Por: Armando González R. 16 septiembre, 2012

La Selección Nacional de Futbol no es el honor de los ticos, como proclama una cancioncilla de mal gusto, resistente a los años e imposible de reemplazar por nuevas propuestas, cuando menos parejas en el ridículo. Para poner música a nuestros éxitos en el balompié –sin hablar de los fracasos– necesitamos a un iluminado, capaz de entender que se trata de un juego y no de una cruzada nacional.

Su genio transmitiría gozo y optimismo a la afición, sin trivializar los valores patrios ni reducirlos al arte de la gambeta, el pase y la anotación. También se cuidaría de no tentar el ridículo con notas rimbombantes, como de himno marcial. Sería un músico culto, incapaz de confundir la gesta del 56 con el tercer lugar obtenido por los “Chaparritos de oro” en el II Panamericano de Fútbol, un siglo más tarde.

El honor, dice la Real Academia, es la “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”. En otra acepción, la más cercana a nuestros propósitos, lo define como “gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea”.

El honor de los ticos sería poca cosa si se jugara en una cancha, con una oncena de muchachos cargándolo sobre sus sudorosas espaldas. De ellos tenemos derecho a esperar un comportamiento honorable, cosa muy distinta. En la cancha, representan a Costa Rica, entre cuyos valores está el esfuerzo honrado y la honradez es “rectitud de ánimo, integridad en el obrar”.

El honor de los ticos reside en otra parte y ninguna derrota deportiva lo puede mellar. Las victorias tampoco lo engrandecen. Se disfrutan y en ello nada hay de malo, pero sí en trivializar conceptos tan caros y profundos. No es un punto ocioso. Los chiquillos cantan las cancioncejas, con sus alusiones al “honor nacional”, como si se tratara de ‘la tosca herramienta en bola trocar’.

Inspirar en los jóvenes un alto concepto de los valores patrios es fundamental para la formación cívica. Tampoco les hace daño distinguir entre un juego y las grandes causas de su nacionalidad. El honor de los ticos está en la construcción de una sociedad progresista y solidaria, impregnada de valores democráticos y empeñada en resolver las diferencias con apego al derecho, salvo que no haya más remedio, como sucedió en el 56.

El honor nacional está emparentado con el respeto a la vida humana y a la dignidad de la persona. Esas son las “glorias, virtudes, méritos y acciones heroicas que preceden a nuestra buena reputación”, para parafrasear a la Real Academia. Lo demás es pura y simple diversión. Conviene recordarlo.

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