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Una lección

Actualizado el 31 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Hay tantos pegabanderas que se dejan nombrar en puestospara los que no están preparados...

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Me cuenta un amigo que, desde hace algún tiempo, las únicas anécdotas personales nuevas que se atreve a contar son las que tienen como protagonistas a sus nietos, algo que aburre a sus interlocutores en las antesalas de los médicos y en las manifestaciones de protesta contra el gobierno. Por ello, para no quedarse mudo en el transcurso de esos memorables encuentros –que, pese a todo, son más entretenidos que los partidos del campeonato mayor de futbol–, se mueve dentro de la alternativa de contar historias apócrifas –o sea, mentir sin las consecuencias funestas de las patrañas de diputados, ministros y algunos narradores deportivos– o describir las monumentales tonterías que pone en su Facebook un alto funcionario cuya “zoofisticación” da para escribir un tratado de mil páginas. “¿No tendrá amigos o parientes compasivos que le adviertan que esos desbarres suben a la nube y podrían ser las únicas referencias a él que hagan en el futuro los historiadores?”, reflexiona mi amigo.

No obstante, hace una excepción para contarme una anécdota de uno de sus nietos. En cierta ocasión, cuando el chico estaba en primer grado, él quiso llevarlo de paseo por las áreas verdes de la ciudad universitaria y le dijo: “Vení para ponerte los zapatos porque te voy a llevar a la universidad”. Jura que el niño lo miró con ojos desmesuradamente abiertos y exclamó: “Abuelito, ¡yo no estoy preparado para eso!”.

Le explicó entonces que no, que no se trataba de matricularlo en la universidad, sino de llevarlo al lugar donde se levantan sus edificios y, aliviado, el niño le permitió que lo calzara.

Pienso yo, ahora, en el bien que el pequeño le haría al país si pudiera aleccionar a tantos pegabanderas que se hacen o se dejan nombrar en puestos para los que ostensiblemente “no están preparados” ni de lejos y en lo lindo que sería escuchar esto: “Mirá, te voy a poner en la papeleta de diputados”. “Mi líder, yo no estoy preparado para eso”.

Conocí a un Presidente de la República que designó para ocupar un alto puesto a cierto individuo cuyo único mérito –así se reconocía en el Partido– era su celeridad para servirle café y emparedados al líder cuando las reuniones de campaña se alargaban demasiado. Y ese mismo gobernante, al adjudicarle a alguien un puesto diplomático en una gran capital, declaró delante de testigos: “Lo mando allá solo para que se le cumpla el sueño de usar zapatos marca Florsheim”. ¿No debieron ambos “ungidos” confesar lo que muchos años después confesaría aquel niño?

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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