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De la hipérbole a la sensatez

Actualizado el 03 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Este no es un país en donde se violen los derechos humanos

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En la política nacional, resulta cada vez más frecuente recurrir a la hipérbole y a la exageración para calificar situaciones o discusiones de carácter nacional. Esto es peligroso. El abuso del significado de las palabras y de los términos puede conducirnos a caminos que no quisiéramos transitar. Por un lado, podría llevarnos a hacernos creer que la realidad es otra a la que realmente es, como consecuencia de la aplicación práctica de aquel principio “miente, miente, que algo queda y que cuanto más grande sea la mentira, más gente la creerá”, atribuido a Goebbels, pero que tiene su origen en una cita sacada de contexto de Voltaire. Por otro lado, igualmente pernicioso sería que, debido a esa exageración previa e insistente, llegue un momento en el que la gente no crea lo que sucede a pesar de que en realidad sí estemos ante una situación de alerta. Ilustro con varios ejemplos.

Primero: En el país, como en muchas otras sociedades, se ha venido discutiendo la conveniencia o no de reconocer las uniones entre personas del mismo sexo o la fertilización in vitro. Más allá de mi posición personal en ambos temas, que dejé claramente establecida durante mi paso por la Asamblea Legislativa, lo cierto es que se trata de temas controversiales en los que todavía no existe consenso y que requieren de una discusión más prolongada. Eso no significa, sin embargo, que estemos con un gobierno y en un país en donde “no se respetan los derechos humanos”, como algunos gustan de decir.

Segundo : La Asamblea Legislativa aprobó por unanimidad la Ley de Delitos Informáticos, con el propósito de actualizar su legislación penal. Al hacerlo arrastró un término (informaciones políticas secretas) que nunca ha causado problema alguno, pero que ciertamente es obsoleto y debe sustituirse.

Esa circunstancia, sin embargo, no puede llevar a la conclusión de que se trata de una “ley mordaza” y que aquí no existe ya libertad de prensa.

Tercero : La Asamblea Legislativa, en uso de sus atribuciones constitucionales, decidió no reelegir a un magistrado. Puede ser que en el camino se cometieran errores procesales o que los argumentos para justificar la decisión no hayan sido los mejores, pero de ahí no puede concluirse que hubo un rompimiento del orden constitucional o un “golpe de Estado técnico” o que estemos a las puertas de una “dictadura en democracia”.

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Cuarto : La presidenta de la República denuncia ante la Fiscalía actos de corrupción de mandos medios en la construcción de la ruta 1856 y algunos entonces se atreven a decir que este es el Gobierno “más corrupto de la historia”, algo que evidentemente es falso.

Quinto : Durante una de las marchas, hubo necesidad de que la Policía interviniera para restablecer el orden y permitir el libre tránsito por San José. En el operativo hubo necesidad de utilizar la fuerza, pero ello no puede llevar a decir que estamos en un régimen en donde prevalezca la represión policial.

Este país tiene sólidos fundamentos democráticos y, a pesar de las disfuncionalidades que hay que atender y corregir, no es un país en donde se violen los derechos humanos, no exista libertad de prensa, se haya dado ningún golpe de Estado, la corrupción sea rampante o se reprima indebidamente a los ciudadanos.

Mesura en palabras. Quienes ocupamos puestos públicos de jerarquía, somos los primeros obligados a utilizar con mesura y ecuanimidad los términos y las palabras con que nos dirigimos a los ciudadanos, con el propósito de no causar alarma ni propiciar un ambiente de inestabilidad injustificado. Pero esa responsabilidad recae también en los líderes de los partidos de oposición, por más pequeña que sea su agrupación, dirigentes sindicales, comunicadores, exfuncionarios y todos aquellos que de alguna manera contribuyan a formar la opinión pública.

El significado de las palabras y los términos tiene valor y su fuerza se acrecienta cuando los sabemos utilizar con prudencia, sabiduría y de manera cabal. Los excesos reiterados del verbo solo llevan al engaño o eventualmente a la indiferencia. Si despojamos a las palabras de su verdadero significado tendremos más dificultades para entender los problemas y encontrar las soluciones.

Dejemos la hipérbole, dejemos que prevalezca la sensatez.

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