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Los extraordinarios

Actualizado el 12 de mayo de 2013 a las 12:00 am

“Si el loco persistiera en su locura, se volvería sabio”. William Blake

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Sábado por la mañana, Feria Verde de Aranjuez, San José. Un viejo amigo acaba de pasarme de lado, ignorándome y evitando el saludo. Poco le faltó para empujarme. Quedo perplejo, en desconcierto. El delicioso café orgánico que me tomaba amenazaba con tornarse rancio en el paladar cuando un simpático muchacho cruzó su camino con el mío y empezó a hablarme sobre este proyecto idealista de encuentro verde, orgánico, comunal, humano. Trago amargo superado. “Esta es la verdadera revolución, quemando llantas no resolvés ni aportás nada'”.

Días después, el gesto de desprecio de aquel con quien se compartió más de una cena ya no suma ni resta en el metro interno. Las palabras de Francisco Grau, en cambio, todavía alimentan mi tren de pensamiento. Así sucede: el chispazo espontáneo de un desconocido puede generar pequeños incendios creativos y, en el proceso, depurar el alma.

Lunes al mediodía, parada de buses en Llorente, Tibás, camino al trabajo. Una mujer deja caer su bolso y desata un par de segundos de confusión, suficientes para que su socia y cómplice tome el teléfono de una estudiante de periodismo y la deje sin su principal herramienta de trabajo. La recibimos en la oficina con las frases usuales: “lo importante es que estás bien”, “lo material se recupera”. Pero la indignación, la indignación que corroe el estómago. Días después, Margarita Durán inaugura Chin-Chillete, un espacio digital donde cualquiera podrá avisar cuando encuentre un objeto extraviado. Tal vez el teléfono de Angélica no aparecerá, pero siempre aparece alguien con una idea, un gesto, un recordatorio de que también hay quienes hacen la diferencia para bien.

Sábado siguiente por la tarde, regresando de Heredia, donde algún funcionario de alguna productora de algún evento se dio el gusto de comportarse como un patán. La gentecilla ordinaria y sus distorsionadas nociones de poder... son especialistas en amargar jornadas completas. Con la bilis en el esófago, llegamos a la capital y se nos cura de golpe la indigestión: las calles están llenas de los que le ponen el antónimo a la arrogancia, esa gente; la imprescindible, la osada, la que levanta ciudades.

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María Alicia Rodríguez se sumó a la iniciativa de San José 100 en 1 día y, desde su silla de ruedas, pintó de rojo las aceras que encontró a su camino sin las facilidades de acceso exigidas por la ley 7600. Gracias a ella la avenida 7 ya no podrá disimular su agresión diaria a los discapacitados. Hoy sus esquinas se ruborizan. “Esta es la verdadera revolución”, las palabras de Francisco.

A los patanes, a los arrogantes, a los ególatras y a los egoístas se les olvida. A los cobardes se le olvida. Estos son los ordinarios, los que restan, los que caminan por debajo del cero. Por eso recordamos a Lennon y no a Chapman. Por eso recordamos a los cientos que corrieron a asistir a los heridos tras las bombas que estallaron en Boston, no a quienes las pusieron. Por eso hoy recuerdo a Francisco, a María Alicia y a Margarita, porque ellos son los que suman, los que alimentan, los extraordinarios.

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