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La rara y feliz historia del milagro de Camila Pizarro

Actualizado el 15 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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La rara y feliz historia del milagro de Camila Pizarro

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La noche en que Claudia Gómez fue a la cita del último ultrasonido de su embarazo, el médico le dijo que la niña que llevaba en el vientre tenía una masa en el hígado.

Hasta esa fecha, ni Gómez ni el padre de la niña, Francisco Pizarro, sospecharon lo que le sucedía a la pequeña, quien estaba a poco más de dos semanas por nacer.

Nunca, en ninguno de los anteriores cinco ultrasonidos, le habían advertido sobre el tumor que tenía su hija. Esa misma tarde, tras la noticia, Gómez entró en labor de parto. Ella afirma que la impresión de la noticia aceleró el alumbramiento.

Al día siguiente, el 26 de enero, a las 8:55 a. m. Camila nació en el Hospital México, pesó 3.065 gramos, venía cubierta de pelo, con sus enormes ojos negros abiertos y un cáncer hepático con el que iba a tener que luchar.

“Le dije a los pediatras del hospital que ella venía con una masa en el hígado”, recordó.

“Sentía más que dolor físico, sentía dolor en el alma, al saber que mi hija venía enferma. No tenía idea de que un bebé podría tener cáncer en el vientre de la madre, me dolía el alma, al saber que ella apenas iba a nacer y ya tenía que luchar por vivir”, agregó.

Claudia Gómez salió del hospital con Camila “pero a los días empezó a ponerse amarillita y le empezó a crecer el abdomen. Al mes y quince días ella recibió su primer tratamiento de quimioterapia. Ese mismo día me la desahuciaron”, recuerda.

La posición del tumor en el abdomen lo volvía inoperable.

Aunque el diagnóstico médico no le daba esperanza de vida sus padres insistieron en el tratamiento contra el cáncer a partir de quimioterapia.

El tratamiento al menos evitaba que se diera la metástasis (propagación del cáncer a otros órganos del cuerpo), sin embargo, los efectos de la quimioterapia empezaban a afectar a la niña.

La espera. Cuando tenía ocho meses de edad, los médicos les informaron que una posibilidad para salvarle la vida era hacerle un trasplante de hígado.

Sin embargo, los problemas para encontrar un donante extendieron la espera y el dolor de Camila y su familia.

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“Uno cree que nunca le va a pasar a uno. El trasplante fue la única opción de vida para Camilita, el trasplante era su única oportunidad de vida”, agrega Gómez.

La espera para Camila terminó cinco meses después. Una familia “de gran corazón” que había perdido un hijo, aceptó darle a Camila la oportunidad de vivir con el trasplante de hígado.

“Llegó en el momento adecuado”, afirma Gómez, al agregar que sin conocer a los donantes, está “infinitamente” agradecida.

Mientras narra su historia, Camila posa para la foto jugando con una muñeca de hule. Se ríe y corretea por la casa, como cualquier niña de dos años y nueve meses.

“De hecho, nosotros celebramos el 26 de enero su cumpleaños y el 21 de abril celebramos su segundo trasplante, que fue el 21 de abril”, agrega la madre.

Luego del trasplante, Camila tuvo que vivir durante un año en un ambiente controlado, algo difícil, en especial para su hermano Alejandro, quien a sus seis años no podía tocarla y tampoco podía salir de la casa, para evitar una eventual contaminación de la niña. “Es un excelente hermano”, aseguró Gómez.

Del trasplante a la fecha ya pasó año y medio. Desde que nació, ya pasaron dos años y nueve meses. Hoy, Camila juega, baila, muestra sus zapatos y posa para la foto, contra todo pronóstico.

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Esteban Mata

emata@nacion.com

Periodista de Política

Periodista de Política. Bachiller en Periodismo por la Universidad Latina. Cronista parlamentario y reportero de investigación premiado por el TSE, la Defensoría de los Habitantes y colaborador de medios internacionales.

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