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Columna del redactor

El infierno en la cocina

Actualizado el 26 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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El infierno en la cocina

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El infierno en la cocina - 1
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El infierno en la cocina - 1

Será una feria muy internacional y de primer mundo, pero en los detalles, donde está el diablo, se notan esos episodios que dan fe de cuán globales y comunes son los chascos de un campo ferial. Aquí, de 11 a. m. a 3 p. m. colapsan los puestos de comida y restaurantes.

Son 70.000 estómagos por llenar y no hay quién pueda con semejante demanda, sin importar las decenas y decenas de puestos de comida y restaurantes. Descanse donde guste la mirada y verá en cualquier puesto hasta 30 metros de fila, o más.

Si uno va por una sopa o unos tallarines al puesto de Grupo Noma, también se nota cuán comunitaria es Europa: en el mostrador se mezclan, en tumulto, bolsos y ropa de diseñador con chaquetas deportivas y la caspa en los hombros de algunos.

Casi dos horas de espera desde cuando la cajera dijo en perfecto inglés británico: “Vamos atrasados, en media hora te llamamos acá al lado”.

Entonces acá al lado empieza el concierto de tripas, apenas audible como una anciana cantando un himno, y te alegra haberte comido un chocolate antes.

Mientras, en el mostrador, cuatro españoles en sus veintes se baten como los titanes apurando las bandejas. Qué va. Esperan de pie tantos como llegan a buscar, quizás provenientes de otro atestado sitio desde donde, frustrados, vinieron a buscarse el almuerzo justo acá a mi lado.

La indignación es mayúscula en el mostrador, donde testarudos y resignados esperan. Estás en medio de un gas que apuñala la nariz proveniente de los alientos internacionales cercanos y cuyos aromas reflejan esófagos por donde hace rato no baja ni una galletita soda.

Entonces ves delante a quienes ya vuelven con la comida en las manos y solo falta que los demás les aplaudamos como si salieran de la tienda Apple de Nueva York con el último iPhone.

Molestos, varios se largaron antes dejando más de 20 euros tirados mientras en el mostrador quedan las bandejas con rollos de sushi, o sopas miso o ensaladas bien coquetas, cuya orfandad ahora nutrirá el basurero al lado de la nevera de gaseosas.

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Y uno recuerda a las familias desplazadas por la sequía en el Sahel y Somalia, y cómo esperan un tazón de comida más tiempo y con el Sol cayendo como piedra sobre sus cabezas. Entonces te llega el pedido y te vas a comer afuera. Entonces también uno recuerda dar gracias por todo.

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Juan Fernando Lara S.

jlara@nacion.com

Periodista

Redactor en la sección Sociedad y Servicios. Periodista graduado en la Universidad de Costa Rica. Ganó el premio Redactor del año de La Nación (2012). Escribe sobre servicios públicos, tarifas y telecomunicaciones.

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