Hace 13 años, se formó en el país una comunidad de homosexuales con una estética diferente: sus miembros abundaban en carnes y pelos. Ahora, los Ticosos salieron de su cueva para mostrarse sin pudor ante una sociedad que los excluye.

 13 noviembre, 2011
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Son peludos y no le temen a los kilos de más. Si les da la gana, salen una tarde a mejenguear, arman una parrillada o acampan en grupo en la montaña. A puro ojo, podrían ser el modelo incuestionable del macho alfa de cualquier película de Hollywood. Sin embargo, todos y cada uno de ellos son homosexuales.

Se hacen llamar “osos” y, en Costa Rica, su comunidad se denomina Ticosos.

Rafael Castro Palma es uno de ellos. Maneja al dedillo los secretos de la ingeniería civil y ya una vez, a los 23 años, vivió en un campamento durante un año a cargo de más de 80 hombres para construir el túnel Zurquí. Ha tenido un papel relevante en los principales proyectos del ICE, experimentó el boom inmobiliario de Guanacaste y ya perdió la cuenta de cuántas casas ha edificado.

Se rasura su tupida y canosa barba al estilo “candado” y lleva el cabello corto, casi como militar. Eso le da apariencia de tipo duro, más cuando camina entre técnicos y capataces.

Actualmente, trabaja como asesor para América Latina en una empresa internacional especializada en equipo industrial. Una semana está en Brasil; la próxima, en México, y al mes, en Trinidad y Tobago.

Es frecuente que en su vida de aviones y aeropuertos, Rafael añore regresar a su casa, en San Francisco de Dos Ríos, para compartir una cena apacible con su novio, José.

Ambos son parte de Ticosos, una especie de subcultura dentro de la comunidad homosexual costarricense. Sus integrantes prefieren el “mondonguito para agarrar” y rechazan de plano la navajilla.

“Somos maes normales, gordos y peludos; vamos al chinchorro, comemos hamburguesas, disfrutamos de nuestra sexualidad y de nuestros cuerpos”, explica José Zárate, quien trabaja como diseñador gráfico.

Son tipos promedio: se visten con lo primero que les sale en el clóset, acampan un par de veces al año en la montaña, y estrechan fuertemente la mano al saludar. De entrada, se podría distinguir a algunos por sus tatuajes de garras y de osos.

El fenómeno es global, por lo que existen grupos en todo el mundo. Las cifras en Costa Rica no son despreciables: solo en el sitio Ticosos.com están registrados 2.000 usuarios activos.

“Vos podés tener un hermano ‘oso’ sin saberlo, o puede ser tu vecino, tu jefe, el tipo que te vende la verdura; cualquiera”, sostiene Rafael, uno de los fundadores de la comunidad en el país.

Con los años, ha crecido el colectivo y, aunque su apariencia sugiere otra cosa, con eso no logran evitar la discriminación institucional.

“Cuando yo me metí a este mundo, lo mejor era la discreción. Mucha gente sigue creyendo eso, pero en el silencio no se hace mucho”, sostiene, a sus 23 años, Javier Herrera Montenegro, coordinador de una ONG de derechos humanos.

Así que, 13 años después de su fundación en Costa Rica, los llamados “osos” sacan pecho (tupido a reventar por el vello, eso sí) para denunciar una realidad que los excluye.

Primeros zarpazos

El movimiento de los “osos” empezó en San Francisco, California, como respuesta al ideal de belleza que tenía la comunidad gay de la época.

“La estética mandaba que fueran hombres jóvenes, musculosos, delgados y lampiños. De pronto, aparece una revista que se llamó Bear y mostraba a hombres gruesos y peludos. Fue un shock”, dice Zárate, de 33 años y coordinador de Ticosos.

A partir de 1987, con la primera edición de la revista, se le abrió la puerta a los homosexuales de contextura gruesa y a otros que no calzaban en el molde pero preferían a un hombre ‘carnudito’.

“Hasta cierto punto, es mal visto que no te gusten los maes delgados. Incluso, como heterosexual, te tienen que gustar las flacas”, dice Danny Araya Zúñiga, un tremendo “ropero” de más de 100 kilos que lleva al cuello el dije dorado de un oso.

Más que “crear” a los “osos”, Bear forjó el concepto que le dio sentido de unidad a miles que vagaban sin rumbo. A Rafael Castro, en ese entonces con 30 años, la publicación lo esperanzó: supo que no era el único con un gusto por una fisonomía diferente.

En Costa Rica, el grupo de los “osos” vio la luz en 1998, pero la comunidad se consolidó tres años después con el primer certamen de “Mr. Oso Costa Rica”, el galardón anual que elige al “oso más oso”. Fue la tímida semilla de un movimiento que ha seguido creciendo.

¿Qué caracteriza a un “oso”? Físicamente, pareciera haber dos requisitos esenciales: huirle a la rasuradora como al diablo y buscar el modo de acomodar unos kilitos de más entre pecho y espalda.

