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11 horas de porno al día

Actualizado el 30 de octubre de 2011 a las 12:00 am

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11 horas de porno al día

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La cómplice perfecta de un mundo recóndito, en pleno centro de la capital, es la penumbra que envuelve los rostros de unos seis desconocidos. Mientras me interno en una sala enorme, mis sentidos comienzan a adaptarse a las condiciones algo extremas del lugar: al entrar, no se distingue nada, ni siquiera logro ver mi propia mano, aunque la tenga al frente.

La oscuridad me consume entera luego de atravesar dos gruesas cortinas rojas, y por más que intento enfocar la mirada, no distingo nada más que un par de protuberantes senos en primer plano, que se balancean al ritmo de música erótica. Me encuentro en un cine porno y son las 11 de la mañana de un caluroso sábado en San José.

Minutos más tarde, mis ojos logran habituarse a las tinieblas y comienzo a distinguir siluetas. El lugar tiene incontables filas de asientos en la parte de abajo y, al subir las gradas, se les suma un buen número más.

Más tarde corroboro que el Cinema 2000 tiene capacidad para 550 butacas: es la sala más grande del país.

El olor a desinfectante es tan fuerte que se mete por las fosas nasales y llega al cerebro. Se mezcla con el olor a cigarro cuyo chispazo ilumina un rostro en las hileras del fondo.

Fumar dentro del cine está prohibido, pero esto no parece ser impedimento para los que se aventuran en este inframundo.

La suela de mi zapato se atasca en un líquido viscoso y no puedo evitar sentir un retortijón en el estómago. Un destello de luz de la pantalla me permite observar, por tan solo un segundo, un reluciente charco en el piso. El fuerte olor a semen que hay en la parte de arriba del local, me hace confirmar qué es lo que veo.

A la hora del almuerzo, comienzo a divisar nuevas siluetas, personas que suben en busca de la privacidad dentro de lo privado, de la oscuridad dentro de lo oscuro.

“Puedo pagar ¢2.500 y comerme un casado , o puedo pagar la misma suma de dinero y estar aquí por las horas que quiera”, dice uno de los visitantes, cuyo nombre se lo tragó la oscuridad. En las tres horas que duró mi visita, al menos 40 hombres optaron por este menú en vez del casado .

Una vez instalados, los especímenes masculinos se disponen a entrar en calor. Puedo escuchar un zíper abriéndose. Algunos viven en máxima fantasía. Otros, de pie, observan a los demás convidados.

“Yo vengo aquí por morbo”

Mariano no se llama exactamente así, pero sí tiene cerca de 33 años y lleva dos de visitar ocasionalmente el Cinema 2000. “Aquí los nombres no importan”, asegura.

Rompo con los códigos tácitos de silencio que parece haber en el cine para preguntarle a Mariano si disfruta de la película y este me responde con aire burlón: “Aquí no se viene a ver la película”.

El visitante mañanero cuenta que las butacas del Cinema 2000 en realidad hacen las veces de colchones. Los encuentros sexuales fortuitos entre hombres son habituales en esta tierra con ley propia.

Nadie conversa, pero todos se entienden y basta con una mirada o un cambio de asiento para abrir paso al toqueteo o al sexo oral y, en ocasiones, cuando el calor aumenta, a la consumación del acto.

“El sexo dentro del cine está prohibido”, afirma Juan P., dueño del Cinema 2000, local que pasó a sus manos hace 11 años, cuando su abuelo materno, Guido Prado, decidió que la edad ya no lo dejaba continuar con tan peculiar negocio de familia.

“Siempre estamos vigilando para que no se den relaciones sexuales dentro del cine, pero sabemos que hay gente que utiliza la sala como un lugar para el sexo ocasional”, añade Juan.

Mariano afirma que sus visitas al cinéma son parte de su vida sexual, pues precisamente le atrae la idea de la intimidad con un desconocido.

“Todos tienen curiosidad por entrar aquí, pero pocos nos aventuramos”, agrega.

