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Nuestra felicidad

Actualizado el 22 de abril de 2012 a las 12:00 am

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La presidenta Laura Chinchilla sugiere sacar provecho a la imagen de país más feliz del mundo para atraer turismo, inversión extranjera y apoyo de la comunidad internacional a las causas globales impulsadas por Costa Rica. El planteamiento es atendible, con el solo peligro de que nos lo lleguemos a creer.

La belleza del paisaje, nuestra satisfactoria fórmula para la vida en sociedad y el carácter nacional, un tanto despreocupado pero capaz de labrar loables conquistas sociales e individuales, podrían dar base al reclamo de un felicidad moderada, superior a la de nuestros vecinos, pero no tanta como para establecer una marca mundial.

Perdone la mandataria el escepticismo y no lo confunda, por favor, con el cinismo que pidió desechar en la discusión del tema, pero es difícil creer en una felicidad tan extendida cuando la quinta parte de la población vive en pobreza extrema. Existe una red de protección social encomiable, pero su función es evitar la desgracia, no proveer al pueblo de raudales de felicidad.

En el siguiente quintil se ubican los costarricenses sumidos en niveles de pobreza más moderada. Por ahí comienza la clase media baja, según nuestras laxas definiciones de ubicación social. La alegría quizá comience a afirmarse con más fuerza y constancia en las inmediaciones del penúltimo quintil, contando desde abajo.

La felicidad de las capas superiores de la población, si se manifiesta inmoderada, sería un tanto irresponsable por su insensibilidad frente a las condiciones de vida de los grupos menos favorecidos. Aceptar la designación de país más feliz del mundo sin cuestionamientos es pasar a ciegas frente a los tugurios en toda la geografía nacional, ignorar la tragedia de la niñez desprotegida y desconocer el drama de la juventud subempleada.

Por muchos motivos, la felicidad de Costa Rica es seguramente mayor que la de sus vecinos. Quizá sea también superior a la de naciones más afortunadas en lo económico y menos en otros aspectos de la compleja existencia humana. Esas no son bases para acoger la designación de plusmarquistas de la alegría. Mucho mejor que la autocomplacencia es fijarnos en nuestros grandes retos y problemas, examinar con preocupación las necesidades de los conciudadanos menos afortunados y rechazar el efecto narcotizante de los halagos, por mucho que nazcan de un estudio ejecutado por académicos de prestigio internacional.

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Contrastada nuestra marca mundial con las realidades de todos conocidas, hay motivos para sospechar una terrible confusión entre la felicidad y el conformismo. Costa Rica merece mucho más que eso, aunque reconocerlo nos obligue a economizar sonrisas.

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Armando González R.

agonzalez@nacion.com

Editor General Grupo Nación

Laboró en la revista Rumbo, La Nación y Al Día, del cual fue director cinco años. Regresó a La Nación en el 2002 para ocupar la jefatura de redacción. En el 2014 asumió la Edición General de GN Medios y la Dirección de La Nación. Abogado de la Universidad ...

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