“El ‘oso’ tiene que andar barbudo, ojalá con (barba de) candado; que se noten tus pelos. No se vale la navajilla. A los maes les gusta así, que te puedan agarrar el brazo y sentir peludito”, explica Danny. No solamente los gordos y velludos forman parte de Ticosos. También hay un grupo (más reducido, eso sí) de “amantes de los ‘osos’”.

Estos son tipos que, aun siendo hombres lampiños y de contextura más fina, encuentran irresistibles a los “osos”. Con una dosis sana de humor negro, se les denomina “cazadores”.

“Una vez, me dijeron unos amigos: ‘A usted le gustan los feos’. Y yo pensé: ‘Diay sí, qué bueno que le parecen feos, déjemelos todos a mí’, recuerda Javier Herrera.

Él es un Orión moderno, un “cazador” de primera categoría. Avaro de carnes y de pelos, logró capturar desde hace cuatro años a Danny, quien incluso ganó Mr. Oso en el 2003 y es un referente en la comunidad.

La tipología de “osos”, por lo menos con los términos usados en la comunidad costarricense, la completan los “cachorros” (“un ‘oso’ en ciernes”), los chubbys (“gorditos pero con poco pelo”) y los daddys (“cuando ya las canas pesan”). Otros términos, como “lobos” y “osos polares” no son tan conocidos en el país.

Esta división es una convención internacional. Incluso, bares icónicos para “osos” en el mundo, como Nicho, en México, o Hot, en España, reservan ciertas noches para fiestas “sin ‘cazadores’”. El vello en grandes volúmenes es el tiquete de entrada.

Pero más que la apariencia, los “osos” parecieran estar unidos por ciertos rasgos de personalidad: una actitud de admiración propia y un profundo sentido de camaradería. “Es verme al espejo y decir: ¡qué bien estoy!”, sostiene Javier.

“Hay en el grupo médicos, abogados, ingenieros y jueces... Es tan amplia la comunidad que, si necesitás algún favor, le preguntás a alguien: ‘¿vos no sabés quién me puede ayudar con tal asunto en un ministerio o con este negocio?’ y alguien sale siempre”, añade Zárate.

Fiestas y solidaridad

Esta escena es de un domingo cualquiera, en La Sabana. Decenas de familias almuerzan sobre manteles en el zacate y no falta en la estampa el vendedor de copos. Unos metros más allá, veintitantos tipos sudan su gordura corriendo tras un balón de futbol.

Al borde del campo, otro pelotón observa con interés los goles y lleva la cuenta de las faltas y los tropezones que tantas carcajadas colectivas generan.

“¿Ves a todos esos maes? Machos, gruesos y peludos. Pues nadie se imagina que son gais”, se sonríe Javier.

Luego, una tarde se les antojó comer carne y salieron a comprar carbón para armar la parrilla. Saben que la casa se les llenará de hambrientos comensales. Así sucedió en setiembre pasado: celebraron la independencia patria con un asado típico y el bar josefino que alquilaron se hizo pequeño para la multitud que llegó.

A falta de locales exclusivos que les sirvan de punto de encuentro, los Ticosos llevan una apretada agenda de actividades para mantener unida a la comunidad y para ponerse en contacto con “osos enclosetados”, que –calculan ellos– “son muchísimos”.

“Muchos hombres que son gordos y nunca han oído hablar de los “osos”, se discriminan a sí mismos. Nosotros buscamos vencer eso a fuerza de juntarnos, vacilar y organizar actividades. Nos llevamos bien y aceptamos a otros que se sienten discriminados”, continúa Danny.

El modelo de fiestas de los “osos” es totalmente distinto a lo que pasaría en cualquier bar: parece más una celebración de una fraternidad, donde se traslapan organizadores y asistentes.

El DJ que anima la noche es “oso”, y también el animador, el tipo que cobra en la entrada, el encargado del guardarropa, el fotógrafo... Todos son “del grupo”.

El magno evento anual de Ticosos es la elección del Mr. Oso, que este año se celebró en el bar Pucho’s, el 10 de julio. Más de 300 entusiastas votantes eligieron al representante de la comunidad y también a Mr. Cazador, Mr. Daddy, Mr. Chubby y Mr. Cachorro.

“Nuestras fiestas son lo más underground en la comunidad gay”, sostiene José Zárate, fotógrafo designado en los eventos.

A lo largo del año, tienen una o dos fiestas mensuales. Por ejemplo, para noviembre tienen una llamada “Pelos en remojo” y un paseo “osuno” a la playa. En octubre, festejaron el “Oktobearfest”, su versión del festival alemán y “Hallowoof”, la interpretación de Ticosos de cómo debería ser una fiesta de disfraces. El grueso de estas actividades son exclusivas para caballeros.

“Hacemos parrilladas y muchas fiestas, pero también tenemos actividades de responsabilidad social, para devolverle algo a la sociedad”, detalla Rafael.

