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Aquel judío del siglo I...

Actualizado el 16 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Los evangelios son testimonios históricos de enorme validez

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Una sola frase hay en el artículo de Luis Diego Cascante “¿Quién decís que soy yo?” (11/10/2012, p. 32-A) con la que estoy de acuerdo: la que dice que “Jesús fue un judío del siglo I” (aunque yo, y otros incontables, no diríamos que fue simplemente eso). Todas las demás afirmaciones del artículo –aunque no son sino vana repetición de discursos ajenos– resultan totalmente insostenibles.

¿Quién es en realidad ese judío, Jesús? ¿Qué clase de movimiento inició, qué mensaje comunicó? El más autorizado testimonio escrito acerca de Jesús no son, por fortuna, las elucubraciones de ciertos académicos de los últimos dos siglos, sino los cuatro evangelios y todo el Nuevo Testamento. Si bien es muy claro que los evangelios no son obras de historia en el sentido científico de la palabra, ni tampoco biografías, sí son testimonios históricos de enorme validez.

La historia, al no ser repetible en un laboratorio, hay que investigarla de un modo parecido a un caso judicial: mediante testigos fidedignos, evidencias circunstanciales y la concatenación de los acontecimientos. Y en ese sentido los evangelios tienen un valor incalculable porque se basan, en última instancia, en los relatos de testigos presenciales del ministerio de Jesús.

De ningún otro personaje de esas épocas tenemos testimonios que hayan sido escritos a tan poca distancia cronológica de los acontecimientos. El evangelio más temprano –el de Marcos– fue escrito probablemente 30 o 35 años después de los hechos que narra; el más tardío –el de Juan –, unos 70 años después de lo que relata. En cambio, por ejemplo, los más antiguos datos biográficos que constan de Julio César son los que narran Plutarco y Suetonio, a 150 y 165 años de distancia de su personaje, respectivamente.

Los evangelios, escritos por distintos individuos y en diferentes lugares del mundo romano del siglo I, no tendrían tal coherencia entre sí si no procedieran del testimonio y la vida de una comunidad surgida inmediatamente del ministerio, muerte y resurrección de Jesús en el año 30, y de la forma en que esa comunidad (que en pocas décadas se extendió a muy diversos puntos del Mediterráneo) conservaba, vivía y transmitía el mensaje de Jesús. Esa comunidad, con sus creencias, sus prácticas y sus estructuras, no pudo ser invento de algún líder o grupo de líderes posterior a Jesús. Era y es, necesariamente, el fruto del impacto que la persona de Jesús y su mensaje había ejercido sobre sus primeros discípulos y siguió ejerciendo sobre esa comunidad y sobre quienes se fueron uniendo a ella.

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El proyecto de Jesús. Y al leer los evangelios, incluso bajo estrictos criterios de investigación histórica, resulta evidente que el proyecto de Jesús y el movimiento que se formó en torno a él no era ese intento de insurrección antirromana que describe Cascante. Esa hipótesis es un trillado constructo pseudohistoricista que no resiste la más elemental argumentación de los testimonios de la época. Hay que tener más fe para tragarse ese alegato que para aceptar con sencillez el testimonio de los primeros seguidores de Jesús. Si Jesús hubiera sido ese líder revolucionario (cosa que claramente negó él y negaron sus discípulos; precisamente por ello se resistía él a usar abiertamente el título de Mesías), no solo habría protagonizado el más vergonzoso de los fracasos, sino que su movimiento se habría dispersado en poco tiempo, como ocurrió con otros pretendidos mesías según lo atestigua el maestro de Pablo, rabí Gamaliel (Hch 5,34-39).

Es más, una de las principales fuentes extracristianas, el historiador judío Flavio Josefo (fines del siglo I), en su famosa referencia a Jesús (Antiguedades, XVIII.63), lo describe como “un hombre sabio que' quizás era el Mesías”, pero no lo relaciona para nada con las diversas revueltas antirromanas de las que trata en sus obras (la referencia que da Cascante a Guerra II.56 habla más bien de Judas de Séforis).

Es también un constructo sin base alguna decir que el cristianismo fue fundado por Pablo de Tarso.

Pablo mismo confiesa que él persiguió a los cristianos, y por ende al propio Jesús, hasta el momento en que experimentó “como un nacido a destiempo” (1 Cor 15,7) la aparición del Resucitado; y que no le fue fácil integrarse al movimiento porque los cristianos, naturalmente, desconfiaban de él.

El punto es que él, al convertirse (hacia el año 33 o 34), se encontró con una comunidad que ya estaba constituida en lo fundamental, basada en el testimonio de los que habían convivido con Jesús, la mayoría de los cuales vivía aún.

Ciertamente Pablo comprendió y proclamó el mensaje de Jesús con genial fuerza y claridad. Pero si, como afirma Cascante, Pablo hubiera sido el fundador del cristianismo, sería un superhombre y casi tendríamos que “adorarlo” a él, porque ese movimiento que surgió en el siglo I no solo era prodigiosamente coherente y potente en su mensaje, sus prácticas y su dinámica misionera, sino que ha sobrevivido por veinte siglos a toda clase de persecuciones y ataques, e incluso a gravísimas crisis internas por la corrupción de algunos de sus miembros; y hoy día vemos cómo sigue creciendo con formidable vitalidad.

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Al final, la pregunta sigue siendo esa que planteó Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mc 8,29 y paralelos). Esa pregunta no la hacemos nosotros sino que nos la hace él, interpelándonos.

Y, por lo tanto, la respuesta que le demos dice más de nosotros mismos que de él. Él es quien es, aparte de lo que a nosotros se nos antoje pensar; su identidad no depende para nada de lo que respondamos.

Dice el gran autor británico C. S. Lewis (Mero cristianismo, II.3): “Un hombre que fuera simplemente un hombre y que dijera la clase de cosas que dijo Jesús (...), o sería un lunático (...) o sería el mismísimo diablo del infierno. Uno se ve forzado a tomar una decisión. O este hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un loco o algo peor. Uno lo puede encerrar como si fuera un tonto, o escupirlo y matarlo (...), o puede caer a sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero que nadie nos venga con esa condescendiente insensatez de que fue un gran maestro humano [o, en nuestro caso, un insurrecto]. Esa es una opción que él no nos dejó abierta. Ni se propuso dejárnosla”.

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