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Rafa Fernández

La historia de un torero

Actualizado el 30 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Rafa Fernández Próximo a cumplir 77 años, el artista vive una nueva arborescencia de arte y de proyectos

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La historia de un torero

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Rafael Ángel Fernández Piedra quiso ser torero. Antes de cumplir sus quince años, y muy a pesar de sus padres –don Claudio y doña Silvia–, ya se había estrenado en el arte de la lidia. El retiro llegó inmediatamente después. La Casa del Artista, entre 1950 y 1953 –con Quico Quirós, Paco Amighetti, Lucho Ranucci, Carlos Salazar y Dinorah Bolandi–, fue su centro de rehabilitación por la adicción al ruedo..., o eso nos hicieron creer. Oscar Wilde ya había adelantado que “la pasión te obliga a pensar en círculos”.

Rafael Ángel también quiso ser cantante y, siendo menor de edad, pidió permiso para aventurarse en Panamá en un night club cerca del parque Central en el hermoso barrio de San Felipe. De esa época apenas existen registros o testimonios de terceros. Es la noche bohemia de quien aún no era Rafa Fernández: la noche que ha insistido en pintar, con su característico azul profundo, a lo largo de sesenta años.

Los personajes y las escenas estrafalarias de su obra reciente, no son más que un revés de la memoria, una traición de ese fragmento de la vida que guarda bajo siete llaves. Queda el consuelo de la pregunta que se intuye ligera: ¿cuál era su repertorio al cantar? Se limita a responder: “Todas esas”, mientras señala el reproductor que durante horas ha estado mezclando las voces de Javier Solís, Benny Moré, María Dolores Pradera, Lola Flores y José Alfredo Jiménez.

Su cuerpo no está atrapado en una silla de ruedas; su cuerpo le pertenece a esa música. Debe de ser cierto aquello de que ser melómano es una ventaja evolutiva.

En el juego de la vida. En el josefino barrio de San Pedro tiene su residencia Rafa Fernández y, dentro de ella, una suerte de “retablo de las maravillas” cervantino que algunos llaman “estudio de artista”.

Su colección de juguetes mecánicos, marionetas, títeres, fantoches, maromeros y demás objetos fantásticos es la más completa canción de cuna. Monos o caballos, pinochos o nadadores, hojalata o madera, no importa; el estudio es una especie de escenografía que funde y confunde lo real con lo imaginario.

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Dentro del mismo lugar, bajo la mirada dorada de un gato gris que sólo podría llamarse como ya lo hace – Turner –, hay otro juguete magistral: un caballete que da vueltas de 360 grados y le permite a don Rafa acceder a cada rincón de sus pinturas.

Si conocemos su espacio íntimo, no extraña encontrar que gran parte de su obra tenga ese carácter burlesco propio del “acto único” del entremés o sainete español; pero sus juguetes tejen con él una historia antigua por partida doble.

Con su amigo de infancia, Carlos Calvo, los construyó y vendió en un carretillo por las calles de San José, también antes de los quince años. Adentrarse en este universo lúdico, es poner pie en lo más firme hacia la comprensión de su historia y de su trabajo.

José Martí guardaba un rincón de España en un lugar especial: “Para Aragón, en España, tengo yo, en mi corazón, un lugar todo Aragón, franco, fiero, fiel, sin saña”; a don Rafa le cabe en el pecho toda la península.

En uno de sus viajes, un policía del aeropuerto de Barajas casi le prohíbe la entrada por puro antojo, pero esto no mermó su afecto por aquel país que lo reconoció con el Premio Santiago en el 52.° Salón de Otoño del Centro Cultural de la Villa de Madrid a mediados de los años 80. Don Rafa hace un gesto con la mano cuando recuerda aquel policía, un gesto que no es apropiado describirlo en palabras.

Constancia de la obra. Su amor por España también está lleno de gestos indescriptibles; emociones que traduce en un movimiento agitado de manos, golpes incisivos en la mesa de trabajo y un código secreto con el que comunica a su asistente, Máikol Chavarría, que es hora de ver la joya de la casa: su colección de gráfica taurina.

Desde un mueble antiguo salen, uno a uno, Vicente Arnás, Manuel Arcorló, José Hernández, Luis García Ochoa e Ignasi Aguirre. No se alcanza a verlo todo en una tarde; don Rafa lo sabe y ofrece una golosina para garantizar que los adictos vuelvan.

El desfile de aguafuertes y aguatintas, de toros y toreros, es a veces realista, otras veces gestual o expresionista. En ese momento, Rafa Fernández deja de ser el niño que colecciona juguetes; ahora es un maestro impresionado por la maestría de otros; es todo él un ejercicio de humildad.

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Visto hasta aquí parece que en el estudio de Rafa Fernández sólo es posible entregarse a que el placer nos cale el cuerpo; pero allí se trabaja, y mucho. Todos los flancos quedan cubiertos tras bambalinas por sus cinco hijos –encabezados por Alma, su mano derecha– y junto al gesto acompasado y dulce de su esposa, doña Mirna Tercero.

Don Rafa se entrega a su obra, tal y como escribió Luis Rogelio Nogueras alguna vez: “Como el panadero amasa el pan de los pobres, cada mañanita de Dios”. No hay destinatario, no pinta por obligación: pinta porque no puede dejar de hacerlo. Viene de vuelta de muchas batallas, pero no se detiene. Cada mes acumula varios cuadernos con cientos de bocetos que después rescata en su pintura.

Las mujeres siguen estando, pero reducir su obra a “la pintura de mujeres” es declarar que desconocemos todo sobre “el artista más conocido de Costa Rica”; y de alguna manera así es.

Siempre en la arena. Rafa Fernández obtuvo tres veces el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en Artes Plásticas (1968, 1972 y 1975), aunque poco se sabe que la primera vez lo rechazó por no convenir con las apreciaciones del Jurado. Sabemos del Premio Magón del 2002, pero no de su obra en la iglesia de San Pedro, de su gusto por Goya, de su pasado bohemio ni de los monstruos de su etapa más expresionista.

La escritora Camila Schumacher sigue sus pasos hace ya unos años como biógrafa oficial. En el 2010, Nicoa Ríos y Melissa Rivera produjeron el documental Una mirada furtiva: Pincelada en la vida de Rafa Fernández . Estos son los acercamientos más detallados a la vida y la obra de este artista.

La exclamación, la sorpresa y el humor; la duda, el juego y el misterio, en forma de desafío o melancolía, son parte del alfabeto emocional con el que Rafa Fernández ha pintado una leyenda. El 24 de octubre, el artista cumplirá 77 años, y hace poco más de una década que su vida anunció –como en el lenguaje taurino– otro cambio de tercio. Más que aguardarlo, su destino lo embiste. Quiso ser torero y lo es.

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