La deteriorada fachada del cine, justo al frente de Torneca, en el Paseo de los Estudiantes y los afiches de muchachitas con poca ropa son distractores que ocultan lo que verdaderamente sucede tras el biombo disimulador. Esa mezcla de hombres heterosexuales y homosexuales, que provoca morbo a los “cinéfilos”, se funde con las butacas rotas y las alfombras experimentadas.

Detrás de las cortinas

“Un 95% de los visitantes de esta sala son hombres mayores de 35 años”, afirma Juan P. “Es poco común ver a una mujer en la sala, algunas veces llegan con su pareja, pero casi nunca solas”, añade.

En el área de abajo, los espectadores normalmente se concentran en la película. Subiendo las gradas, uno se encuentra con hombres que, recostados en las paredes, parecen esperar algo.

Arriba, a cada lado del cuarto de proyección, se encuentran las dos zonas más oscuras del lugar, están desprovistas de asientos y, según cuenta Mariano, son usadas para los encuentros sexuales más explícitos.

En el lobby , los dos empleados del cine disfrutan viendo Sábado Gigante , mientras adentro, la oferta de programación es completamente distinta.

“Yo limpio todas las mañanas y la limpieza profunda es cada dos días”, comenta el encargado de la boletería, quien además proyecta las películas. “Me he encontrado de todo, incluso vómitos y otras cosas peores”, añade.

“Aquí hay gente que viene todos los días y se queda durante todo el día, las 11 horas que tenemos abierta la sala. Siempre vienen los mismos clientes, ya son conocidos”, comenta Juan.

“La ventaja es que los clientes fieles aumentan la seguridad en el local y nunca tenemos quejas de robos, prostitución o drogas, que es lo que la gente podría preguntarse”. El dueño comenta que el único problema que se ha presentado en algunas ocasiones es el ingreso de personas en estado de ebriedad, que son inmediatamente obligadas a salir.

El “chineado” de la familia

El nombre original del cine, que se fundó hace casi tres décadas, fue Cinema Irazú, y aún existe en la entrada una placa veterana con este distintivo.

En los años 80, la sala se dedicaba a la proyección de películas tradicionales. Juan recuerda haber ido allí con sus compañeros de escuela a ver Rocky y Días de trueno infinitas veces. En la niñez y la adolescencia, él ayudó con la venta de palomitas y de entradas.

“Mi abuelito cuenta que en aquel entonces había dos circuitos de cine que acaparaban los estrenos y a él le llegaban las películas casi un mes después y el negocio comenzó a decaer”, narra Juan.

Don Guido Prado, quien antes mantuvo un cine en Esparza y otro en Grecia, le apostó al cine independiente y, durante un tiempo, trajo películas de Argentina e Italia.

“Uno de los pedidos incluyó por error una película XXX: Los vicios privados de Eva. Para entonces había que pedir un permiso especial para presentarla y fue así como inició aquí el cine porno , primero solo en tanda de 10 p. m.; luego, durante todo el día”, cuenta Juan P.

La sala cumple ya 14 años de proyectar películas para adultos. Hoy, es la única de su clase que continúa abierta. Recintos de la competencia del contenido rojo como el Metropolitan, el Center City y el Universal han apagado definitivamente sus proyectores por malas pasadas del destino como hipotecas, deterioro y cambios de administración.

En la bodega polvorienta del Cinema 2000 descansan cerca de 1.500 películas originales de corte tres equis, cuyos fotogramas emocionan al motorizado que pasa un momentito, al oficinista que aprovecha su hora de almuerzo, al jefe que se cuida de las miradas indiscretas y al veterano que puede pasar allí días enteros.

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Cristina Mora

cristina.mora@nacion.com

Periodista

Periodista de la revista Perfil y la revista Vivir y Comer. Es Publicista y egresada de la Licenciatura de Periodismo de la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre derechos humanos, género, arte, cultura, y gastronomía.

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