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Actualizado el 31 de diciembre de 2008 a las 12:00 am

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A medianoche del sábado anterior, nuestra Sala de Redacción se quedó sola.

Tras el teclear trepidante a la luz de los monitores, en este espacio de gestación y alquimia se instalaron la quietud y el sosiego, luego del afán de la jornada.

Con el ruido de la multitud del estadio Saprissa aún en el inconsciente, antes de partir yo también, opté por plasmar algunas reflexiones que subyacen en el tintero, cuando lo esencial ha sido escrito ya, como el mensaje que se lanza al mar dentro de una botella, para el lector del día siguiente.

“Si nos gusta ganar, también hay que saber dar la cara y ser un buen perdedor” , expresó Marcelo Hugo Herrera, técnico de la Liga.

Junto a “su presidente” –como Herrera llama a Jorge Hidalgo Vega–, sin negar, ninguno de los dos, el trago amargo que les tocó apurar, la dignidad fue un caudal y estuvieron ahí, junto con sus muchachos, para recibir galardón y medallas por el segundo puesto.

Hay victorias que germinan lentamente, desde el fondo de una derrota.

El abrazo prolongado de Cristian Oviedo con Alonso Solís; las lágrimas que empapaban aún más la camiseta de Pablo Herrera; la actitud y el compromiso de Daniel Juárez; el reconocimiento de Jeaustin Campos para el trabajo de su colega Herrera son otras imágenes de la final, las que resulta más que oportuno identificar, evocar y compartir otra vez.

“Nosotros estamos aquí, viviendo el clásico en el estadio. Pero en todas esas luces lejanas que vemos desde el palco de prensa, hay un hogar, un techo, una pulpería; otros sitios donde miles palpitan el pulso de esta final, a través de la televisión”.

La reflexión de mi compañero Luis Díaz, con quien compartí la cobertura del partido, lo mismo que con el redactor Andrés Zárate, nos hizo caer en la cuenta de que la dimensión del futbol va más allá del tiempo y el lugar.

Porque, como lo sintió Luis, desde el epicentro de la final era posible apreciar la noche luminosa de la lejanía, donde otras miradas seguían las incidencias del espectáculo. ¡Y lo vivimos todos!

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Hay victorias que germinan desde el fondo de una derrota.

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