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Si yo fuera ella

Actualizado el 13 de octubre de 2010 a las 12:00 am

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Siguiendo una afición familiar, doy paseos solitarios por el campo. Un día lo comenté con unas vecinas en la verdulería del pueblo; les conté que hago caminatas de horas, siesta debajo de un árbol incluida. Una vecina que es mexicana me preguntó si no me daba miedo. Todas las demás se quedaron extrañadas, ¿miedo de qué? Una hasta le preguntó burlona: ¿De que te coma el lobo? Identificada con ella, le respondí a la señora mexicana: “Aquí no me da miedo”.

No me estoy inventando esta anécdota. Lo que pasa es que sucedió en España. ¿Miedo de qué?, preguntaron las españolas. Les voy a decir: miedo de que te violen. Esa era la pregunta implícita de la mexicana que a mí no me requiere explicación; es ya un instinto que llevamos inscrito las mujeres del tercer mundo cual mecanismo de supervivencia: una mujer sola igual peligro. Una mujer sola igual que la van a violar y a partir en pedacitos.

La semana pasada, mientras paseaba recordé la pregunta de la mexicana y pensé en María Laura Víquez. Qué batalla extenuante, la suya. Cómo hacer entrar en la cabeza de los ticos que una puede emborracharse, hasta coquetear con descaro, y no por ello merecer que la arrastren entre varios a un carro y la fuercen. A raíz de mi anterior artículo sobre este tema, alguien me envió un correo electrónico diciéndome que ella había inventado que la habían violado para no reconocer que se había acostado con uno por gusto. Si no fuera tan peligroso, este “razonamiento” sería de risa. Supongo que quien así piensa no halla tan desquiciada la ablación de clítoris'

Los hombres que ella señala como sus agresores están en libertad. Cada vez que me acuerdo de eso, siento rabia. Y la rabia enferma; la rabia quema, literalmente, por dentro. Por eso, la semana antepasada, en mitad de mi paseo por el campo, pensé que si yo fuera esa muchacha no seguiría adelante con esa batalla por la justicia, porque ya basta, porque ya ha sufrido suficiente, y también luchado suficiente.

Me puse a hablarle en un diálogo imaginario: “Usted ya hizo lo que pudo, y se lo agradeceremos para siempre; usted pidió la justicia ‘de los hombres’ (como dice la Biblia) y el resultado fue el que fue. Usted merece seguir adelante con su vida mucho más allá de ser la víctima de un abuso. De hecho, usted es mucho más que eso”.

Así le hablaba en mi mente y ahora me entero de que en efecto ha decidido dejar el caso. Yo a ella no la conozco, nunca le he hablado, ni siquiera la reconocería en una acera, me parece fundamental aclararlo: no estoy poniendo cosas en su boca, todo lo que digo es bajo mi propia firma.

Pero si ella ha sentido durante años esa misma dolorosa rabia y frustración que yo siento cada vez que me acuerdo del asunto, quiero que sepa que ahora la admiro aún más que antes. La admiro por no encasillarse en el lugar de “pobrecita”; por no perpetuarse como víctima y por no consagrarle su vida a algo que ella no ha elegido.

La admiro por saber parar, por no convertir un deseo terrenal (aunque legítimo) de justicia en una enfermiza obsesión; por saber soltar, dejar ir, y dejar de pedirle a la Justicia tica más de lo que puede dar' o de lo que quiere dar.

Porque este asunto, en el nivel del debate callejero, hace rato trascendió el tema de si fue violación o no. Si la acusación hubiera sido contra tres peones de la finca seguro que ya estarían presos y den gracias de que no hay silla eléctrica. A final de cuentas el caso de esta muchacha bien educada y de cómoda posición social no nos dice nada nuevo, sino que nos viene a recordar lo que la gente de clase llamada “humilde” sabe desde que sale al mundo: que siempre hay alguien intocable por encima de uno.

Los acusados han aceptado que se retire la demanda sin que ella tenga por eso que correr con los costos procesales. Ellos sí que le vieron las orejas al lobo.Ese es su triunfo, María Laura, usted ya ganó.

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