Menciona que poseen programas de acción social establecidos desde hace varios años. Uno de ellos es “Osos en acción”, compuesto por una serie de actividades que intentan impactar en diversos sectores de la sociedad.

Por ejemplo, visitan regularmente un asilo de adultos mayores de la capital, recaudan fondos para familias que viven en pobreza extrema y hacen fiestas para niños de comunidades urbano-marginales.

Otro evento infaltable es “Garras solidarias”, una fiesta anual en la que destinan todo lo recaudado a una causa de bien social. La anterior colecta se dio a un hogar de niños con discapacidad, precisa Castro.

“A nuestras actividades llegan personas que no son ‘osos’ ni ‘cazadores’, pero les gusta el ambiente”, dice orgulloso Danny.

Tanto distanciamiento del resto de los homosexuales necesariamente deja marca. Esto se hizo evidente en una fiesta que celebraron hace unos meses para elegir “las mejores piernas”.

“Para nosotros, las piernas deben ser gruesas y peludas. Resulta que a la tarima subió un candidato de gimnasio, depilado y con cuadritos. A la hora de la votación, nadie lo escogió”, recuerda Danny.

Ellos mismos reconocen que a veces otros grupos cuestionan su actitud y aseguran que ellos también discriminan. Incluso, en su discurso es usual que se refieran a “las locas maquilladas” y algunos hasta guardan una celosa distancia de “ese otro tipo de homosexuales”.

“Si te dicen la palabra gay, vos te imaginás a una loca que va dejando todas las plumas botadas. En cambio, si te dicen ‘oso’, te imaginás todo lo contrario”, razona Javier, enfatizando la rudeza que caracteriza a los Ticosos.

Danny suaviza esas diferencias: “No estamos en contra de las otras comunidades ni de los afeminados. Sencillamente, no es nuestra nota”.

A pesar de todo, se unen en las luchas. “Ticosos trabaja con organizaciones transgénero y de adolescentes gais... Juntos se siente la fuerza”, sostiene José.

De alguna forma, opina, todos están en el mismo barco.

Salir de la cueva

Explica la Enciclopedia Británica que los “osos” pasan la mayor parte del invierno en un amodorramiento muy similar a la hibernación. Sin embargo, para los Ticosos, este sopor dejó de ser una opción viable.

“Muchos tal vez habrían preferido seguir a escondidas, pero en el oscurantismo no se gana nada. Tenemos que salir a dar la cara y decir: ‘Aquí estamos y tenemos derechos’”, sentencia José Zárate.

El activismo ha sido una constante en su agrupación: junto con el Centro de Investigación y Promoción para América Central de Derechos Humanos (Cipac) organizaron la primera manifestación de orgullo gay en el país y ahora participan en Conodis, una coalición que lucha por los derechos de las personas sexualmente diversas.

Por su apariencia, ellos no sufren la misma discriminación frontal que otros miembros de la comunidad homosexual, pero les pesa de la misma manera la exclusión legal.

“Mi mamá tiene 76 años; imagínese lo que es explicarle. Yo uso el caso de Javier. Si a él le pasa algo, yo no puedo ir al hospital a verlo porque no hay documentos que digan que soy algo de él. Yo no quiero matrimonio, pero sí quiero mis derechos por escrito”, afirma Danny.

Él trabaja en una empresa distribuidora de verduras y confiesa que lidiar con agricultores, siendo homosexual, no es tarea sencilla, aunque su apariencia ruda facilita un poco las cosas.

“¿Por qué la gente se mete con nosotros en vez de dejarnos vivir?”, se cuestiona en voz alta.

Por eso, los “osos” están presentes con su bandera en cada manifestación que busca legitimar los derechos de las personas sexualmente diversas.

A partir del 2010, los Ticosos empezaron una tradición: los premios Osos, máximo galardón dentro de la comunidad. Lo recibe un miembro o un amigo de los “osos” que se haya destacado por sus luchas por la equiparación de derechos.

En su primera edición, el reconocimiento fue otorgado a Abelardo Araya, dirigente del Movimiento Diversidad, quien es “oso”. Ya están preparando la segunda entrega para diciembre, .

Mientras tanto, abogan en la Asamblea Legislativa porque se apruebe el proyecto de ley 17.668 y con ese fin han comenzado diálogos con varios diputados.

“Los homosexuales viven juntos desde hace años, estamos hablando de un asunto de derechos humanos. Si yo tengo mi seguro social y quiero asegurar a mi pareja, ¿por qué no puedo?”, argumenta con fuerza la voz tranquila de José.

Poco a poco, han decidido ir saliendo de su encierro. Algunos temen que sus familias les hagan mala cara o que en el trabajo les cobren tal atrevimiento. Pero ya no les importa tanto, esa es ahora la verdad.

Una legión de ellos ha decidido salir del anonimato para dar la cara y plantar la lucha con argumentos. Porque, de todo su cuerpo, solo en la lengua no tienen pelos.

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