rabino a un pequeño campamento llamado Kleine Lager (pequeño campamento) dentro de las murallas del más grande. Allí, en mugres barracas encontró hombres medio muertos tirados sobre tablones, en camarotes uno encima del otro hasta el techo. Una torre de cuerpos famélicos apenas reconocidos como humanos. “¿Queda algún judío vivo aquí?”, le preguntó al teniente. Los prisioneros veían con pánico al capellán. Un nuevo uniforme, un nuevo militar, quizá un nuevo torturador.

“¡La paz sea con ustedes judíos. Ya son hombres libres!”, bramaba el capellán corriendo de un pequeño campamento a otro, repitiendo siempre, en alaridos de gozo, las mismas palabras. Pronto se dio cuenta de que, conforme pasaba de un lugar a otro, se le unían más y más judíos. Por lo menos los que podían caminar, hasta que se formó una larga fila detrás de él.

Al pasar por un montículo de cuerpos inmóviles, el rabino Schacter notó un parpadeo de movimiento y, acercándose, vio un pequeño muchachito, el prisionero 17030, que se escondía detrás de ellos.

Décadas más tarde, el prisionero 17030, en una entrevista, recordó: “Tuve miedo de él cuando me miró. Conocía todos los uniformes de la SS, de la Gestapo y del Ejército y, súbitamente, un nuevo uniforme. Pensé: ‘un nuevo enemigo’”.

Por su parte, Herschel Schacter relata en sus memorias que, llorando, levantó al muchachito y le pregunto: “¿Cuál es tu nombre, hijito?”.

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“Lulek”, respondió el niño.

“¿Cuántos años tienes?”, preguntó el rabino.

“¿Qué importancia tiene?”, contestó el muchachito de 7 años. “En todo caso, soy más viejo que usted”.

Con una sonrisa, el rabino le preguntó: “¿Por qué dice que usted es más viejo que yo?”.

“Porque usted llora y sonríe como un niño”, contestó Lulek. “Y yo no he reído desde hace mucho tiempo y ya ni puedo llorar. Por eso, dígame, ¿cual de los dos es más viejo?”.

El rabino descubrió cerca de mil niños huérfanos en Buchenwald y se dedicó a transportarlos a Francia, a Suiza, y un grupo grande, a Palestina.

Cuando el presidente Barack Obama visitó Israel en marzo del 2013, lo recibió el jefe rabino de Tel Aviv, Yisrael Meir Lau. Este le agradeció al pueblo norteamericano haber liberado a los sobrevivientes de Buchenwald “no de la esclavitud para obtener la libertad, sino haberlos rescatado de la muerte para devolverles la vida”.

En sus memorias, Fuera del Abismo, el rabino Lau recuerda su vínculo con el rabino Schacter cuando era un niño de siete años, en Buchenwald, y conocido como Lulek.

Cuando se le notificó a Lau que Schacter acababa de morir a los 95 años de edad, objetó esa falsedad, respondiendo: “Para mí, siempre vivirá”.

La destrucción física de Buchenwald la iniciaron los tanques de Patton. Ya no es un campo de exterminio. Pero es un poderoso aleccionador de que el mal existe. También seguirá siendo un símbolo que nos recuerde a los herederos de la civilización del Antiguo y del Nuevo Testamento que tenemos la obligación de resistir el mal del fundamentalismo islámico que nos acecha para destruirnos. El legado de Buchenwald debe ser la fidelidad a una sagrada consigna: ¡Nunca más!

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