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Proyecto del programa Margarita Esquivel, de la Universidad Nacional

Para ellos no existen los imposibles

Actualizado el 02 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Subir a un escenario y bailar son algunas de las grandes conquistas de 15 jóvenes con distintos tipos de discapacidad, quienes han visto su vida transformada desde que conocieron la danza

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Extender las manos y aplaudir al compás de la música pueden ser movimientos elementales para muchos, pero constituyen grandes logros para 15 pequeños con síndrome de Down, espina bífida y parálisis cerebral, y son destrezas que conquistaron desde que conocieron la danza.

El programa Margarita Esquivel, de la Universidad Nacional (UNA), imparte clases de movimiento creativo a pacientes del Programa Nacional de Transición Niño Adolescente Adulto, del Hospital de Niños.

En palabras más claras, los alumnos son jóvenes que, a lo largo de los años, han recibido su tratamiento en el centro de salud pediátrico y que están por ser atendidos en uno de adultos.

Desde hace más de un año, este grupo aprende en sus clases diferentes habilidades, desde las motoras hasta el desarrollo de relaciones sociales.

Las lecciones tienen lugar cada 15 días en una de las aulas del edificio de Especialidades Médicas del centro hospitalario. Son impartidas por estudiantes de las escuelas de Orientación y Danza de la UNA.

Los sentidos de los niños son estimulados con el uso de pinturas de colores y de materiales con distintas texturas. También se practican ejercicios en los que dar un paso y una palmada son en metas dignas de admirar.

Gracias estas dinámicas, ellos han fortalecido sus músculos y han ganado la seguridad suficiente para poder bailar ante cientos de personas en escenarios como el Teatro Popular Melico Salazar, cuenta Hellen Marenco, directora del programa Margarita Esquivel.

La recompensa de cada sesión viene al final cuando las maestras suben el volumen de la música e invitan a que todos los jóvenes se muevan y se expresen a placer.

Los resultados hablan por sí solos. Natalia Rodríguez, de 15 años y vecina de Desamparados, está convencida del papel que ha jugado la danza en su vida.

“He aprendido a ser más amigable: desde que vengo a las clases comparto con más gente. Yo les digo a los niños que quieren participar en estas clases que se animen y vengan porque, si yo lo hago, ellos también van a poder”, manifestó.

Con el corazón lleno de orgullo, Esteban Arias, de 12 años, cuenta que logró cruzar de puntillas el escenario del Teatro Melico Salazar durante el último espectáculo.

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“Me costó, pero lo logré con la ayuda de Dios. Voy a seguir luchando para seguir mejor y poder participar en otras presentaciones. Cuando la gente me aplaude, me siento muy bien”, enfatizó.

Ángeli Fernández, de 11 años, aseguró que lo mejor que ha aprendido en estas clases es que no se puede decir “no puedo”. Ella también invita a “otros chiquitos” a sumarse a esta agrupación, pues dice que pueden aprender y hacer cosas que no imaginaban posibles.

La meta. La directora del programa explicó que el objetivo de estas iniciativas es sensibilizar a la gente en beneficio de los niños.

“Con la danza, hacemos chiquitos autónomos, seguros, activos y, además, les damos una alternativa de entretenimiento, pues en el país no abundan opciones especializadas para que ellos puedan divertirse”, aseguró.

Para Marenco, uno de los momentos más emocionantes de este proyecto se vive en las vísperas de cada presentación.

“La motivación que ellos tienen antes de salir al escenario es increíble. La posibilidad de ponerse una camiseta y bailar frente a muchas personas los emociona incluso semanas después del espectáculo”, afirmó.

Con el corazón lleno. La felicidad ha sido plena desde el primer día para padres de familia, maestros y niños que participan en esta iniciativa.

“La mayor satisfacción para mí es venir cada sábado con los chicos, observar cada uno de sus avances y como sonríen. Durante este tiempo hemos visto un gran progreso: tienen una gran movilidad en las manos, en el torso; tienen más fuerza, además se han vuelto supercreativos”, manifestó la bailarina Chihiro Shimokawa.

Su compañera Paola Rodríguez agregó: “Estos espacios son importantes porque potencian habilidades de forma integral que quizá en instituciones educativas o en la misma familia son difíciles de alcanzar”.

Añadió: “El mensaje que queremos lanzar desde este proyecto es que todos tenemos habilidades, pero hay que potenciarlas”.

Las mamás se emocionan hasta las lágrimas pues, junto a sus pequeños, han logrado acallar las voces que les decían que ellos no lograrían un avance en sus clases.

“Por años hemos luchado contra los prejuicios. Hay mucha gente que cuando le contamos que nuestros hijos vienen a clases de danza se sorprenden: ‘¿Por qué hacen eso?’” , cuenta Hazel Vásquez.

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De inmediato responde: “¡Ellos también tienen derechos! Por eso, cuando los vemos en el escenario, usted no tiene idea de lo orgullosas que nos sentimos, no hay palabras para explicarlo”, concluyó esta vecina de Coronado, quien cada sábado madruga para llevar a Randy y Dylan a clases. El sacrificio es grande; las recompensas abundan.

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