23 octubre, 2010

Desde siempre han existido individuos que hoy podemos categorizar como neuróticos, psicóticos, psicópatas y “normales”. Cada período de tiempo se caracteriza por una cierta sicopatología que prevalece en el comportamiento social. Actualmente, las condiciones del sentido de la competencia, que tienen mucho que ver con el mercado económico abierto, ejercen mucha presión sobre las personas, de tal forma que los verbos ser y tener se confunden en una amalgama difusa y, por si fuera poco, además marcan nuevos estándares en la escala de valores colectivos.

El resultado de esa ecuación es triunfar para ser, porque no tener éxito es no ser y ello no es una opción. Si se plantea como un reto aspiracional, la idea no parece perversa; el problema estriba en cómo lograrlo.

Lo que se observa en lo cotidiano es que las personas tienen por encima de todo la obligación de triunfar y dominar a los demás. La angustia y el estrés terminan generando una actitud paranoica.

Se nota el temor del competidor a ser adelantado por quien le sigue, el miedo a que los demás hagan trampas, el fantasma de la falta de preparación y, por ende, hay una explosión académica sin seguidores convencidos. La premisa tradicional era que existían buenos y malos, y siempre se quería estar en el bando de los buenos; existía una ética aprendida de manera casi natural. Sin embargo, las nuevas generaciones reciben mensajes mixtos: los malos tienen éxito, y por ello “son”. ¿Qué deben elegir? No se debe obviar el poder del narcisismo social; el mensaje es que tener bienes o fama equivale de alguna manera a ser querido, y ese eslogan es ingerido por los más jóvenes con mucha gula.

Si bien esta exposición se plantea en blanco y negro, en forma maniquea, sabiendo que la realidad es más compleja y gris, el punto es claro: el diseño societario actual favorece la aparición de rasgos psicopáticos.

Para enfrentar lo que ocurre, los seres humanos de este siglo se blindan, rompen vínculos con los compromisos éticos que le unen al entorno y estorban su progreso y se centran únicamente en su interés personal. Deciden dejar de ser “buenos”, levan anclas morales, pasan a la acción y consiguen sus objetivos pasando por encima de lo que haga falta. Se ignoran temores, culpas y evidentemente posiciones éticas. Ello corresponde al perfil de un psicópata, quien juzga su entorno con total frialdad y actúa con despiadado pragmatismo. De manera que se conforma una asombrosa similitud entre la manera de actuar de muchos “competitivos” y los verdaderos psicópatas, puesto que ambos no revelarán sus auténticas intenciones, porque son esencialmente codiciosas en el caso de los primeros, o bien pertenecen al terreno de la psicopatía. De manera que mienten y manipulan para salirse con la suya, porque la obtención del fin les hace olvidar los métodos.

Precisamente, por favorecer las condiciones emergentes, se podría afirmar que corremos el riesgo de vivir en una sociedad psicopática, donde el ejecutivo esforzado pasó a ser agresivo, el egoísmo se convirtió en virtud esencial del hombre, necesaria para triunfar, y la mentira, un arma tan lícita como cualquier otra. Si para Hobbes el hombre es lobo del hombre ( homo homini lupus ), entonces ¿sustituimos las luchas de los gladiadores romanos por las guerras solapadas o no del poder y el éxito?