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El fondo en la forma de la educación

Actualizado el 26 de junio de 2012 a las 12:00 am

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No le gustaba la sensación de la arcilla, por eso Aristóteles quitó rápidamente la mano de la pelota. Sobre la mesa de trabajo del alfarero había además varias figuras e instrumentos. El taller olía a minerales y tierra. Al estagirita le gustaba más la contundencia de la piedra. Para ser más exactos, las esculturas de Lisipo eran sus preferidas, aunque la reciente costumbre de achicar las cabezas y alargar las piernas, le producía un vértigo extraño. La proporción seguía siendo sinónimo de belleza y aquellas esculturas... En fin, a sus 50 años ya era un viejo, y de sus dos matrimonios se deducía muy claramente que el tema de la belleza física también cambiaba. Aristóteles se lavó rápidamente la mano y agradeció el vaso de vino temprano que le ofrecía un ayudante.

De vez en cuando, al salir del peripato, le gustaba acercarse al taller de los alfareros. Algo sucedía allí que lo desconcertaba... ese trabajo de los alfareros, al verlos girar el torno con tan oportunas acciones entre manos, pies y ojos, le recordaba la devoción de un culto: un hombre dando todo a cambio de la triunfal conquista de la perfección, que en este caso podría ser una bandeja, o en el mejor de los casos un jarrón. ¿A que se debía?

¿Qué movilizaba al alfarero para que produjera tan bello objeto? No se trataba solo de la práctica, de la suma de acciones. Se trataba de algo más, y por la cara del hombre que en ese momento daba forma al barro húmedo, ese mandato era sumamente placentero... Aristóteles pensó que además de oportuno, se trataba de un motor heurístico. De una idea en busca del éxito de su realización que hacía surgir la forma sobre el torno hasta completar una perfecto jarrón. Reflexionó unos minutos mientras terminaba de vaciar el vaso, mirando el lugar, oloroso a su propia materia, sucio para unos, perfecto en su limpieza y orden para el alfarero que iniciaba una y otra vez el acto de crear.

¡Eureka! Eso era, a medida que el alfarero modelaba su barro, Aristóteles pudo ver cómo no se trataba solo de aprender la técnica, sino de realizar la práctica para llegar a controlar su propio proceso de creación. De esta manera era el barro, el jarrón y el alfarero parte de un todo que lo potenciaba como individuo. Aprendía al mismo tiempo a ser, a manipular las herramientas y a medir su propia mente y cuerpo como destreza, mientras la materia lo acompañaba en silencioso acatamiento. El alfarero era grande porque era insustituible en su taller y esto le daba una alegría a largo plazo.

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Entonces, no solo se trataba de enseñar la técnica de como se hacían los jarrones en el liceo, o como se debía ser un buen ciudadano según los mandatos... Se trataba de que los jóvenes conocieran del proceso de hacer jarrones y los hicieran mientras se rehacían ellos mismos al reconocer más la posibilidad de sus destrezas. El maestro solo orientaba la decantación de los talentos para que los mismos alumnos produjeran resultados estimulantes y se sintieran ellos mismos personas estimadas.

Ese era el secreto de la belleza que percibía en el taller y que en el fondo envidiaba. Nada de poder, nada de sometimiento... por más que alguien diera órdenes, o repitiera una lección, de allí no saldría nada hermoso sin que antes el artesano lo sintiera hermoso en él para que su destreza obtenida con cientos de horas de práctica y orden propio autogestado, lo conformara como bello.

De eso se trataba la pasión del arte y lo mucho que podía ofrecer a la belleza de polis, a la misma ética de sus ciudadanos... practicar los valores éticos como un artesano práctica su arte. Modelarse a sí mismo en la belleza moral como el alfarero moldea la belleza material gracias a su dedicación. Aristóteles sonrió. Había encontrado el secreto de la pasión de los artistas y esperaba poder contagiar a sus colegas con la receta, para que en el futuro todas las lecciones incluyeran la práctica de la belleza moral junto con la práctica de la belleza material. Sócrates tenía razón. El amor era el fondo de cualquier forma, y el artista vivía tras esa placentera sospecha.

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