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Las lágrimas del poder

Actualizado el 31 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Importa más cómo se vea un candidato o un mandatario que conocerlo a fondo

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El marketing ha sustituido a las ideologías pareciera ser la conclusión en un mundo de cambio de paradigmas donde la forma importa más que el fondo y los medios se han impuesto sobre los fines. Importa más cómo se vea o se perciba un candidato o un mandatario electo que conocerlo más a fondo. Se abrevió el relato del poder a poco más de 100 caracteres y en ese camino la táctica de construir la imagen del poder se impuso sobre otros valores que fueron considerados importantes por muchos años.

Un presidente que llora es noticia por el llanto mismo que para muchos sintetiza postergaciones, dolor, marginación y resentimientos. Importa hacerlo en público porque en privado no tendría sentido. Sería un acto de constricción que la propia conciencia no lo toleraría por eso el mandatario debe llorar en público como si fuera ese escenario colectivo el mejor espacio para el desarrollo del “teatro del poder”.

Debe cantar, saltar, reír y llorar como los personajes de una tragedia griega reducida a esquivar un final que muchos saben será doloroso y cruel pero que importa mucho posponerlo con base en falsas maneras de solidaridad con las que el poder esconde su verdadero rostro y propósito. Hay que llorar y hacer llorar, pareciera ser el mandato del dramaturgo que hoy busca con insistencia aquel que recree o represente una realidad más compleja que las lágrimas del poder.

En el lenguaje de la representación importa el modo y el lugar pero además impacta en la medida que los medios multipliquen aquello que está diseñado para huir de las complejidades y sinsabores que hoy representa la acción política. ¿Por qué tendría el gobernante que explicar una realidad que no quiere transformar? Es mejor recrear una acción cínicamente solidaria que comprometerse de verdad en la resolución de los problemas entre los que se cuentan el hambre, la miseria, la delincuencia o la pobreza. Todo demasiado complejo que requiere utilizar el llanto como esquema sincrético que reduce en el gesto la dura tarea que no se quiere implementar.

La tarea de un gobernante que llena de maquillajes los informes oficiales sobre la realidad económica, que encuentra en la persecución al opositor en la base de su construcción del poder, encuentra con claridad en el gesto doliente una forma de representación de algo que no es o para ponerlo en términos cínicos, para sintetizar un dolor que no se siente.

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El poder como representación, como caricatura o como máscara que oculta y de la que se oculta muestra en los términos actuales cómo los mandatarios pretenden acercarse a sus votantes alejándose de la realidad que necesitan transformar. La semiótica encontrará en muchos de estos gestos abundante material sobre el que escribir y en donde el poder ejercido como nueva dramaturgia de recreación tendrá de seguro más de un capítulo y más de alguna lágrima de ocasión.

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