3 diciembre, 2012

James Bond: héroe arquetípico del descerebrado siglo que nos ha tocado vivir. Informado, instruido –esto es, “que tiene los instrumentos”– pero inculto (lee revistas de deportes y negocios pero con seguridad desconoce La divina comedia); destruye bosques, montañas, archipiélagos (las películas recientes han tratado de promover, en vano, una imagen ecológicamente “correcta” de él; deriva todo su poder del músculo tecnológico (¿qué sería del pobre idiota sin sus relojes láser?); colma la fantasía suprema de todo pelele: poseer a cuanta mujer “exótica” se le cruza en el camino (el Agente 007 representa, mutatis mutandis, una versión plebeyizada y degenerativa de don Juan); lamentable remanente de una mentalidad imperialista anacrónica, la nostalgia de una nación que, por fin, comprende que no es dueña del mundo, y crea un personaje de ficción para restañar su alicaída moral colectiva; finalmente, no es ni siquiera dueño de sí mismo: es un agente, un empleado de la corte, un ejecutivo On Her Majesty´s secret service. Un agente, un simple agente... no lo olvidemos. La suma de todos los antivalores imaginables. No vayan a ver su película. Debemos boicotearla.

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