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Crítica de teatro

La ilusión vuela

Actualizado el 12 de abril de 2014 a las 12:00 am

Läthö, de Finlandia cumplió su ‘amenaza’

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Desde que revisamos el programa del Festival Internacional 2014, nos intrigó una agrupación nórdica (WHS) por la posibilidad de admirar esa magia que, según los diccionarios, constituye la manifestación natural de lo imposible.

Arte nórdico. El espectáculo finlandés Läthö fue parte del Festival Internacional de las Artes.  Jorge Arce
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Arte nórdico. El espectáculo finlandés Läthö fue parte del Festival Internacional de las Artes. Jorge Arce

El conjunto europeo cumplió su “amenaza” mientras dos cuerpos en el escenario disolvían y rehacían el espacio y el tiempo en una sucesión de asombros sostenidos sobre una estructura de secuencias que de manera incompleta y arbitraria, bautizaremos así: personajes alrededor de una mesa, cortinas que se rasgan para dar paso al océano, ropa con existencia propia, seducción desnuda de rojo, diluvio, cubo de cristal y última tormenta.

Los especialistas llaman “multimedia” al enjambre tecnológico que sostiene esta clase de ceremonias cuya estilística, en el caso que nos ocupa, podría sintetizarse en un devenir de formas moduladas por la geometría y por la precisa sincronización entre el “qué” y el “cómo” ocurre su fluir a partir de una escena iniciática que estableció las reglas de este doliente juego que culmina en un bravío paisaje de antología.

Ella y Él. La mujer ejecuta un brindis reiterado. El hombre responde lanzando unas llaves. Un par de copas, una botella y un licor inagotable, y otra vez unas llaves y unos pasos, todo a la perfección armonizado con los efectos respectivos, y de inmediato esos sonidos cobran autonomía envolviéndonos desde el principio en un rito ausente de palabras. Pero, ¡cuánta expresividad!

Con austeridad, actriz y actor representan ese tándem, casi en vías de extinción, que las presiones cotidianas disuelven en tedio sin un ancla sentimental que impida ese “Partir” (que da título a la obra), pretexto para próximos retornos y ulteriores adioses.

Se trata de una historia que, de tan conocida, la hemos olvidado para que sea más encantador o terrible que nos la recuerden pero, en cada ocasión, con diverso énfasis: la génesis de la pareja, viaje inevitable que incluye sus desacuerdos y sus reencuentros circulares.

Divagando entre la opacidad y la transparencia y entre el foro y el proscenio, telones y demás artilugios admiten inmensos primeros planos de rostros y cuellos alimentados por la retro-proyección de caricias amantes, algunos equilibrios que desafían la ley de la gravedad y siempre el mar, su rumor y su augurio cada vez menos lejanos y su estallido contra la insinuación de una nave a punto de naufragar cuyo cordaje extienden sin cansancio pero sin compás, esa Eva y ese Adán arquetípicos, tejiendo un final abierto a la ambigüedad que tanto le conviene a la poesía.

El tema, esto es, aquello que toda obra predica acerca de la vida, nos remite al cuestionamiento de la Realidad, en lo que se refiere a la imprecisión de esa pálida línea que la une y la divorcia de la ficción. En cambio, la pareja y sus vicisitudes constituyen el medio para manifestar, en este caso, el tema.

Descomponer la ceremonia en sus preciosos detalles o inventar interpretaciones, es secundario. Lo principal es dejarnos poseer por lo insólito. Y a quienes necesiten despejar todas las incógnitas de esta ecuación, habría que invitarlos a visitar la sentencia de Eduardo Carranza: “Te saltabas las explicaciones como los sueños y los versos”. Tampoco necesita explicaciones ese otro dúo, el de los intérpretes y su público que terminan confundidos en un aplauso unánime.

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