Peregrinos llevan las intenciones más variadas en su caminata a Cartago

 2 agosto, 2016

El secreto para disfrutar la romería cuando se tienen apenas cuatro años, es convertir el viaje en un juego.

Esa fue la estrategia que usó la pequeña Sasha, y le funcionó, al menos durante los primeros kilómetros desde su casa, en Tirrases de Curridabat, hasta la entrada a Ochomogo, Cartago.

Sin embargo, ella sabía bien que además de la diversión, también tenía la responsabilidad de hermana mayor de procurar que Trisha, de seis meses, estuviera feliz y cómoda.

Por eso, cada vez que veía asomarse un puchero en el rostro de su hermanita, le hacía muecas o le hablaba, y con eso lograba que volviera a quedarse dormida, ya fuera en el coche que empujaba su papá, Edwin Ramírez sobre el hombro de su mamá, Laura Masís.

Sasha también permaneció alerta durante el recorrido, y cada vez que observaba una manguera –colocadas por los vecinos en algunos puntos del recorrido para que los romeros sacien su sed–, corría a llenar dos pequeños vasos plásticos, para que sus papás sofocaran el calor del mediodía.

La niña sabía que su familia estaba caminando para visitar a la Virgen de los Ángeles, a quien le reza a menudo.

Su mamá comentó que la caminata era en agradecimiento por un favor concedido.

“Mi nieto Yensel nació prematuro hace un año, y estuvo un mes internado en el hospital. Fue durillo, pero por dicha ahora ya está todo repuesto, y uno más bien ni se imagina que estuvo mal”, contó esta ama de casa.

Súplicas. Mientras esta familia avanzaba con paso lento hacia Cartago, apenas unos metros más adelante caminaba Juan Carlos Rivera, quien rogaba por la intercesión de la Negrita.

Él salió desde su casa, en Purral de Goicoechea, en San José, con la convicción de que realizar la romería con los pies descalzos podría ayudar a que los médicos logren diagnosticar una enfermedad que le afecta desde hace cuatro años, pero que no se ha podido identificar.

“A mí me da mucha picazón en la piel, y entonces me la rasco hasta que me la desbarato. A veces hasta me sale sangre y no me doy cuenta hasta que me veo las manos”, explicó, mientras señalaba las marcas de sus brazos y sus piernas.

Los síntomas empezaron hace cuatro años, y empeoraron hasta que se vio obligado a dejar de trabajar, por lo que ahora lo cuida su pareja. Pese a que en ella encuentra un apoyo durante las dificultades de su enfermedad, Rivera también caminó este 1.° de agosto para pedir un cierre a las heridas del pasado.

Él asegura que las causó su antigua compañera, a quien dice haber sacado de una vida en las calles en cuatro ocasiones, hasta que ya no pudo más.

La última vez, cuenta, ella se llevó a sus dos hijas –de dos y tres años– a La Carpio, de donde no las ha podido recuperar.

“Yo no quería que mis hijas crecieran en un tugurio, teniendo casa y de todo propio. ¿Cómo se iban a meter ahí?”, se lamentó.

“Yo le pido a la Virgen que algún día ellas (sus hijas) puedan entender”, expresó, mientras se internaba en un mar de almas cargadas de devoción.

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